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Así era el primer libro de cocina para gays publicado hace medio siglo

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'The Gay Cookbook' es racista y plagado de estereotipos hirientes, pero tuvo un impacto positivo en la comunidad homosexual

Rosa Molinero Trias

13 Junio 2018 18:37

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El 1 de diciembre de 1965 se anunció en The New York Times el primer recetario de cocina para homosexuales. Se titulaba The Gay Cookbook (Sherbourne Press), lo firmaba el chef Lou Rand Hogan y fue un éxito de ventas apabullante. Hoy suena extraño que algo pueda etiquetarse como cocina homosexual y, sin embargo, The Gay Cookbook tuvo un impacto positivo en la comunidad de hombres homosexuales estadounidenses, a pesar de que tener las dosis de racismo típicas de la época y una carretada de estereotipos.

El chascarrillo continuo sobre el sexo, las metáforas de los atributos sexuales y los estereotipos sobre la identidad homosexual pueden considerarse hoy pesadas y pasadas de moda. Pongamos dos ejemplo: en la receta de zanahoria rallada avisa con aspavientos que se puede dañar la manicura. Tal vez hoy no provoque las mismas sonrisas de complicidad que hace 60 años. Ni tampoco que te diga "No mariconees en el mercado. Sonríe al h.d.p. del carnicero mientras le preguntas 'gaymente': '¿Cómo tienes hoy la carne, carnicero?'".

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Pero entonces el contexto era otro y la reivindicación de los derechos y la identidad LGTB tan sólo daba sus primeros pasos. Tal y como explica Vider: “Para Hogan, como para otros hombres homosexuales de su generación, el camp era una manera de negociar construcciones culturales de género y sexualidad y, al mismo tiempo, crear comunidad”.

Cuando The Gay Cookbook se publicó todavía no había tenido lugar el primer paso de la revolución sexual LGTB que acontecería a partir de los disturbios de Stonewall en el Nueva York de 1969. Y por aquel entonces, por ley se consideraba obscena y por ello se censuraba cualquier publicación de temática homosexual, a la par que muy pocos bares y restaurantes acogían a personas que se hubieran declarado abiertamente homosexuales. Incluso las organizaciones homófilas en defensa de los derechos LGTB, como la Mattachine Society de San Francisco y la ONE, Inc., de Los Angeles, afirmaban en los 50s que para la integración de los homosexuales era necesario comportarse de forma heteronormativa.


Por eso The Gay Cookbook suponía un soplo de aire fresco con todo su despliegue de plumas. Tenía en la exageración, en las alusiones a las formas del sexo gay y en este salirse de la norma todos los ingredientes del camp (un tipo de sensibilidad estética del arte popular que basa su atractivo en el humor, la ironía y la exageración).que la crítica de arte Susan Sontag había conceptualizado en 1964 y con el que había despertado el interés estadounidense hacia la cultura homosexual: tomarse menos en serio a uno mismo, jugar con los géneros y llamar a sus lectores varones con nombre de mujer, aludiendo y potenciando aspectos considerados socialmente como femeninos con los que se identificaban los hombres homosexuales.

En resumen, publicaciones como Life, Time, The Washington Post y The New York Times, “debatían la homosexualidad de forma regular, como un tema serio de la ficción y el teatro y como un problema social que debía resolverse”, cuenta Stephen Vider en su artículo "Camp Humor and Gay Domesticity".

Recordemos que en la época, la vida doméstica de los hombres homosexuales era descrita como solitaria e infeliz, porque para los principios morales de la época lo bueno y deseable era casarse y formar familia y nada de ello estaba permitido para ellos. Había una frontera muy clara entre lo que se consideraba propio de hombres y propio de mujeres y lo “afeminado”, que se entendía como aquello típico de mujeres por lo que algunos hombres sentían inclinación, era visto incluso por algunos homosexuales como un desvío en la conducta. Efectivamente, cocinar era uno de ellos.


Alrededor de la cocina y la comida casera, la comunidad homosexual configuró un espacio seguro en unas circunstancias en las que hacer gala de tu sexualidad en público era motivo de discriminación asegurada e incluso de agresión y detención. Así las cosas, una fiesta en casa con tus amigos o tu amante creaba una situación segura en la que poder actuar libremente. Pero, ¿qué es una fiesta sin comida? Tocaba ponerse el delantal, porque todavía faltaba mucho para el reparto de comida a domicilio y la comida preparada lista para calentar.

Hogan, que tras buscar el éxito en el mundo del teatro terminó por convertirse en azafato y cocinero de un crucero de la naviera Matson, concibió el libro como un recetario práctico (¡incluso se anunciaba que la encuadernación era lavable por si se manchaba!) y no como el ejercicio subversivo que podría parecer: si bien las recetas estaban sazonadas con chistes verdes aquí y allí, también explicaban de forma didáctica cómo elaborar platos de todo tipo, desde una sencilla ensalada de tomate a algo más refinado, ternera a la bourguignon, o algo más exótico para la época, como el pollo cantonés o el chili texano. La mayoría de recetas tenían el objetivo de ofrecer soluciones económicas para el homosexual soltero y, por supuesto, no faltaban ingredientes populares en la época como el glutamato, la sopa de tomate Campbell o las frutas enlatadas.

A pesar de considerarse un clásico de la representación de los homosexuales en la cocina, por suerte los años no han pasado en balde para The Gay Cookbook. Lo más criticable es que el público al que estaba destinado eran solamente hombres blancos homosexuales. Las únicas referencias a personas racializadas es para caricaturizarlas en las ilustraciones y también en las recetas, como es el caso de un plato hawaiano en el que se dice que todo sabrá mejor “si se lleva una buena capa de color moreno sobre la piel, alguien toca el uquelele o la guitarra y si se viste cada oreja con una flor de hibisco”. Faltaban todavía muchos estereotipos para derrocar.



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