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“3.500 niños de todo el mundo esperan que les fabriques una mano”

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El emprendedor argentino Gino Tubaro busca ‘embajadores atómicos’ que le ayuden a imprimir prótesis 3D. ¿Eres uno de ellos?

David Meseguer

27 Abril 2017 06:00

Fotografías de Atomic Lab por Andrés Cuenca Aldecoa.

“La mamá de Felipe vio que yo disponía de una impresora 3D y me dijo: ‘Me gusta lo que hacen y mi hijo nació sin una mano. ¿Hay alguna posibilidad de que ustedes le hagan una prótesis? Si es así les pido que desarrollen una’”, recuerda Gino Tubaro, un emprendedor argentino de 21 años que a los 16 ya destruía objetos para construir otros —“Con 4 años corría por mi casa con un cuchillo caliente desmontándolo y rompiéndolo todo”—.

Originario de Pompeya, un barrio humilde de Buenos Aires, este joven porteño sostiene que la necesidad agudiza el ingenio. “Un día mi madre vio un taller con cartones y algunas cosas que se recogían de la calle. Fui allí y comencé a desarmar cosas y hacer inventos”.


No debemos darles las cañas directamente, sino proporcionar la tecnología y el conocimiento para que sepan cómo fabricarlas”



Con sobrados reconocimientos y premios a sus espaldas, Gino canalizó su ingenio en la ayuda a los demás. En 2014 creó la mano para Felipe, y de ahí surgió Atomic Lab, un fab lab ubicado en Buenos Aires en el que Gino y sus socios se centran en proyectos sociales. “Nos propusimos transformar a niños con discapacidad en superhéroes. Ya hemos fabricado y entregado 500 manos, pero tenemos una lista de espera de 3.500 niños de todo el planeta”.




Por eso, a través de PlayGround DO, Gino hace un llamamiento a todos aquellos que quieran convertirse en 'embajadores atómicos'. Gracias a la información y los diseños compartidos de Atomic Lab, será posible imprimir manos personalizadas en cualquier lugar. Gino y Atomic Lab sufragarán a los colaboradores el material para imprimir las prótesis.

Hazlo tú mismo, por los demás

“No se trata de ayudar a los pobrecitos, sino de darles las herramientas y la formación necesaria para que sean autosuficientes”, explica Tomás Díez, director y cofundador de Fab Lab Barcelona, que como Gino, ha creado un laboratorio centrado en el diseño e impresión de objetos que tratan de dar respuesta a las necesidades de la comunidad local.


Hay 1.150 fab labs ubicados en las principales ciudades del mundo, en países que tan diversos como Estados Unidos, Noruega, Mongolia o Ghana



En Barcelona, Díez impulsó en 2014 un fab lab en Ciudad Meridiana, uno de los barrios más desfavorecidos y con una tasa de paro más alta que la media de su entorno. En este espacio se combina la fabricación digital y la formación profesional.

Los fab labs están surgiendo en países con unos niveles de riqueza y desarrollo tecnológico muy dispares, que van desde Estados Unidos y Noruega hasta Mongolia y Ghana. En las principales ciudades del mundo ya hay 1.150 fab labs. Estos suelen funcionar como incubadoras, albergan una gran cantidad proyectos y de nuevos de modelos de negocio, pero sobre todo significan unos los primeros pasos de la llamada tercera revolución industrial: la fabricación personal y la individualización de la producción.

Se trata de un modelo productivo que está empezando a transitar desde los espacios creativos hacia los hogares, y que se convertirá en algo cotidiano cuando los ciudadanos puedan acceder a la tecnología que les permita diseñar e imprimir los objetos que necesiten, en vez de comprarlos.

Ante el eterno debate de si dar peces para comer o facilitar las cañas de pescar, Díez va un paso más allá: “No debemos darles las cañas directamente, sino proporcionar la tecnología y el conocimiento para que sepan cómo fabricarlas”.

Contra la burocracia de la solidaridad

En su iniciativa con las prótesis de manos para niños, Gino Tubaro quiso desmarcarse de los médicos y ortopedistas y eligió el camino más directo. Con un proceso propio de recopilación de las medidas de los niños, es capaz de hacer prótesis personalizadas.

Éste es sin duda una de los grandes poderes de la filosofía DIY para muchos de sus seguidores: poder ayudar a los demás saltándose un sistema que muchas veces dificulta o burocratiza la solidaridad: “Ahora estamos trabajando en una aplicación que es una cámara para ciegos”, dice Gino. “Es como Snapchat. Acercas el teléfono al objeto, le haces una foto y te dice qué es. Después puedes compartirlo en redes sociales”.


