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"El amor es antisistema"

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El filósofo Manuel Cruz asegura que hay una conspiración contra el amor

Alba Muñoz

19 Abril 2017 06:00

Como un dulce atiborrado de mantequilla y espolvoreado con azúcar, el amor ha pasado a ser algo tan apetecible como dañino, tóxico u obsoleto. No suele asociarse con algo liberador, mucho menos antisistema, pero hay quien se empeña en señalar lo contrario.

Autor del premiado ensayo Amo, luego existo (Eudeba, 2013), el filósofo Manuel Cruz argumenta que tras esta gastada palabra se extiende un territorio rebelde que hemos dejado de ver. Como si huyendo del amor romántico y sus mentiras violentas, hubiésemos dejado de valorar y disfrutar las mieles del auténtico amor. 

Con motivo del Día Internacional del Beso hemos querido conversar con Cruz sobre cómo amamos hoy en día. Su ensayo más reciente, Ser sin tiempo (Herder, 2016), ofrece una perspectiva más completa sobre su tesis, a saber: en la actualidad, el amor es disfuncional y sufre una conspiración.

Usted dijo: "No son buenos tiempos para el amor, pero es el último lugar que nos queda para cobijarnos". ¿Qué quiere decir?

Hoy el modelo de individuo es el de productor-consumidor. Hay una frase hecha que ha caído en desuso, "contigo pan y cebolla", que viene a demostrar hasta qué punto el amor es hoy disfuncional.

¿El amor no funciona? ¿No sirve?

Hoy no se necesita una pasión, un impulso ni una pulsión. Sólo necesitamos cosas, consumir cosas. ¿Y qué es el amor? La gratuidad absoluta, simplemente es la presencia de la persona amada. Esto, desde el punto de vista funcional de nuestra sociedad capitalista y de consumo, es disfuncional y hasta disruptivo.

¿Antisistema?

Sí, antisistema, no tengo ningún inconveniente en calificarlo así.

El amor es gratis. ¿Y qué más?

Hay otra cuestión que tiene que ver con la manera de vivir característica de nuestra época. Esto lo abordo en mi último libro, Ser sin tiempo (Herder, 2016). Creo que vivimos una época en la que cualquier persona que viva en una sociedad desarrollada recibe una cantidad de estímulos absolutamente desbordante. Hay una aceleración o compulsión por vivir el momento, cada instante.

Pero una cosa son los estímulos, y luego está el famoso Carpe Diem. ¿Usted lo relaciona?

Yo hablaría de una especie de guerra civil por captar la atención del ciudadano. Los medios y los publicistas lo saben bien. Captar la atención de alguien es una especie de tesoro, un botín excepcional. Eso nos habla de una forma de ir por la vida que genera una especie de angustia permanente.

¿Y si esta persona no será la que me haga completamente feliz? ¿Y si hubiera otro alguien? ¿Y si me pierdo un amor mejor?


Ponga un ejemplo.

Solemos pensar: ¿Me estaré perdiendo alguna cosa?, ¿habrá alguna cosa mejor de que ahora estoy haciendo? Si eso lo aplicamos a las relaciones personales, lo que sucede es bastante evidente. ¿Y si esta persona no será la que me haga completamente feliz? ¿Y si hubiera otro alguien? ¿Y si me pierdo un amor mejor?

¿Pero eso no es buscar lo que realmente nos hace felices?

Antes del romanticismo había otras formas de entender el amor. En el ideal del amor romántico, que es el modelo en cuyas postrimerías estamos, hay una persona, una, que te da la felicidad absoluta. Esta idea se conecta con un lenguaje tan antiguo como el contigo pan y cebolla o la media naranja, que te garantizaban la plenitud de la existencia. Tanto era así que para llegar a ello valía la pena cualquier cosa, pongamos por caso: esperar a alguien. Esto hoy suena absolutamente ridículo.

¿Vamos con prisa o es que repelemos cualquier atisbo de sacrificio? La palabra ha hecho tanto daño...

