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“Camarero, tengo un implante mamario en mi cena”

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Tenemos nuevo héroe: un periodista británico resucita a la crítica gastronómica de sus cenizas con uno de los textos más ácidos y destructivos de la historia de la alta cocina

Marc Casanovas

11 Abril 2017 13:13

“Sólo hay una cosa peor que te sirvan una comida terrible: que camareros que no tienen ni idea de lo horribles que son las cosas que te están haciendo te sirvan una comida terrible”. Así de incendiaria empieza Jay Rayner su crítica en The Guardian sobre el lujoso restaurante parisino Le Cinq, en las entrañas del hotel Four Seasons.

En dos frases mantiene toda tu atención y te agarra por la solapa hasta el eructo final. Todo lo que no hacen la mayoría de críticas gastronómicas nacionales y extranjeras.

Oh la là!



En plena crisis del sector, la crítica gastronómica padece un virus similar al de la crítica musical.



En plena crisis del sector, la crítica gastronómica padece un virus similar al de la crítica musical: no interesa a casi nadie salvo a ellos mismos y a los que critica. ¿Mismos síntomas significa directamente misma cura? No me atrevería a confirmarlo porque la crítica musical, como mínimo, critica haciendo honor al nombre que ostenta. Mientras, los síntomas del virus de la crítica gastronómica  se extienden sin prisa pero sin pausa entre todos los críticos (buenos y malos) de todas las edades (porque los jóvenes copian a los viejos y los viejos se copian a sí mismos).

Resumiendo, la enfermedad del crítico que no tiene nada de novedoso es que sus textos casi no logran visitas y se convierten en una pesadilla para cualquier editor de contenidos. Con un metalenguaje excesivo lleno de referencias y guiños a colegas se alejan del lector con la única finalidad de demostrar en cada frase que saben más que nadie, perdiendo seguidores por el camino y manifestando una falta de conexión flagrante con el mundo de la comunicación actual.


En España sólo se publican buenas críticas de restaurantes y se esconden las malas para otro ratito.


Uno de los críticos gastronómicos más bien posicionados de España expuso una en una aula de posgrado la gran máxima que está enterrando al sector: “si un restaurante no te gusta, hay que argumentarle al chef tus razones. Si después de la explicación el cocinero prefiere que no publiques nada hay que respetarlo y no publicar una mala crítica”. De esta manera, en España sólo se publican buenas críticas de restaurantes y se esconden las malas para otro ratito. 

La principal razón para proceder de esta manera es no ofender ni atacar a un equipo de cocina o a un propietario que se ha dejado la vida para abrir un restaurante y que muchas veces genera ingresos en publicidad para el medio. Razones legítimas ambas. Pero, ¿es suficiente?

Si alguien cree que puede abrir o cerrar restaurantes con una buena o mala crítica se ha equivocado de oficio porque al final webs como tripadvisor y blogs de cocina han ocupado ese espacio supuestamente reservado para los profesionales de la crítica con efectos colaterales inevitables: argumentos pobres, mamadas en forma de publireportaje, conocimientos escasos de cocina y, en definitiva, desinformación a raudales.



Webs como tripadvisor y blogs de internet han ocupado el espacio reservado supuestamente para los profesionales de la crítica.



Al grano: personalmente, creo que es de recibo poner sobre aviso a alguien dispuesto a gastar 300 euros en un almuerzo (una media de 141.8 euros por plato en el caso de Le Cinq) porque quizás existen mil y una formas más sugerentes de gastar esa pequeña gran fortuna. Es evidente que los límites de una mala crítica no los puede marcar el precio de la cuenta final, así que volvemos a caer en el mismo mar de dudas del punto de partida. Parece que nunca nadie podrá dar una respuesta fiable a la eterna pregunta: ¿por qué no existe crítica profesional negativa de los restaurantes? ¿Los medios deben publicar las crítica negativas ante posibles consecuencias?

