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Un ataque interno: cómo San Francisco se convirtió en la capital hacker del mundo

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El pasado viernes se llevó a cabo el mayor ataque hacker de la década. Pero, esta vez, Estados Unidos no pudo culpar al exterior

25 Octubre 2016 17:56

El viernes pasado se llevó a cabo el mayor ataque hacker de la década. Por unas horas, no pudimos quejarnos de nada en Twitter, ponernos al día con la nueva temporada de Black Mirror en Netflix, informarnos en The New York Times, escuchar música en Spotify ni pagar vía Paypal.

Aunque pueda parecer un ataque puntual en contra de las compañías controladas por el servidor Dyn, no se trata de un caso aislado. Más bien, es parte de la guerra que durante años lleva librándose en internet. Además, como lleva ocurriendo con la mayoría de ofensivas de este estilo, probablemente nunca descubramos quién la ha llevado a cabo.

En los últimos años, Estados Unidos ha justificado la mayoría de los ataques informáticos que han sufrido señalando a otros países. Atribuyeron la filtración de información de Sony Pictures a Corea del Norte y las controversias destapadas del Ejército de EEUU a simpatizantes yihadistas. Pero en ninguno de estos casos ha logrado condenar a los culpables.

En esta ocasión volverá a ocurrir lo mismo. Pero, esta vez, no les ha quedado más remedio que admitir que el enemigo lo tienen en casa. El ataque se originó en los propios Estados Unidos, con ordenadores situados en los estados de Nueva York y de California.


"La cultura hacker está en el ADN de los habitantes de San Francisco”.

No debería resultar sorprendente. En la costa Oeste se concentra el mayor número de empresas y trabajadores tecnológicos del mundo. En la bahía de San Francisco se erigen cientos de empresas especializadas en seguridad informática. Compañías, en las que trabajan los llamados "White Hats", pero que también son los hogares globales donde habitan los hackers.

Pero vayamos por partes.

En la guerra del hack, se distinguen dos tipos de perfiles: los "White Hats", que se especializan en la detección de errores en sistemas informáticos, y los "Black Hats", que buscan entorpecer los sistemas en beneficio propio. Mientras los primeros trabajan para las empresas o los propios usuarios, los segundos llevan a cabo sus ataques desde el anonimato.

Los Black Hats, además, demuestran su gran poder con ataques como el del viernes. 

Este último asalto no ha sido más complejo que los que se realizan a diario, aunque detrás ha habido un trabajo considerable. Se trata de un ataque DDoS (de denegación de servicio), por el cual millones de dispositivos intentan acceder al mismo tiempo a una web, lo que provoca que el servidor no aguante la saturación de tráfico y se colapse. Esto no quiere decir que haya millones de personas que ataquen al mismo tiempo, sino que hay un hacker o un grupo de hacker detrás que, anteriormente, han infectado a millones de dispositivos con un malware.

En el otro bando están los White Hats. Como decíamos, son los que trabajan evitando este tipo de ataques. Y, el gran número de empresas de seguridad tecnológica que hay en San Francisco la convierten en la cuna del hackeo.

En Watch Dogs 2, el videojuego sobre hackers de Ubisoft, catalogan a la ciudad como tal. Y los argumentos de sus creadores lo esclarecen.

“No hay una ciudad mejor para hablar sobre hackers. Aquí se vive su esencia. En Watch Dogs 2 tienes a disposición una smartcity que hace que estemos más conectados que nunca”, argumenta Dominic Guay, productor senior del videojuego. "La cultura hacker está en el ADN de sus habitantes”, añade Sidonie Weber, directora de arte.

Compañías como Synack y Alienvault, dos de las mayores empresas de ciberseguridad del mundo, se hospedan en la ciudad californiana. Y cientos de otras sedes tecnológicas más se acumulan en su bahía. Entre ellas, los núcleos más duros del planeta: Apple, Google y Facebook.

También se celebró aquí, el pasado agosto, la Slash Hack, una competición entre programadores en la que pasan diferentes pruebas y batallas hasta que uno de ellos se cataloga como el mejor hacker de la ciudad. En el festival, solo abierto a profesionales, compitieron 300 de los mejores hackers del planeta.

Andy Isaacson, hacktivista y fundador del grupo de apoyo para proyectos hackers Noisebridge tiene su hogar aquí. También April Glaser, directiva de la fundación Electronic Frontier para proteger los derechos de los usuarios. Y, como ellos, se asienta otra gran multitud de personajes a los que probablemente nunca conozcamos. Cerebros que tienen entre sus manos el futuro de la tecnología y, por lo tanto, también el de nuestros datos.


"En la comunidad hacker, los grises abundan".

Además, se trata de una cantera que no para de ampliarse. Cada año, miles de becas se abren para realizar másters y prácticas propias de los gigantes tecnológicos de Silicon Valley.

Que haya tantas oportunidades para los empleados de seguridad informática nos dice que hay muchos White Hats. Pero, ¿qué ocurre con los Black Hats? 

“En la comunidad hacker, los grises abundan. No se trata de dividir a los hackers según sean blancos o negros, sino que existen muchos más perfiles que pueden cambiar en cualquier momento. Según la terminología, un hacktivista que realiza un ataque contra una organización criminal sería un Black Hat, pero sus intenciones en realidad son buenas. Casi todo es gris en este sector”, explica desde San Francisco Violet Blue, periodista especializada en tecnología y sus implicaciones éticas.

Básicamente, lo que explica Blue es que ambas partes de la guerra responden a los mismos perfiles. Un White Hat puede ser un Black encubierto, como vemos en Mr. Robot. También podemos encontrarnos casos contrarios e incluso gente que trabaja para los dos bandos.

Al responder a cuestiones éticas e intereses propios, la gama de grises se amplía al máximo. En este sentido, si San Francisco es la capital mundial de la seguridad informática, también lo es del hackeo... y de la guerra del hack.

Las consecuencias del conflicto pueden ser catastróficas. El ataque del viernes, un problema “con el que podemos seguir viviendo sin problemas”, es más grave de lo que parece. Aparte del desplome que supone para las compañías controladas por el servidor Dyn, nos lanza el claro mensaje de que cualquiera puede poner en vilo al planeta con relativa facilidad.

En esta ocasión la víctima han sido la música o las series. Pero, como destacó el famoso hacker Chema Alonso cuando le entrevistamos, “con apagar las máquinas de cuidados intensivos, los cibercriminales pueden acabar con la vida de la gente. Hay que recordar que los hospitales también funcionan con Windows”.

Nadie sabe quién ha provocado el mayor ataque hacker de la década. Quizá porque, en la guerra entre White y Black Hats, nadie sepa del todo quién está en cada bando. Y, aunque acabe descubriéndose, seguirá prosperando un conflicto frío y gris que parece no tener fecha de caducidad. Lo que sí parece claro es que San Francisco seguirá jugando un papel esencial en ella.











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