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Artículo Acércate. Mira con tus propios ojos al matadero. Y luego come carne Food

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Acércate. Mira con tus propios ojos al matadero. Y luego come carne

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Cuando los animales no son los únicos que mueren en los mataderos: "Si comer carne fuera algo intranscendente, los carnívoros no atacarían así al vegetarianismo. Si se irritan, es porque actualmente ya tienen conciencia de su pecado, pero aún se sienten incapaces de librarse de él"

Rosa Molinero Trias

26 Febrero 2018 10:55

Si hay un eslabón en la cadena alimentaria del que especialmente no nos apetece saber mucho, ese es el del sacrificio.

Defendemos el consumo de carne a capa y espada, pero que no nos hablen demasiado sobre cómo y en qué condiciones reciben muerte los animales que comemos. Nos cuesta aceptar que entre esa grasa y esa proteína hay, necesariamente, muerte.

¿Y qué mejor lugar para mirar de frente a la muerte de los animales que comemos que un matadero?

Visitamos a través de la literatura tres mataderos con Leo Tolstoi, Upton Sinclair y Ana Paula Maia, porque no podemos ignorar más qué ocurre dentro de un matadero y por qué ese chuletón está en nuestro plato. Mirar hacia otro lado es una incoherencia con costes: podemos llegar a permitir barbaridades como las que presenció Igualdad Animal en el matadero de El Pozo o, tal vez, podemos estar comiendo animales sin poder soportar la muerte que la lleva hasta nuestros platos.

1. Lev Tolstoi, El primer peldaño: “Si comer carne fuera algo intranscendente, los carnívoros no atacarían así al vegetarianismo”

Lev Tolstoi (1828-1910) escribió lo que a día de hoy se considera la Biblia del vegetarianismo después de haber visitado el matadero de Tula: El primer peldaño, reeditada por Kairós en 2017, es uno de los textos fundacionales más divulgados del movimiento e incluye el respeto a la vida de los animales entre la concepción de una vida moral del religioso novelista ruso.

Cuando supo del vegetarianismo incipiente que creía en Europa en su época, Tolstoi decidió acercarse a un matadero y ver con sus propios ojos qué ocurría en aquel lugar que nadie quiere detenerse a mirar: “Hace tiempo, cuando leí el excelente libro The Ethics of Diet [de Howard Williams, 1883], ya había querido visitar un matadero para ver con mis propios ojos de qué se estaba hablando cuando se trata del tema del vegetarianismo. Pero sentía incomodidad, como siempre sucede cuando uno sabe que va a presenciar unos sufrimientos que no podrá detener. Y pospuse aquella visita una y otra vez”.

Pero al final acabó yendo.

“He estado en el matadero”, escribía en su diario el 7 de julio de 1891.

Con esta crudez describía Tolstoi en su diario lo que allí había visto y lo que le servía para argumentar por qué una vida digna debe estar libre de sufrimiento animal, libre de una dieta sin carne:

“En la calle, junto al acceso, había carros con toros, terneras y vacas atados a sus pértigas y lanzas. Era evidente que aquellos hombres estaban tan absortos en sus cálculos y transacciones monetarias que la idea de si matar a aquellos animales estaba bien o mal les quedaba tan lejos como la idea de cuál es la composición química de la sangre que inundaba el suelo de las cámaras”.

Una vez dentro, describe lo primero que vio en una de las cámaras en las que trabajaban algunos hombres: “la sangre chorreaba desde arriba y goteaba, y todos los matarifes estaban empapados de esta sangre”.

“He estado en el matadero”, escribía Lev Tolstoi en su diario el 7 de julio de 1891.

