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“Contar la historia de mi cuerpo es contar la historia de mi vergüenza”

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Imagen: Adobe Stock
 

“Desearía muchísimo poder escribir un libro sobre la pérdida exitosa de peso y sobre cómo aprendí a convivir de un modo más eficaz con mis demonios. Desearía poder escribir un libro sobre sentirme en paz y amarme plenamente, sin importar mi talla. En lugar de eso, he escrito este libro, y ha supuesto la experiencia de escritura más difícil de toda mi vida, mucho más desafiante de lo que jamás hubiera podido imaginar”. Roxane Gay (‘Hambre’, Capitán Swing)

PlayGround Books

22 Febrero 2018 14:42

'Hambre, memorias de mi cuerpo', por Roxane Gay

1

Todos tenemos un relato y una historia. Aquí ofrezco los míos con la autobiografía de mi cuerpo y de mi hambre.

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La historia de mi cuerpo no es una historia de triunfo. Esto no es una autobiografía sobre perder peso. No habrá imágenes de una versión más delgada de mi cuerpo, ni aparecerá mi esbelta figura impresa en la portada del libro, metida en una sola pierna de mis antiguos pantalones vaqueros de persona gorda. Este no es un libro que vaya a ofrecer motivación. Carezco de toda poderosa intuición sobre qué se necesita para superar un cuerpo y un apetito ingobernables. Mi historia no es una historia de éxito. Mi historia es, simplemente, una historia verdadera.

Desearía muchísimo poder escribir un libro sobre la pérdida exitosa de peso y sobre cómo aprendí a convivir de un modo más eficaz con mis demonios. Desearía poder escribir un libro sobre sentirme en paz y amarme plenamente, sin importar mi talla. En lugar de eso, he escrito este libro, y ha supuesto la experiencia de escritura más difícil de toda mi vida, mucho más desafiante de lo que jamás hubiera podido imaginar.

Cuando tomé la decisión de escribir Hambre, estaba segura de que las palabras surgirían fácilmente, tal y como suele ser habitual. ¿Y acaso habría algo más sencillo que escribir sobre el cuerpo en el que he vivido los últimos cuarenta años? Sin embargo, pronto me di cuenta de que no solo estaba escribiendo una autobiografía de mi cuerpo: me estaba obligando a contemplar lo que mi cuerpo ha tenido que soportar, todo el peso ganado y lo duro que ha sido tanto vivir con este peso como perderlo. Me he visto obligada a examinar los secretos que encierran una gran culpabilidad. Me he abierto en canal. Estoy expuesta. Y esto no es nada cómodo. No es fácil.

Desearía haber tenido las dosis de fuerza y voluntad suficientes para ofreceros el relato de un triunfo. Persigo esta fuerza y esta voluntad. Estoy decidida a ser más que un cuerpo, más que todo lo que mi cuerpo ha soportado, en lo que se ha convertido. Un empeño que, no obstante, no me ha llevado demasiado lejos. Escribir este libro supone una confesión. Estas son mis partes más feas, más débiles, más al desnudo.

Esta es mi verdad.

Esto es una autobiografía de mi cuerpo porque, por regla general, las historias de cuerpos como el mío se ignoran, desestiman o ridiculizan. La gente ve cuerpos como el mío y empieza a conjeturar. Piensan que conocen el porqué de mi cuerpo. No tienen ni idea. Esta no es una historia de éxito, pero es una historia que exige ser contada y que merece ser escuchada. Este es un libro sobre mi cuerpo, sobre mi hambre y, en última instancia, sobre desparecer y estar perdida y desear con todas tus fuerzas reconocimiento y comprensión. Es un libro sobre aprender —por muy lento que este aprendizaje pueda ser— a permitir que me vean y me comprendan.