En la literatura amorosa de hace algunos años —no tantos—había típica pregunta que él le hacía a ella cuando se iba al frente, pongamos por caso: "¿Me esperarás?". Hoy invertir este tiempo, esa porción de vida en la espera es inconcebible. No solo por lo que puede suceder en la distancia, si se mantendrá la promesa o no, sino por la duda a la que me he referido antes: ¿Y si me estoy perdiendo algo?, ¿y si otras personas que sí me hacen feliz?, ¿en nombre de qué debo esperar?.

Estas dos dimensiones relacionadas con el capitalismo, el consumismo, el sistema en definitiva, y la idea que tenemos de vivir la vida, de aprovechar la vida, conspiran contra el amor.

En resumen, el amor es poco rentable y encima lo entendemos de una forma consumista, nos da por pensar en lo que no tenemos. ¿Será que esa dedicación al otro ya no nos encaja?

En la tradición clásica se decía que el amor se conforma por tres elementos: el deseo (eros), la filia (la amistad, alguien con quien te entiendes) y lo que los clásicos llamaban el ágape, que tiene que ver con la generosidad y la entrega. Se reflejaba en la literatura y las liturgias convencionales: cuidarás a la persona, la honrarás, la salud, la enfermedad…hay un elemento de entrega.

¿Nos entregamos cada vez menos?

El amado no solo es un amigo con el que estoy muy a gusto ni una persona a la que deseo mucho, es una alguien a quien ofrezco gratuitamente mi amor, lo cuido. Este dar sin esperar nada a cambio —porque entonces no hablaríamos de amor sino de intercambio— es disfuncional en la lógica del capitalismo, que es la lógica que se guía por la obtención de algún beneficio. Aquél que se ofrece, que se entrega, que lo da todo por la persona amada, está haciendo el peor de los negocios posible.

Aquél que se ofrece, que se entrega, que lo da todo por la persona amada, está haciendo el peor de los negocios posible


Un tonto o una tonta.

La entrega generosa empieza a violentar. Luego está el lado opuesto, que en nuestra cultura aún nos violenta. Un ejemplo son los contratos prematrimoniales que hacen los las estrellas de Hollywood, en los que hacen la lista de cosas que se partirán en el divorcio. Están anticipando el momento en el que se termina la generosidad, el compartir, el "todo lo mío es tuyo", el momento en el que dejarán de amar.

¿Cómo lo interpreta usted?

Significa que la mentalidad de este momento histórico lo invade todo y conspira contra el amor, al menos contra esta manera de entender el amor. Podemos hablar de relaciones con derecho a roce, sin compromiso, que es perfectamente legítimo. No soy ningún puritano. Sólo digo que el amor es otra cosa, o al menos el amor antes era otra cosa. Quizá estemos en una época en la que el concepto del amor, tal y como lo entendíamos antes, ya no existe. Sin embargo, eso no significa que lo que exista ahora sea amor.

¿Qué es?

Es convivencia, es confort, intercambio, llámalo como quieras.

En una entrevista anterior usted dijo que el amor es indisociable de la incertidumbre. Pero, ¿hay algo que no sea incierto?

Para que haya amor uno debe de correr un riesgo enrome, debe desnudarse delante de la otra persona. Ser absolutamete vulnerable, como lo somos todos. Y eso es correr un riesgo. Pero para que haya amor, es una condición fundamental.

El amor romántico ha dejado muchas víctimas en el camino. Supongo que hay quien trata de protegerse.

Si uno se guarda cosas importantes de lo que le pasa, de lo que siente, de su forma de ser, no estamos hablando de amor con propiedad. Ambas partes deben de ser vulnerables. Y si la otra persona se reserva cartas importantes se puede hablar de una especie de estafa, de mentira. No se ha desnudado como tú te has desnudado, y eso es fundamental.

Compartir desde la sinceridad, desde la imperfección. Algunos le dirían que eso también es idealizador, un poco Mr. Wonderful. Otros le dirían que negarlo es de cínicos.

Piensa que cuando consigues esa relación amorosa es valiosísima y al mismo tiempo indisociable del miedo a perderla. Cuanto más amas, más miedo tienes de perder ese amor.

Aix. No hay manera de quitarse el dolor, ¿eh?