Y en seguida describe aquella escena que presenció y que supuso un antes y un después en su vida:

“Al mismo tiempo, por la puerta opuesta junto a la que yo estaba, introducían un buey grande, rojizo, bien alimentado. Dos hombres tiraban de él. Cuando apenas había entrado, vi cómo un matarife alzaba un cuchillo sobre su pescuezo y se lo clavaba. El buey, como si le hubieran golpeado las cuatro patas a la vez, cayó estrepitosamente sobre su panza, volteó sobre un costado y empezó a dar sacudidas con las patas y la grupa. Inmediatamente, el matarife se abalanzó sobre la parte delantera del buey desde el lado opuesto a sus patas, que daban sacudidas, le agarró por los cuernos y le apretó la cabeza contra el suelo; otro matarife le rajó el cuello con un chillo y, por debajo de la cabeza, empezó a brotar a chorro una sangre de color negro rojizo”.

“Entonces un niño empapado en sangre colocó debajo una vasija de hojalata. Durante todo aquel proceso el buey sacudía la cabeza sin parar, como tratando de levantarse, y daba coces en el aire con las cuatro patas. (...) Cuando la sangre dejó de correr, un matarife le levantó la cabeza y empezó a arrancarle la piel. El buey aún seguía coceando. La cabeza despellajada se volvío roja, con las venas blancas, y se quedó en la posición que le dieron los matarifes, con la piel colgando por ambos lados. El buey seguía estremeciéndose. Entonces otro matarife lo cogió de una pata, se la partió y se la cortó. (...) Finalmente arrastraron al animal hasta la polea, lo colgaron , y allí ya dejó de moverse”.

"El buey aún seguía coceando. La cabeza despellajada se volvío roja, con las venas blancas"

Tolstoi en seguida comprendió que propiciar ese tipo de muerte con el consumo de carne era algo que a partir de ahora no iba a tolerar en virtud de la buena moral que debía regir su vida. Así se expresaba: “su uso [el de los animales] es directamente inmoral: exige el asesinato y es un acto contrario a nuestra moralidad que nace solo de la avidez y del deseo de glotonería”.

Además, el ruso sabía que su postura no iba a recibir muy buena acogida, por eso quiso que sus lectores supieran con qué ideas iban a rebatirles su fidelidad al vegetarianismo: la salud y la empatía. Lo ejemplificaba con la conversación que había tenido con una señora, que decía tener un “débil organismo que necesita la carne” pero que a la vez “es incapaz de hacer sufrira ningún animal e incluso de presenciar su sufrimiento”.

"Nunca va a poder dejar de hacer sufrir a los animales, simplemente porque los come"

Pero Tolstoi lo tenía muy claro: “En realidad, si esta pobre señora se siente débil es justamente porque le han enseñado a alimentarse de algo impropio para las personas; encima, nunca va a poder dejar de hacer sufrir a los animales, simplemente porque los come”.

Sabiendo la frustración que tienen que afrontar los vegetarianos frente a las críticas de los que le rodean, el escritor aconsejaba: “No os turbéis si al negaros a comer carne vuestros amigos y familiares os atacan, os censuran y se ríen de vosotros. Si comer carne fuera algo intranscendente, los carnívoros no atacarían así al vegetarianismo. Si se irritan, es porque actualmente ya tienen conciencia de su pecado, pero aún se sienten incapaces de librarse de él".

2. Upton Sinclair, La Jungla (1906): “Estaban presenciando la matanza tecnificada, la industrialización del cerdo mediante las matemáticas”

El título de la novela de Upton Sinclair (1878-1968) podría despistar, pero tan sólo hace falta leer un poco de La Jungla para entenderlo.

Los protagonistas de esta novela aparecida por tomos durante 1906 en la revista socialista Appeal To Reason y reeditada por Capitán Swing en 2012, Jurgis, Ona, su familia y algunos amigos, aterrizan en Chicago provenientes de Lituania, en busca de un futuro mejor en aquella tierra que promete la libertad. Sin embargo, la maquinaria del capitalismo más salvaje ya ha dispuesto para ellos toda una suerte de trampas para exprimirlos y que no puedan escapar: una casucha de pobre construcción e imposible de pagar en el barrio de los mataderos, donde todos, desde niños hasta ancianos, empezarán a trabajar.

Bienvenidos a Packingtown, bienvenidos a la jungla, donde los animales no son los únicos que mueren en los mataderos.