"Este modelo está entrando en obsolescencia porque no está respondiendo a lo que verdaderamente tiene que responder: el bienestar del ciudadano"



De hecho, los primeros fab lab nacieron con una vocación claramente colaborativa y solidaria. En Boston, Massachusetts, la Fab Lab Foundation –vinculada al Massachussets Institute of Technology (MIT)— y la comunidad afroamericana local impulsaron un proyecto para que la gente se apropiara de la tecnología.

Así arrancó el South End Technology Center, que ofrece acceso gratuito y formación a personas sin recursos, desempleadas y a aquellas que han sido excluidas de la revolución tecnológica: “Queremos que los residentes pasen de ser consumidores de información a productores y creadores de conocimiento, y que utilicen la tecnología como medio de desarrollo personal y profesional”, cuentan en su web.


Unos pastores de Noruega contactaron con el MIT para pedirles que fabricaran unas antenas para sus ovejas, porque se les escapaban y las perdían. En vez de fabricárselas, el MIT les proporcionó las herramientas para poder crearlas ellos mismos



Más tarde la Fab Lab Foundation exportó el proyecto a Ghana y colocó máquinas en lugares remotos, para que la gente que necesitaba tecnología pudiese fabricársela y no solo comprarla.

Tomás Díez, de Fab Lab Barcelona, recuerda un proyecto en el que unos pastores de Noruega contactaron con el MIT para pedirles que fabricaran unas antenas para las ovejas, porque se les escapaban y las perdían. En vez de fabricárselas, el MIT les proporcionó las herramientas para poder crearlas ellos mismos, sin el sobrecoste del transporte ni los residuos.

Ahora el MIT Fablab Norway, ubicado en una zona rural al norte del país, es uno de los laboratorios más importantes de toda la red mundial. Pero más allá de la expansión de la red de fab labs, la consolidación de la filosofía 'Do it yourself' (DIY) también ha propiciado que una gran cantidad de personas lancen proyectos solidarios a título individual, lo cual tiene implicaciones económicas que aún no se han empezado a calcular.

Ciudadano productor

No se trata solamente de que empecemos a jugar con lo que las impresoras permiten hoy en día, como ha sucedido con la popularización de los drones: en este caso, el poder de un ciudadano que es capaz de fabricar parte de los objetos que consume es potencialmente inmenso, y podría suponer un cambio de paradigma en la economía a nivel global.

“La participación ciudadana reducida única y exclusivamente a votar cada cuatro años es un desastre”, cuenta Tomás Díez. “El ciudadano pasivo reducido a su papel de consumidor está siendo víctima de la tecnología y del modelo económico actual”.


“El ciudadano pasivo reducido a su papel de consumidor está siendo víctima de la tecnología y del modelo económico actual”



En una sociedad basada en el consumo, el individuo-fábrica —o los barrios-fábrica— podrían suponer una revolución de alcance aún inimaginable, empezando por dar una respuesta rápida a necesidades sociales urgentes que se ven desatendidas por los gobiernos. 

“Este modelo está entrando en obsolescencia porque no está respondiendo a lo que verdaderamente tiene que responder: el bienestar del ciudadano”. En opinión de Díez, una fab city debe poder recuperar la capacidad de producción de las ciudades, es decir, de la gente.

Éste es uno de los puntos clave de la conocida como tercera revolución industrial o reindustrialización 4.0. “Vamos a tener fábricas dentro de las ciudades que utilicen materiales reciclables. Durante una semana se pueden fabricar zapatos y a la siguiente, bicicletas”. Para Díez, este nuevo modelo industrial es clave en también para un futuro más sostenible y menos dependiente de las grandes corporaciones: “Debemos huir del sistema basado en la importación de productos y exportación de basura, y que lo único que viaje por todo el mundo sea la información y que los materiales se quedan en las ciudades”.

Gino Tubaro.

Díez apuesta porque esta nueva filosofía se instaure de forma generalizada en las escuelas. “Igual que en el colegio se aprende a escribir se tendría que aprender código para poder modelar, trabajar e imprimir la propia la matemática”. Eso es precisamente lo que está sucediendo en Buenos Aires, donde los alumnos de sexto año de la Escuela Técnica Nº 17, en Parque Avellaneda, ya fabrican brazos robóticos, prototipos de generadores eólicos y pulseras automatizadas para personas sordas.

De hecho, la iniciativa está teniendo tanto éxito que el gobierno federal de Buenos Aires pretende llevar este proyecto a todas las escuelas secundarias porteñas en un plazo de tres años. Una tendencia que si sigue al alza, puede hacer que se cumplan los sueños de Díez, y que se generen muchas nuevas oportunidades para los ciudadanos: “Nuestro objetivo final es que desaparezcamos, porque significará que esta filosofía de consumo y producción ya está totalmente insertada en la sociedad”. 



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