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“El símbolo más icónico de nuestra era no es el smartphone, es el McNugget"

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Dos activistas explican cómo estamos destrozando el mundo a través de un nugget y la pre-publicación de su análisis en The Guardian se ha vuelto viral

Rosa Molinero Trias

13 Mayo 2018 12:03

“El símbolo más icónico de la era moderna no es el automóvil ni el smartphone sino el McNugget de pollo”, lo dicen Raj Patel y Jason W. Moore. El primero es economista especializado en la crisis alimentaria mundial, y el segundo es el historiador ambiental y geógrafo. Juntos han escrito A History of the World in Seven Cheap Things, un estudio que se publicará el próximo julio pero del que hemos podido leer un adelanto esta semana en The Guardian. Titulado ‘How the chicken nugget became the true symbol of our era’, este resumen de sus ideas se ha viralizado en múltiples sectores y ha sido celebrado de forma unánime como uno de los mejores ensayos de lo que llevamos de año.

Sus teorías hacen del nugget el emblema de la era moderna, y aunque algunos puedan tomarse este símil a risa, lo cierto es que basta con ver un trozo de esa carne ultraprocesada para saber que no son buenas noticias: con ese color que no está ni en el pantone, con esa textura que de lejos recuerda a un trapo sucio, con ese tufillo pestilente que emiten a las pocas horas de haberlo cocinado... ¿Cómo no pudimos imaginar que el revés de un dorado nugget de pollo tirado de precio sería era funesto?

Así, a través de este símbolo, Patel y Moore resumen los últimos cinco siglos de nuestra historia. Y lo anuncian sin reparos: somos un nugget de pollo.

De acuerdo con los dos especialistas, este producto endeble encarna a la perfección a nuestra especie y al mundo que hemos creado. Porque hemos convertido la vida, el trabajo, la salud, la energía, la naturaleza e incluso el dinero en algo barato. Tan barato como estas pepitas de pollo frito que han sido nuestro El Dorado. “Al abaratar estas cosas, el comercio moderno ha transformado, gobernado y devastado la Tierra”, cuentan los autores en la introducción, puntualizando que lo barato no es que sea una ganga, sino que se han aplicado una serie de estrategias de control para apropiarnos cada vez más del entramado de la vida en el planeta. “Las cosas se vuelven cosas mediante ejércitos y vendedores, y contables e imprentas”.

Con esto podría entenderse que lo de Patel y Moore es pura diatriba contra los ultraprocesados. Sí y no: porque es la industrialización de los procesos extractivos y productivos lo que precisamente cuestionan. Ni siquiera la carne cruda se salva de sus críticas. “Parece que la carne sin cocinar sea un ingrediente crudo y no uno procesado. Todo lo contrario. La carne cruda del supermercado está, en otras palabras, cocinada por el brazo sofisticado y fuerte del capitalismo”, argumentan refiriéndose al complejo industrial que forman los intereses de los sectores del cereal, el pienso y la ganadería, cuyos costes medioambientales han externalizado.

La Tierra es un cementerio de pollos

Patel y Moore sugieren también que a nuestra época la llamemos Capitaloceno, por el imperativo del capital sobre nuestra existencia. Pero lo cierto es que también podríamos decir que nuestra civilización es la "devora-pollo’, porque en nuestro afán de comer carne barata estamos dejando un cementerio de huesos por el que seremos recordados. “La vida inteligente del futuro sabrá que hemos estados aquí porque algunos humanos llenaron los estratos de maravillas como la radiación de las bombas atómicas, los plásticos de la industria petrolera, y los huesos de los pollos”.

Basta con mirar los datos. Este pozo sin fondo que tenemos por estómago se traga 60 billones de pollos al año. Y si lo dejáramos, todavía se tragaría muchos más. Cuentan Patel y Moore que en Estados Unidos, por ley, la velocidad con la que se procesan los pollos está limitada a 140 aves por minuto, menos de lo que la industria desearía para competir con Alemania o Brasil, donde la cifra roza las 200.

"La carne cruda del supermercado está, en otras palabras, cocinada por el brazo sofisticado y fuerte del capitalismo”

Las denuncias contra la máquina de fabricar carne barata son constantes desde su puesta en marcha, porque ese precio que nos ahorramos en su producto final se termina pagando de otras maneras. Lo pagan con su salud de los trabajadores que la producen, como contaba a principios del siglo XX Upton Sinclair en La Jungla, o hace tan sólo unos meses Montse Castañé, la líder sindical de la industria porcina en Cataluña. Lo paga la naturaleza, que adolece esta sobreextracción masiva de sus recursos: zonas muertas en el mar, cielo y tierra contaminados. Lo paga la economía, azulona ya por el ahogo del crédito que financia toda esta industria. Y lo pagan nuestros organismos, porque la comida barata no les hace ningún favor. Como sugería la activista Vandana Shiva, “la comida se ha vuelto anticomida porque es de mentira”.

La 'ecología de la reparación', ¿podrá salvarnos?

Patel y Moore no sólo se limitan a criticar. También a reflexionar posibles soluciones y respuestas a los escenarios que plantean. Los autores sostienen que para entender qué hemos estado haciendo en este mundo debe estudiarse la historia de los procesos, es decir, cómo hemos logrado encajar nuestras formas humanas de poder, violencia, trabajo y desigualdad en la naturaleza. Porque encajan, sí. Aquello de que sociedad y naturaleza van cada uno por su lado es un mito que hemos usado a nuestro favor, y el cambio climático nos está dejando en evidencia. De hecho, para ellos, hay cierto movimiento ecologista que no ha servido para nada. Lo etiquetan como ‘ecologismo débil’ y llaman la atención sobre su falta de efectividad por haber mantenido esta división.

“La hegemonía sobre los trabajadores ha sido mantenida por los alimentos baratos, y por la promesa de un pollo en cada olla”

“El capitalismo no es sólo una parte de la ecología sino que es una ecología en sí mismo, un surtido de relaciones que integran el poder, el capital y la naturaleza”. Con esta definición, proponen el uso del concepto de ‘ecología mundial’ para comprender cómo hemos cavado un socavón colosal en la naturaleza.

Pero su propuesta transformadora, la que ha hecho que su investigación cobre tanto peso más allá de la chistosa metáfora del nugget, es la de la ‘ecología de la reparación’, que pasa por “resacralizar las relaciones humanas en el entramado de la vida. La redistribución de los cuidados, las tierras y el trabajo con el fin que todo el mundo tenga la oportunidad de contribuir a la mejora de sus vidas y de la ecología alrededor, puede deshacer la violencia de la abstracción que el capitalismo nos hace reproducir cada día”.

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