El amor no solo es indisociable de la incertidumbre, sino del miedo. Y esto es muy importante: desde el amor no se puede pensar el final. Otra cosa es que fríamente, estadísticamente, digas "uy, es muy complicado que nada dure toda la vida". Pero cuando tú estás muy enamorada no puedes pensar en que tu amor se acabe. Ortega y Gasset lo decía con toda claridad. Cuando los enamorados se juran amor eterno —él utilizaba este lenguaje relamido—no se garantizan que se amarán toda la vida, sino lo siguiente: No soy capaz de concebir ahora, en este momento, un futuro sin ti. Un futuro en que no te quiera.

El amor no solo es indisociable de la incertidumbre, sino del miedo


No se puede salir de Matrix.

Si tú preguntas a alguien si estará con su pareja dentro de 30 años, le harás cambiar el chip y asumirá a que se puede acabar. Estadísticamente es normal. El caso es que cuando uno ama, no le cabe en la cabeza no desear a esa persona. El amor, lo que tiene, es un anhelo de eternidad. Y eso no lo tienen otras formulaciones de relación en la que la otra persona es perfectamente sustituible.

Ahora se habla de cuidados, de resistencia íntima, de tribu. Acciones de cariño, entrega y vínculos que se despliegan en el espacio doméstico, tradicionalmente protagonizadas por mujeres, e invisibilizados. El amor, tal y como usted lo define, ¿es la masa madre de todas estas teorías? ¿es aquello que nos sostiene en el contexto hostil de la vida dedicada a la producción y al consumo?

Es una pregunta complicada. Lo que es cierto es que la idea de amor es tan potente que para nosotros es el epítome de la felicidad. Cuando pensamos qué significa ser feliz, el amor está incrustado ahí, es nuestra cultura. Si te fijas, no hay situación más triste que cuando no puedes compartir una alegría, una gran noticia, con una persona a la que quieres mucho. En un momento así la alegría se disuelve, puede convertirse en tristeza y en la más grande de las decepciones. Lo que vengo a decir es que, estructuralmente, en el rincón más íntimo de nuestra alma, contamos con el amor.

Ahora que estamos siempre conectados a las redes sociales, con las personas que hay detrás de los perfiles, ¿no resulta más fácil que nunca vivir sin ese amor?

De ninguna manera quiero hacer una crítica anti tecnológica o caer en tópicos, pero de momento no lo veo. Las nuevas tecnologías cambiarán el escenario, pero en el momento actual es difícil saber cómo exactamente.

Pero la tecnología también permite la presencia del ser amado.

Recuerdo siempre una película, Antes del anochecer, en la que hay una escera que es claramente el banquete de Platón. Hay tres parejas de distintas edades hablando del amor. El chico y la chica más jóvenes no viven en la misma ciudad, pasan épocas alejados y se conectan por Skype. Dejan el teléfono encendido de tal forma que si de noche se despiertan, ven al otro dormir. Lo tiene al lado, se pueden decir los buenos días.

¿Y eso no es amor?

Sí que lo es. Lo que creo es que la presencia a través de las redes no es una sustitución. Es una representación, a veces deformada de nuestra vida real: si te han echado del trabajo, escribes que se ha abierto una nueva oportunidad. Si estas deprimido, escribes que tu plan es sofá y mantita. Las redes sociales tienen una ideología dominante que es ser positivo. Si no eres positivo, eres un lastre y nadie quiere saber nada de ti. Pero eso tiene poco que ver con la vida real.

Antes los enamorados se escribían cartas.

Con una diferencia. Las redes sociales implican la presencia permanente del otro. Hasta hace poco, los enamorados se escirbían cartas o como mucho se llamaban por teléfono. La experiencia amorosa podía ser una experiencia esporádica.

¿Y eso era bueno?

Las redes sociales nos permiten una cierta presencia permanente, pero no está claro que eso sea siempre positivo. La demora, en el caso del amor, es una ocasión para que emerjan sentimientos. Cuando no se tiene al otro a disposición, es consciente de cuánto y cómo echa en falta a esa persona, de la calidad y la dimensión de su amor.



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