3

Para contaros la historia de mi cuerpo, ¿os digo cuánto pesaba cuando llegué a mi peso máximo? ¿Os digo la cifra, la vergonzosa verdad que nunca deja de asfixiarme? ¿Os cuento que sé que no debería entender la verdad de mi cuerpo como algo vergonzoso? ¿O bien os digo simplemente la verdad mientras aguanto la respiración y espero a que me juzguéis? En mi peor momento llegué a pesar 261 kilos, midiendo metro noventa. Una cifra apabullante que difícilmente consigo admitir, pero en un momento determinado esa fue la verdad de mi cuerpo. Conocí esta cifra en una Clínica Cleveland en Weston (Florida). No sé cómo permito que las cosas se descontrolen hasta tal punto, pero lo hago. Mi padre me acompañó a la Clínica Cleveland.

Tenía casi treinta años. Era julio. Fuera hacía calor y bochorno y había verdor por todas partes. En la clínica, el aire era glacial y antiséptico. Todo era muy sofisticado y estaba construido a base de madera cara y de mármol. Pensé: así es como voy a pasar las vacaciones de verano. En la sala de reuniones había otras siete personas que habían ido para asistir a una sesión de orientación antes de someterse a una cirugía de bypass gástrico: dos tipos gordos, una mujer con ligero sobrepeso y su marido, que estaba delgado, dos personas con batas de laboratorio y otra mujer grande. Mientras miraba a mi alrededor, hice lo que tienden a hacer las personas gordas cuando se juntan con otras personas gordas: me medí en relación a su tamaño. Era más grande que cinco de esas personas, más pequeña que dos de ellas. Al menos eso es lo que me dije.

Por 270 dólares pasé buena parte del día escuchando hablar sobre los beneficios de alterar de forma drástica mi anatomía para perder peso. Era, así lo aseguraron los médicos, «la única terapia efectiva para la obesidad». Eran médicos. Se suponía que sabían qué era lo mejor para mí. Yo quería creerlos. Un psiquiatra nos habló a los allí reunidos de cómo prepararnos para la cirugía, cómo lidiar con la comida una vez que nuestros estómagos se volvieran del tamaño de un pulgar, cómo aceptar que la «gente normal» (sus palabras, no las mías) de nuestras vidas posiblemente tratarían de sabotear nuestra pérdida de peso porque ya nos habían asignado la categoría de personas gordas. Aprendimos que, durante el resto de nuestras vidas, nuestro cuerpo se vería privado de nutrientes, que no volveríamos a ser capaces de comer o beber hasta media hora después de haber hecho una cosa o la otra. Se nos debilitaría el cabello, es posible que hasta se nos cayera. Nuestro cuerpo podría ser propenso al síndrome de Dumping, una contrapartida que cualquiera podrá descifrar sin necesidad de tener una gran imaginación. Y además, por supuesto, estaban los riesgos quirúrgicos. Podríamos morir en la mesa de operaciones o sucumbir a diversas infecciones en los días posteriores a la intervención.

Era un panorama de buenas y malas noticias. Malas noticias: nuestras vidas y cuerpos nunca volverían a ser los mismos (incluso si sobrevivíamos a la operación). Buenas noticias: seríamos delgados. En el primer año perderíamos el 75 por ciento de nuestro exceso de peso. Volveríamos a ser casi normales. Lo que ofrecían aquellos médicos resultaba muy tentador, muy seductor: la posibilidad de quedarnos dormidos durante unas cuantas horas y, en el plazo de un año después de habernos despertado, se habrían resuelto la mayoría de nuestros problemas, al menos de acuerdo con la opinión de la comunidad médica. Siempre y cuando, desde luego, continuáramos engañándonos con la idea de que nuestros cuerpos eran nuestro mayor problema. Tras la presentación hubo una sesión de preguntas y respuestas. Yo no tenía ni preguntas ni respuestas, pero la mujer que estaba a mi derecha, que claramente no necesitaba estar allí porque no tenía un sobrepeso de ni siquiera veinte kilos, dominó la sesión a base de preguntas íntimas y personales que me rompían el corazón.

