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'Chemsex': las orgías de sexo y drogas que anestesian la soledad en la comunidad gay

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Hablamos con expertos y con usuarios asiduos a las fiestas 'chemsex', en las que hombres pasan días enteros consumiendo drogas y practicando sexo

Rubén Serrano

13 Febrero 2018 06:00

La primera experiencia de Óscar (25 años) con el chemsex fue hace dos años: “Mis amigos y yo fuimos a una sauna de Barcelona y allí conocí a un chico en una habitación que estaba con todo su arsenal preparado. Le dije que quería probar. Tomé G y tina y me pasé toda la madrugada con él y con todos los que iban entrando. Esa noche follé con 4 ó 5 tíos”.

El chemsex consiste en consumir drogas con el objetivo de mantener relaciones sexuales con varias personas durante un largo período de tiempo, que puede ir desde varias horas a varios días. Esta práctica, conocida también como chill, sesión o cerdeo, se da sobre todo en hombres que tienen sexo con hombres y recientemente Madrid y Barcelona la han catalogado como un problema de salud pública.

La norma general en estas orgías es no usar preservativo, lo que conlleva un aumento de las infecciones de transmisión sexual (ITS). Según BCN Checkpoint, centro comunitario gay de Barcelona dedicado a la detección de ITS, estas sexparties multiplican por cuatro el riesgo de transmisión de VIH. El otro factor que ha hecho saltar las alarmas en las dos grandes ciudades españolas es la dependencia y la adicción que pueden llegar a generar estas sustancias. Solo en 2016, Barcelona atendió a 193 personas por consumo problemático derivado de la combinación de drogas y sexo.

La falta de estudios a nivel nacional sobre este fenómeno dificulta conocer el alcance real que tiene. Sin embargo, las investigaciones tanto de BCN Checkpoint como de Stop Sida apuntan a lo mismo: se centra sobre todo en las grandes ciudades y la mayoría de sus usuarios tienen estudios superiores.

La tina es una de las drogas más consumidas en el chemsex. Torbakhopper/Flickr

Antonio Gata, responsable del proyecto de atención al chemsex en BCN Checkpoint, explica que el 70 % de los casos que reciben “responden al perfil de varones de entre 25 y 44 años”. “Llama la atención que sea gente tan joven con formación académica. Son hombres que tienen ingresos económicos altos o, al menos, de más de 1000 euros al mes, por lo que pueden permitirse comprar las sustancias”, añade. De los más de 5.000 usuarios que recibieron en 2016, un 6,4% va a chills. “Una cifra que se espera que vaya en aumento”, apunta.

En Reino Unido, la cuna del chemsex en Europa, se relaciona esta práctica con tres estupefacientes que han bautizado como la Unholy Trinity (la Impía Trinidad): la metanfetamina (también conocida como meth, crystal meth o tina), la mefedrona (meph) y el GHB (G o éxtasis líquido). Sin embargo este esquema no es extrapolable a España, tal y como defiende Percy Fernández, psicólogo e investigador de Stop Sida: “Estas tres sustancias no son las que más se consumen aquí para tener sexo y ceñir el chemsex solo a estas tres invisibiliza el consumo de otras sustancias que también pueden llegar a ser problemáticas”.

Lo que caracteriza esta práctica es el policonsumo y “cuando una droga se acaba [todos los presentes en los chills] en seguida buscan otras con tal de seguir colocados”, afirma Fernández. Según sus observaciones, en esta fiesta en la que cualquier pastilla, polvo blanco o "químico" (chem en inglés) tiene la entrada permitida, lo que más se consume es la tina, la cocaína y el GHB. Pero también están presentes el popper, la marihuana, la mefedrona, la ketamina, el éxtasis/MDMA y la viagra. Según Fernández el consumo de drogas siempre ha estado presente en la comunidad gay, pero, no obstante, lo que ha dado este giro preocupante ha sido la gran variedad de sustancias que desde hace unos años ha entrado en el mercado, como la mefedrona.

"La gente está follando y tiene el teléfono en la mano para buscar a más chicos por Grindr. En mi casa han llegado a haber hasta 20 hombres. La gente no para de entrar y salir".