El trabajo en un matadero es durísimo: es una tarea muy física que puede llegar a afectar al estado emocional de los trabajadores y por ello deberían ser tratados con el cuidado que se merecen. Por supuesto, nada de eso ocurría en Packingtown, donde las condiciones de trabajo eran infrahumanas. Sin ventilación adecuada ni la calefacción necesaria en invierno, con varios dedos de sangre resbaladiza o salitre corrosivo en el suelo, sueldos deplorablemente bajos, cero estabilidad y ninguna cobertura en caso de accidente laboral. En realidad, la muerte aguardaba a cada paso dentro del matadero, donde hombres y mujeres debían permanecer largas jornadas en tensión hasta que el cuerpo aguantase.

"De Packingtown se aprovecha todo menos los gruñidos"

Atención a esta descripción horripilante que cuenta cómo los hombres se convierten en manteca:

“y por lo que respecta a otros hombres, que trabajaban en celdas llenas de vapor, y en las que había rasas abiertas cerca del nivel del suelo, su problema era que se caían en aquellas rasas; y una vez habían muerto, su aspecto era tan lamentable hacía que no mereciese la pena sacarlos— a veces se les dejaba ahí durante días, hasta que solamente quedaban los huesos y el resto salía a ver mundo como Pura Manteca Durham”.

Upton Sinclair, en La Jungla, hizo una crónica humana de las pésimas condiciones de vida y trabajo que soportaban los obreros del Packingtown. Tampoco escatimó en detalles sobre la insalubridad y las prácticas fraudulentas que se llevaban a cabo en los mataderos del llamado Beef Trust, la industria cárnica en manos de 4 empresas (Armour, Swift, Morris y National Packing) que controlaba, no sólo la carne de todo el país, sino los forrajes, los abonos y los precios de compra y venta. E incluso jabón y botones, ya que se decía que “De Packingtown se aprovecha todo menos los gruñidos”.

Solo hace falta leer al siguiente fragmento para comprenderlo:

“Cuando un obrero cualquier advertía que la vaca estaba preñada, corría a advertírselo al capataz, quien entonces se acercaba a halbar con el inspector del Gobierno y ambos salían a dar una vuelta. En un abrir y cerrar de ojos el tronco de la vaca era abierto en canal, y las entrañas con el feto desaparecían. La tarea de Jurgis consistía en empujar toda aquella mezcla por la trampilla correspondiente, y en el departamento inferior separaban el feto de las entrañas y utilizaban su piel. Alguna vez, cuando abrían la vaca en canal, los terneros se ponían de pie y comenzaban a nadar, de modo que había que matarlas allí mismo”.

"Después de todo, comparada con muchas de las cosas que entraban en los embutidos, una rata envenenada era un lujo"

O este otro:

"También se aprovechaba la carne que andaba tirada por el suelo, en la suciedad y el serrín, donde los obreros pisaban y escupían millones de gérmenes. (...) Así, las ratas morían a centenares y, después, éstas, el pan, el veneno y la carne iba todo junto a las tolvas de trituración. Y esto no es broma. La carne se cargaba en vagonetas por paletadas y los obreros no se tomaban la molestia de apartar una rata cuando veían el cadáver del animal revuelto con la carne. Después de todo, comparada con muchas de las cosas que entraban en los embutidos, una rata envenenada era un lujo".

De ahí que se prestara mayor atención a esos peligros descritos que ponían en riesgo la salud del consumidor: la novela tuvo tanto éxito que Theodor Roosevelt, en aquel momento presidente de los Estados Unidos, mandó investigar en secreto aquello que el novelista había descrito para comprobar que, efectivamente, era verdad. De hecho, parte de la armada que luchaba en la guerra de Cuba contra España causó baja al consumir lo que llamaban 'carne embalsamada': latas de carne en podrida en la que se añadía una capa de ácido bórico para preservarla y evitar pestilencias. En 1906, Roosevelt firmaría la Meat Inspection Act, que prohibía la venta de carne adulterada y mal etiquetada, así como de sus subproductos.