A medida que interrogaba a los doctores, su marido permanecía sentado a su lado con una sonrisita de suficiencia. Quedó claro por qué estaba ella allí. Todo giraba en torno a él y a cómo él veía el cuerpo de ella. No hay nada más triste, pensé, decidida a ignorar por qué yo estaba sentada en la misma habitación o que en mi propia vida había mucha gente que veía mi cuerpo antes de verme o considerarme a mí. Más tarde, ese mismo día, los médicos nos mostraron vídeos de la operación: cámaras e instrumentos quirúrgicos que cortaban, empujaban y eliminaban partes esenciales del cuerpo humano dentro de cavidades internas de aspecto viscoso. Abundaban los tonos rojos, rosas y amarillos húmedos. Era grotesco y escalofriante. A mi izquierda, mi padre estaba pálido y era evidente que aquella brutal exhibición le afectaba cada vez más. «¿Qué piensas?», me preguntó en voz baja. «Es un circo en toda regla», repliqué. Él asintió con la cabeza. Aquella fue la primera vez en años que estuvimos de acuerdo en algo. El vídeo terminó y el médico sonrió y alegremente explicó que se trataba de un procedimiento breve que se realizaba mediante una laparoscopia.

Nos aseguró que había realizado más de tres mil operaciones y que solo había perdido a un cliente (un hombre de 385 kilos; lo dijo bajando la voz hasta un susurro pesaroso, como si no pudiera expresar con toda la fuerza de su voz lo vergonzoso que había sido el cuerpo de aquel hombre). Entonces el doctor nos reveló cuál era el precio de la felicidad: 25.000 dólares, menos un descuento de 270 dólares a cuenta de los honorarios de orientación una vez se realizara el depósito para la intervención. Antes de que terminara aquel suplicio tenía lugar una consulta personalizada con el médico en una sala de reconocimiento privada. Mientras esperábamos a que apareciera el doctor, su asistente, un médico interno, tomó nota de toda mi información vital.

Me pesaron, midieron y juzgaron en silencio. El médico interno escuchó mi latido cardíaco, palpó mis glándulas del cuello y anotó algunos comentarios adicionales. Al cabo de media hora, el médico por fin apareció con aire despreocupado. Me miró de arriba abajo. Echó un vistazo rápido a mi nuevo expediente clínico. «Sí. Sí», dijo. «Eres una candidata perfecta para esta cirugía. Procederemos a tu registro de inmediato». Y con las mismas se fue. El médico interno me extendió diversas recetas para las pruebas preliminares que iba a necesitar, y me marché con una carta que verificaba que había completado la sesión de orientación. Era evidente que aquello era algo que hacían todos los días. Yo no era única. No era especial. Era un cuerpo, uno que requería reparación, aunque en este mundo somos muchos los que vivimos en unos cuerpos que en realidad son absolutamente humanos. Mi padre, que había estado esperando en el espléndido patio, me pasó una mano por el hombro: «Aún no estás en este punto», dijo. «Un poquito más de autocontrol. Ejercicio dos veces al día. Es todo lo que necesitas».

Yo me mostré de acuerdo asintiendo enérgicamente con la cabeza, pero más tarde, a solas en mi habitación, leí con detenimiento los folletos que me habían dado y era incapaz de apartar la mirada de las fotografías del antes y el después. Deseaba y aún deseo, y mucho, aquel después. Me acordé del efecto de que me pesaran y midieran y juzgaran, recordé aquella cifra inconmensurable: 261 kilos. Pensaba que a lo largo de mi vida había conocido la vergüenza, pero aquella noche supe lo que era la auténtica vergüenza. No sabía si alguna vez superaría aquella humillación ni si sería capaz de enfrentarme a mi cuerpo, de aceptarlo, de cambiarlo.