Estas orgías entre hombres orquestadas por Eros y Dionisio tienen lugar sobre todo en casas privadas. David, de 42 años, vive cerca de la Sagrada Familia y cada semana organiza entre 2 y 3 fiestas en su piso. En su habitación tiene una cama de matrimonio que mira a una gigantesca televisión de alta definición, donde pone porno gay durante las horas que dura el festival de sexo y drogas. Tanto en su dormitorio como en el salón tiene varios cañones de luz que se mueven al ritmo de la música electrónica o house que acompaña la velada.

“Las sexparties siempre empiezan igual. Yo quedo con una persona y esa persona cuando está colocada abre Grindr para buscar a más chicos. Es una red. La gente está follando y tiene el teléfono en la mano”, explica David, que solo unas horas antes estaba de sesión. “En mi casa han llegado a haber hasta 20 hombres. La gente no para de entrar y salir. Muchos chicos dan mi dirección y aparecen personas de repente. Hay un descontrol brutal”, confiesa.

Las aplicaciones móviles han propiciado que el chemsex se expanda a un ritmo muy rápido. La mayoría de los chills empiezan en conversaciones de Grindr o Scruff y se alargan días debido a que los participantes no paran de invitar a gente. Además, estas aplicaciones facilitan un acceso fácil y casi instantáneo a las drogas. En ellas hay incluso perfiles dedicados a venderlas. “Ahora al camello se le conoce como ‘instagram’ porque te trae los gramos a tu casa. Es como pedir una pizza a domicilio”, comenta Gata de Checkpoint. Al preguntarles qué hacen con estos perfiles que se encuentran en su plataforma, desde Grindr han confirmado a PlayGround que “siempre proceden a investigar la cuenta” y que si lo consideran necesario “la suspenden”.

Algunos recurren al consumo de drogas en el sexo para lidiar con problemas de autoestigma, falta de confianza o estigma por tener VIH. En las chemsex nadie pregunta nada y nadie juzga a nadie.

¿Qué buscan los hombres que consumen drogas para tener relaciones sexuales? Intensificar el placer, así lo sostienen las dos organizaciones consultadas. A muchos usuarios las drogas les facilitan el contacto con el otro y la desinhibición. De esta forma se atreven a realizar practicas sexuales de más riesgo, como el fisting, follar “a pelo” o la doble penetración, que no llevarían a cabo estando sobrios.

Otros, como Óscar, buscan tener sexo con varias personas en un ambiente en el que logran sentirse incluidos y aceptados. Aunque no siempre sea la razón principal, algunos recurren al consumo de sustancias para lidiar con problemas de autoestima, falta de confianza, rechazos por su imagen física o por no ser masculinos, homofobia internalizada o estigma por tener VIH. En las chemsex nadie pregunta nada y nadie juzga a nadie, señalan Óscar y David.

David Stuart, director del programa de apoyo de chemsex en la clínica 56 Dean Street de Londres -uno de los más importantes de Europa-, defiende esta posición: “Algunos de los que consumen drogas se sienten más seguros, olvidan sus problemas, dejan atrás cualquier juicio moral, religioso y cultural y llevan cabo sus fantasías”. Para Stuart, los chills se han convertido en “una herramienta para manejar otros problemas como la dificultad de encontrar sexo, pareja, compañía y amor en la cultura moderna gay”. El problema viene, comenta, “cuando continuamos usándolas a pesar de las consecuencias negativas que pueden comportar”.

El chemsex busca intensificar el placer y la desinhibicion sexual. Tobakhopper/Flickr

La cara B del chemsex puede tener consecuencias trágicas. La tina, la cocaína y la mefedrona son estimulantes que aumentan el ritmo cardiaco y dan sensación de euforia, a la vez que causan cambios en la temperatura corporal e insomnio. La metanfetamina y la cocaína son conocidas por provocar paranoia, brotes con los que Fernández se ha encontrado desde 2010.