Algunos ya se atrevían a poner fecha de defunción a la crítica gastronómica hasta la publicación inesperada del artículo de este periodista británico en The Guardian. No quiero exagerar marcando que hay un antes y un después de este texto, pero sí que puede marcar una cierta tendencia visto el éxito viral. A alguien le tenía que tocar el sambenito de ser el elegido y la palma se la ha llevado el palacio gastro-parisino con tres estrellas Michelin. El texto lo tiene todo: conocimiento,

buena literatura, mordacidad y atención humor. Chapeau.



Es de recibo poner sobre aviso a alguien dispuesto a gastar 300 euros en un almuerzo.



Ya antes de empezar con su pequeña obra de orfebrería, Jay Rayner escribe este pie en la foto de portada: “La escena del crimen: Le Cinq en el Hotel George V”. Y donde hay un crimen hay un asesino y aquí todas las miradas se centran en el chef Christian Le Squer, "asesino" de los fogones al que le caen hostias como panes. Por ejemplo:

“Es de lejos la peor experiencia en un restaurante que he vivido en mis 18 años de trabajo”. Un gancho inicial muy bueno para captar la atención de todos los públicos que prosigue con una retahíla resumida en estos grandes éxitos:

TERROR EN LA SALA: “Nunca pensé que esta cocina vergonzosa y terrible aflojaría mi mandíbula del resto de la cabeza”.

ODIO AL RICO: “Está decorado en varios tonos marrón, galleta y jódete. Hay un poco de dorado aquí y allá, para recordarnos que se trata de una habitación diseñada para personas a quienes la culpa no les es familiar”.

MICROMACHISMO: “A mi compañera, que reservó la mesa, le dan una carta sin precios. Los camareros parecen desconcertados cuando protestamos”.

STOP IMITACIONES: “El canapé que hay que comer en primer lugar es una bola transparente en una cuchara. Se parece a un implante mamario de silicona de tamaño Barbie. Una "esferificación", un globo de gel usando una técnica perfeccionada por Ferran Adrià en El Bulli hace unos 20 años, es como comer un condón que se ha dejado olvidado en un polvoriento verdulero”.



TEEN MOVIE: “El más barato de los entrantes son cebollas gratinadas "al estilo parisino". Nos dicen que tiene el sabor de la sopa de cebolla francesa. Es sobre todo negro, como una pesadilla, y pegajoso, como el suelo en la fiesta de un adolescente”.



Y DE POSTRE… “Cigarros de mousse de chocolate congelados están bien, si se pasa por alto el colgajo elástico de nata cuajada que lo cubre como la piel que ha caído de una víctima de quemaduras”.



ISLA PEREJIL: “Un pastel de queso con polvo de perejil congelado no está bien. Le pregunto a la camarera qué es lo verde. Ella me dice: '¿No es genial?' No, digo. Es una de las peores cosas que he comido. Sabe a recortes de hierba. El perejil es brillante con pescado. Pero, ¿en pastel de queso? Nos lo quitan de la cuenta”.

MAL RECUERDO: “Cada uno de nosotros construye sus mejores recuerdos de diferentes maneras, y algunos de los míos implican restaurantes caros. Pero tienen que ser buenos. Éste también me dejará con recuerdos. Sombríos y preocupantes. Si trabajo duro, un día, con suerte, quizás pueda olvidarlo”.

Acaba con una traca final enseñando las fotos que el restaurante no permite hacer durante la cena. Son ostensiblemente diferentes a las fotos de la web oficial que cedió al medio británico para ilustrar la presentación de cada plato.

No seré yo el que diga que la crítica gastronómica tiene que ser así de desgarradora cuando lo requiera, pero la recepción en redes sociales con más de 52 mil compartidos y casi 3 mil comentarios ha superado cualquier expectativa. No es la primera crítica de The Guardian con este estilo, pero sí es la primera que conecta a la perfección con un lector adormecido tras escuchar siempre la misma canción de cuna.

Mientras esperamos el siguiente movimiento, hay que pedirle a cualquier crítico gastronómico que si cree que algo tiene sabor a silicona, sea en el restaurante que sea, tiene todo el derecho y el deber de poder escribir con toda la mala baba del mundo "camarero, tengo un implante mamario en mi cena". Yo, al menos, lo agradeceré.

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