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Food

¿Cómo se coló un helado Häagen-Dazs en la comida de Trump con Kim Jong-Un?

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Todo parecía transcurrir con normalidad... hasta que llegó el segundo postre a la mesa

Rosa Molinero Trias

12 Junio 2018 18:35

Kim y Trump se han dado la mano. Después de mucho tira y afloja, el líder norcoreano y el presidente de los Estados Unidos han celebrado la tan esperada reunión bilateral en Singapur. Han pactado por la desnuclearización de Corea del Norte, la paz en la península coreana, la restauración de la memoria histórica y las buenas relaciones entre los dos países. Y han comido. ¿Cuál ha sido el menú? ¿De qué gastronomías son los platos? ¿Por qué Trump ha tenido que hacer un chiste sobre su peso?

La comida, que tuvo lugar en el hotel Capella en la isla singapurense de Sentosa, tuvo un breve preámbulo bastante cómico. Ya frente a la mesa donde se sentarían a comer segundos después, el presidente Trump se dirigió a los medios para decirles: “¿Estáis sacando buenas fotos? ¿Que parezcamos buenos y guapos y delgados y perfectos?”. La cara de Kim Jong-un ante lo que le acababan de traducir era un poema.

Después del desatino, la comida empezó como empezaban todas las bodas, bautizos, comuniones y cenas de empresa hasta el 2000: con un cóctel de gambas, que a estas alturas merecería estar ya en la lista de Patrimonio Inmaterial de la UNESCO. Aquí lo acompañó el aguacate, tal vez como guiño a Estados Unidos, que con tanta gula ha acogido este producto de la gastronomía mexicana.

El segundo entrante salía de la gastronomía singapurense, que es una mezcla de recetas chinas, indias y malayas. En este caso, una ensalada kerabu de mango verde con aliño de lima y miel y pulpo fresco como topping.

Para terminar la ronda de primeros platos, no podía faltar un plato coreano: el oiseon, que en algunas recetas es un pepino relleno con carne de ternera o pollo, cebolla y setas y luego hervido en caldo.

Hasta aquí, parece que la gastrodiplomacia singapurense quedaba bien con todos: los tres países quedaban representados y contentos en los entrantes.

Pasando a los platos principales, primero se sirvió un confit de costillar de ternera acompañado de patatas gratinadas a la dauphinois y broccolini al vapor, con una salsa de vino a parte porque Trump es un declarado abstemio. Lo mismo, pero con otras palabras y menos confit y broccolini, se come de Seattle a Miami en dinners, celebraciones familiares, barbacoas, cadenas de restaurantes y demás.

Para ponerle equilibrio diplomático al asunto, aunque no nutritivo, el siguiente plato de influencias chinas consistió en cerdo agridulce con arroz frito cantonés y salsa picante XO casera, hecha con coñac extra viejo, vieiras secas, ajo, chile y otros condimentos que le confieren un sabor potente. Si te suena esto XO es porque la salsa da nombre a los restaurantes del chef Dabiz Muñoz.

Y para terminar con el festival de la carne, pescado: el Daegu jorim, cuya traducción sería algo así como “estofado de Daegu” (una ciudad de Corea del Sur), que es bacalao pochado a la salsa de soja con rábanos y vegetales asiáticos. Así decía en el menú, “vegetales asiáticos”. ¿Cuáles? Nos quedamos con ganas de saber si se trataba de la okra típica de la India, del pak choi chino o de la col coreana bomdong. Pensaba que habíamos dicho que eso de generalizar con “asiático” era irrespetuoso.

La guinda la pusieron unos postres con mucho palabro francés. El primero de ellos, una tartaleta de ganache de chocolate negro, que no es más que una mezcla de crema y chocolate que adquiere una textura ideal para recubrir.


Y hasta aquí, parecería que el menú mantuvo el equilibrio perfecto en términos de diplomacia: representación igualitaria de todos los países, cero riesgos y tirando de lo clásico a más no poder. Algo de esto podría haber tenido en cuenta el chef Segev Moshe, que sirvió un postre en un zapato en la comida entre Japón e Israel. Error.

Pero el segundo postre vino a ser en esa comida lo que un elefante en una cristalería. ¿Cómo se coló un helado Häagen-Dazs de vainilla, marca estadounidense (aunque parezca escandinava) por excelencia, en esa comida? ¿Es un buen anuncio para estos helados de fabricación industrial? Sea como sea, aquí Estados Unidos se marcó el punto, set y partido.

Pero nadie se ha quejado por el momento.

Tal vez el último postre fue tan perfecto que puso el broche de oro y ya nadie se acuerda del helado: La sencilla tarta tropezienne, de brioche y nata, inspirada en la actriz Brigitte Bardot en su papel en Y Dios creó a la mujer (1956).

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