Muchos usuarios cuentan que estando de fiesta han visto a algunos chicos que se han quedado dormidos y que al rato se han despertado. Sin embargo ese “sueño” ha sido en realidad un coma inducido por una sobredosis de GHB, un potente depresor. Óscar presenció uno de estos desvanecimientos: “En una de las sexparties a las que fui un chico se quedó dormido. Lo dejamos quieto en una habitación hasta que volvió a estar consciente. La fiesta continuó como si nada. Nadie llamó a la ambulancia. Era como si estuvieran acostumbrados a que sucediera eso”. En el peor de los casos, unos pocos no vuelven a abrir los ojos. Según datos de David Stuart, cada mes muere un hombre gay en Londres por una sobredosis de G.

Fruto de esos estados de inconsciencia se han llegado a producir agresiones sexuales. Fernández afirma que ha atendido a hombres que mantienen que han sido penetrados mientras estaban en coma. A pesar de ello, ninguna víctima lo ha reconocido verbalmente como una violación. El investigador de Stop Sida sostiene que el hecho de que estos asaltos se den en espacios donde todos los implicados han quedado expresamente para mantener sexo y consumir drogas hace que los límites sobre el consentimiento se vuelven confusos y abstractos. Los estupefacientes anulan la capacidad de juicio del consumidor y eso hace que haya no haya una evaluación de riesgos.

La dependencia psicológica y a veces fisiológica que crean estas sustancias ha llevado a Gata de Checkpoint a tratar con personas que no habían tenido sexo sobrio en dos años. Santiago, de 32 años, lleva desde 2013 practicando chemsex y reconoce que hay cosas que no le satisfacen: “Algunas veces me he sentido vacío después de una sexparty y he pensado ‘has perdido el tiempo’. Te das cuenta que es un día de otoño, que hace sol fuera y que tú estás encerrado en una casa cuando podrías estar con tus amigos o yendo al cine.”.

"Muchos hombres ven en estas sesiones la posibilidad de estar en compañía y quien tiene drogas, tiene el poder de atraer a más gente a su alrededor".

A estas experiencias, se suman casos de hombres que han perdido su trabajo y que gastan una gran cantidad de dinero comprando drogas. Todo ello deja una resaca no solo física sino también emocional, ya que, aparece la moral de por medio y sienten vergüenza de lo que han hecho. “Todos los casos de consumo problemático de chemsex que estamos tratando [70 en 2017] presentan ansiedad y depresión. Además vienen acompañados de la culpa y de pensamientos como ‘me he pasado’”, ha explicado Gata.

Desde Stop Sida, Luis Villegas, coordinador de programas, apunta que hay usuarios que consumen drogas para tener sexo y que eso no les supone ningún problema. “Hay gente que acude a nuestros servicios y que no quiere dejar de consumir. Lo que más les preocupa es gestionar el consumo, después abandonarlo, como obtener más placer en el sexo, encontrar pareja y, por último, su salud sexual. Es una cuestión de prioridades”, afirma.

“El chemsex nos confronta con lo que somos y con nuestros miedos internos relacionados con la sexualidad”, continúa Villegas. Esta practica, interviene Fernández, tiene mucho que ver con la soledad. “Muchos hombres ven en estas sesiones la posibilidad de estar en compañía, de intimar y de conectar con otra persona porque, al fin y al cabo, pasan 7 u 8 horas con alguien. En un encuentro sexual sin sustancias de por medio, tienes sexo y a los cinco minutos te vas”, apunta. En palabras del investigador, “quien tiene drogas tiene el poder de atraer a más gente a su alrededor”. Por eso, razona, “muchos hombres empiezan a consumir a sus cuarenta y pico porque saben que al llegar a los cincuenta ya nadie los va a mirar” y con tina, cocaína y G acaban anestesiando su soledad.

El chemsex y las necesidades afectivas guardan un vínculo muy estrecho. “¿Por qué consumimos droga juntos?”, dispara Villegas . “Para conectarnos. Para crear un espacio de intimidad, aunque sea ficticio”, responde. A la larga eso se convierte en un “infierno” porque nadie está “disfrutando” ni “conectando con nadie”. Sin embargo, “la motivación inicial y la verdadera razón que hay detrás del chemsex es intimar con el otro”, sentencia.

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