“Mi objetivo era el corazón del público y por accidente les dí en el estómago”

“Mi objetivo era el corazón del público y por accidente les dí en el estómago”, afirmaría más tarde Sinclair, cuya descripción del matadero moderno es de una contundencia proverbial que nos recuerda qué nos llena el plato:

“Todo esto se hacía tan metódica y maquinalmente que, a pesar del horror que experimentaba, el espectador quedaba fascinado. Estaban presenciando la matanza tecnificada, la industrialización del cerdo mediante las matemáticas”.

3. Ana Paula Maia (1977), De ganados y hombres: “¡Las vacas no se matan solas! ¡Uno las mata!”

Ladrones, asesinos y hombres con un pasado oscuro trabajan en el matadero de Don Milo, en Brasil. Edgar Wilson, el protagonista de la novela de Ana Paula Maia, De ganados y hombres (Siruela, 2017), es el aturdidor. ¿Que cuál es la faena del aturdidor? Esta:

“Edgar toma posición dentro del cubil y ordena que manden la primera vaca. El animal es conducido por un pasillo corto y angosto que va a parar al cubir de aturdido. Lo más retraídos avanzan a golpes de un bastón que emite una descarga, y que los hace andar. Se abre una ventana y el animal, que ya está situado al final del pasillito angosto, no puede darse la vuelta ni recular. Edgar Wilson sisea suavemente con el aire entre los labios y le acaricia la frente. El animal está menos agitado. Los ojos, menos asustados. Pero el olor a sangre de los otros animales muertos en el lugar, el olor a muerte que emana de Edgar Wilson y su mirada llena de complacencia, le hacen saber que va a morir. Edgar Wilson hunde el pulgar derecho en el bote de cal y hace la señal de la cruz en la frente de la vaca. Alza el mazo y acierta justo en el centro de la cruz. Un solo golpe hace que el hueso se parta deja al animal desmayado en el suelo”.

"El olor a sangre de los otros animales muertos en el lugar, el olor a muerte que emana de Edgar Wilson... le hacen saber que va a morir"

Wilson, a pesar de la crudez de su oficio, se toma el trabajo en serio. Incluso se podría hacer una lectura donde en sus gestos y su meticulosidad puede leerse la compasión hacia las terneras. “Edgar se siente tan en sintonía con los rumiantes, con la mirada insondable que tienen y con el latido de la sangre en sus venas que a veces se pierde en su misma conciencia al preguntarse quién es el hombre y quién el bovino”.

Pero él forma parte del engranaje del matadero, que no para de girar y girar. Y lo sabe, no lo ignora ni intenta justificarlo.

—"¿O sea que entonces usted se considera un asesino?", le pregunta una escolar que está de visita en el matadero

—"Exacto", contesta Edgar Wilson.

Y cuando le niña le increpa por su respuesta, le pregunta si ha comido alguna vez hamburguesas y sabe cómo se elaboran.

—Ahora puede enterarse si quiere. Desde el comienzo. Puede aprender todo el proceso, ¿o no han venido todos a eso? Bueno, si quieren aprender a elaborar su propia hamburguesa, el proceso empieza aquí.

“La joven deja caer el mazo al suelo y comienza a llorar. Un chico que había estado todo el tiempo con cara de susto, al ver el cubil por dentro lleno de sangre y olor a podrido se pone pálido, se inclina hacia delante y acaba vomitando en las botas de goma de Edgar Wilson. Este mira el vómito y lo ignora por completo. Vuelve a ponerse el gorro en la cabeza, pide permiso y entra en el cubil, cerrando la puerta a sus espaldas sin decir ni una palabra más”.

—"¿O sea que entonces usted se considera un asesino?"

—"Exacto".

Una escena heladora, que tiene ecos de mal augurio. Más adelante, ante otro suceso terrorífico, el patrón, Don Milo, diría: “¡Las vacas no se matan solas! ¡Uno las mata!”. Y es cierto. Pero no siempre. ¿Qué puede empujar un animal a buscar la muerte? Solamente un depredador que tenga un hambre implacable, infinita, voraz, inconsciente.

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