4

Este libro, Hambre, es un libro sobre cómo vivir en el mundo no cuando resulta que tienes unos pocos o incluso casi veinte kilos de sobrepeso. Es un libro sobre cómo vivir en el mundo cuando tienes 130 o 180 kilos de sobrepeso, cuando no tienes obesidad ni obesidad mórbida sino que, de acuerdo con tu índice de masa corporal, o IMC, tienes súper obesidad mórbida. El término «IMC» me resulta tan técnico e inhumano que siempre estoy deseosa de ignorar la medida. No obstante, es un término, y una medida, que permite a la comunidad médica tratar de proporcionar un sentido de la disciplina a los cuerpos que carecen de ella. El IMC se calcula dividiendo tu peso en kilogramos por el cuadrado de tu altura en metros. Las matemáticas son difíciles. Existen distintos marcadores que definen la cantidad de insumisión que un cuerpo humano podría soportar. Si tu IMC está entre 18,5 y 24,9, eres «normal». Si tu IMC es de 25 o más alto, tienes sobrepeso. Si tu IMC es de 30 o mayor, eres obeso. Si tu IMC es de más de 40, tienes obesidad mórbida. Y si la medida es superior a 50, tienes súper obesidad mórbida. Mi IMC pasa de 50. Lo cierto es que numerosas denominaciones médicas son arbitrarias. Cabe señalar que, en 1998, los profesionales médicos, bajo la dirección del Instituto Nacional del Corazón, los Pulmones y la Sangre, redujeron el umbral del IMC para los cuerpos «normales» situándolo por debajo de 25 y, al hacerlo, duplicaron el número de estadounidenses con obesidad. Una de las razones que esgrimieron para rebajar el punto límite fue: «A la gente le resultará más fácil recordar un número redondo como 25».

En sí mismos, estos términos resultan un tanto espantosos. «Obeso» es una desagradable palabra procedente del latín obesus, que significa «comer hasta reventar», y esto, en un sentido literal, me parece bien. Pero cuando la gente emplea la palabra «obeso», no está siendo meramente literal. Está ofreciendo una acusación. Es extraño, y tal vez triste, que los médicos propusieran esta terminología cuando su labor es, en primer lugar, no perjudicar al paciente. El adjetivo «mórbido» convierte al cuerpo gordo en una sentencia de muerte, cuando en realidad no es así. El término «obesidad mórbida» encuadra a las personas gordas como si fuéramos muertos vivientes, y la comunidad médica nos trata de acuerdo con esto.

El indicativo cultural de obesidad a menudo parece ser aplicable a cualquiera que aparente estar por encima de una talla 38, o a cualquiera cuyo cuerpo no cause una satisfacción innata ante las miradas masculinas, o a cualquiera que tenga celulitis en los muslos. Ahora no peso 261 kilos. Sigo siendo muy gorda, pero peso unos 68 kilos menos. Con cada nuevo intento de dieta rebajo unos cuantos kilos por aquí y otros tantos por allá. Todo esto es relativo. No soy una persona pequeña. Nunca lo seré. Primero, porque soy alta, lo que al mismo tiempo supone una maldición y una gracia salvadora. Dicen que tengo presencia. Ocupo espacio. Intimido.

No quiero ocupar espacio. Quiero pasar desapercibida. Quiero esconderme. Quiero desaparecer hasta obtener el control de mi cuerpo. No sé cómo llegaron a descontrolarse de tal modo las cosas; o sí lo sé. Esta es mi letanía. Perder el control sobre mi cuerpo fue una cuestión de acumulación. Empecé a comer para cambiar mi cuerpo. Es algo que hice de manera intencionada. Varios chicos me habían roto y a duras penas sobreviví. Sabía que no sería capaz de soportar otra violación como aquella, de modo que comí porque pensaba que si mi cuerpo se volvía repulsivo, podría mantener alejados a los hombres. Incluso a una edad tan temprana comprendí que siendo gorda resultaría indeseable de cara a los hombres, sería más que despreciable, y ya conocía demasiado bien su desprecio.

Esto es lo que se enseña a la mayoría de las niñas: que tenemos que ser delgadas y pequeñas. Que no debemos ocupar espacio. Que debemos ser vistas pero no escuchadas, y que si somos vistas, debemos agradar a los hombres y resultar aceptables de cara a la sociedad. Y la mayoría de las mujeres saben que supuestamente debemos pasar desapercibidas, por eso necesitamos denunciarlo alto y claro, una y otra vez, para que podamos resistir y renunciar a lo que se espera de nosotras.

5

Lo que tenéis que saber es que mi vida está partida en dos, escindida sin demasiado cuidado. Hay un antes y un después. Antes de ganar peso. Después de ganar peso. Antes de que me violaran. Después de que me violaran.

(Traducción de Lucía Barahona)

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