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Tiene 67 años y es la gran amenaza para la industria de la comida basura

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Se considera que es una de las cincuenta personas que podri?an salvar el mundo

Marc Casanovas

27 Septiembre 2016 06:00

En Italia el pueblo de Bra es conocido por dos cosas: la "Madonna dei fiori" y Carlo Petrini.

La Madonna florece fuera de estación desde hace 650 años. A día de hoy, no hay una explicación científica.

En cuanto a Carlo Petrini, el italiano es el alma fundacional del movimiento Slow Food.

Curiosamente, si preguntas a los habitantes de Bra cuál es el auténtico enigma de la región, la mayoría te contestarán que el bueno de Carlin —que es como se conoce a Carlo Petrini en Italia— porque las florecitas de la Madonna son cosas de religiosos y botánicos.



Carlo Petrini ha vivido toda su vida en Bra. No hay nada que ame más que los valles del Piamonte donde, durante un corto periodo de tiempo, crece la afamada trufa blanca. Un producto de una naturaleza parecida a Carlo: rara y persuasiva. Tiene 67 años y es de un delgadez casi esquelética. De barba blanca y ojos azules, se describe a sí mismo como un gourmet profesional.

Sin embargo, Petrini es mucho más que eso.

En el año 1986 Petrini fundó Slow Food, bajo el nombre italiano de Arcigola. Su objetivo es promover "el derecho a disfrutar la comida". A los tres años, la organización pasó a ser una asociación internacional imparable con más de 100.000 socios que está presente en 160 países y sedes nacionales por todo el mundo.

En 2004 la revista Time le atribuyó el ti?tulo de “He?roe europeo”. En enero de 2008 The Guardian le incluyó entre las cincuenta personas que podri?an salvar el mundo y en 2010 ganó el Premio Nacional de la Paz.



La filosofía de Carlo Petrini y del movimiento Slow food se resumen perfectamente en su libro Bueno, limpio y justo: Principios de una nueva gastronomía (2007) donde aboga por el placer y la reivindicación del derecho al disfrute de la comida por parte de todos los agentes implicados entre el pequeño productor y el consumidor final.

La idea de Petrini siempre fue crear una asociación sin ánimo de lucro financiada por sus socios. Esto significa que el beneficio de las actividades desarrolladas se reinvierten constantemente para la realización de otras acciones que combaten al fast food y a las grandes corporaciones de la industria alimentaria.

Contra el fast food, Petrini creó un símbolo, el caracol del slow food. Un virus lento pero letal que lleva 30 años de lucha cuerpo a cuerpo contra "la locura de la Fast Life que nos encadena", según dicen en su web oficial.


Contra la grandes corporaciones de la industria alimentaria, los de Petrini llevan miles de acciones defendiendo la agricultura de precisión de los pequeños productores. Golpea el punto débil del sector para devolver el poder de la comida a los agricultores y a los consumidores conscientes. 

Es, en definitiva, el gran comunista agrícola del siglo XXI, según sus seguidores.


Pero, ¿quién es Carlo Petrini?

Petrini es el resultado de una extraña mezcla familiar. Adquirió un poco de su madre, católica y hortelana, y otro tanto de su padre, comunista del ferrocarril. Estudió sociología en la Universidad de Trento donde se enroló en política. En Bra resultó elegido concejal de la lista del Partido de Unidad Proletaria.

Él fue uno de los promotores del Gambero Rosso, suplemento mensual del periódico comunista Il Manifesto y desde el año 1977 escribe en revistas italianas especializadas en temas gastronómicos. Fundó la Libera e Benemerita Associazione degli Amici del Barolo ("Libre y benemérita sociedad de los amigos de Barolo"), que se transformaría en julio de 1986 en Arcigola, la semilla de Slow Food. 

Dos acontecimientos de ese mismo año marcaron su trayectoria para siempre; dos momentos clave que le sirvieron para entender que su querida Italia estaba en un punto crítico de no retorno. 

Uno fue la apertura de una sucursal de McDonald en la plaza de España, en el corazón de Roma. El otro, la muerte de 19 personas y la intoxicación de miles más después de beber vino barato cortado con metanol. 

Fue la mecha que Petrini necesitaba para arrancar. Sin más dilación, presentó Slow Food al mundo en París el 9 de diciembre de 1989. Lo que viene después es una historia de éxito meteórico.



De un manifiesto loco para cuatro amigos amantes de la cocina de la mamma se pasó a una red formada por más de 100.000 asociados que se subdivide en sedes locales llamadas Condotte en Italia (286 sedes) y Convivium en el mundo (más de 1500 sedes).

Todas están coordinadas por un líder que se ocupa de organizar cursos, degustaciones, cenas, viajes, de promover a nivel local las campañas lanzadas por la asociación y de participar en los grandes eventos organizados por Slow Food a nivel internacional, siempre con Carlo Petrini a la cabeza dando charlas a modo de gurú gastronómico.

Desde entonces, Carlo Petrini despierta sentimientos encontrados. La mayoría de la opinión pública comparte muchos de sus postulados, pero muchos otros, incluyendo gente de la izquierda italiana, cuestionan su discurso.



Las ideas de Petrini siempre derivan hacia dos de sus grandes pasiones: la política y la economía. Y es que el padre del concepto Kilómetro 0 proclama que la alianza entre el chef y el pequeño productor no es una cuestión de solidaridad, sino un acto político importante. Si la alimentación pasa a ser el acto más político de todos, la grandes empresas sufrirían un revés inesperado que puede acabar con su monopolio. 

El sector crítico lo define como el gurú de la “izquierda caviar” que dejó las filas del comunismo para convertirse en una figura elitista con estrecha relación con la política italiana. Gracias a un perfil más político que empresarial con un poder de persuasión brutal, consigue alcanzar dos de sus grandes objetivos.



Primero, organizar periódicamente el gran evento "Tierra Madre" en Turín con 5.000 agricultores y pescadores a pequeña escala de 130 países y, en segundo lugar, fundar su propia universidad con la cooperación de las regiones del Piamonte y Emilia-Romaña y el visto bueno del Ministerio de Interior.

Gente de los partidos izquierdistas italianos se preguntan cómo consiguió fundar en tiempo récord la Universidad de Ciencias Gastronómicas en su población natal mientras Berlusconi mandaba a sus anchas en italia.



A día de hoy, en su universidad centenares de estudiantes se licencian con el doctorado de Master of Food. Un pequeño gran ejército de caracoles listo para cambiar el mundo aniquilando la comida rápida.

Del comunismo al slow food sólo hay un caracol rojo de diferencia. 

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