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Artículo Un bluff, un clásico, un insulto, una obra maestra, ‘Suspiria’ Culture

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Un bluff, un clásico, un insulto, una obra maestra, ‘Suspiria’

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‘Suspiria’ está a la altura de su hype: no es un remake fiel, pero sí respetuoso con el universo del filme original

víctor parkas

06 Noviembre 2018 14:49

Suspiria es la escena de un crimen, y de la escena de un crimen todos los testigos tienen su propia versión. Dario Argento perpetró la película original en 1977, tomando el subgénero giallo y explotando su latencia icónica: las muertes de Suspiria eran perdurables en la retina, filtrando en rojo burdel las pesadillas inmediatas de su audiencia.

En 2011, el DJ y productor londinense Theo Keating fue invitado a presentar Suspiria en el British Film Institute. En lugar de plantear una sesión de música inspirada en la película, Keating recompuso el score original de Goblin por completo, llevándolo a un terreno trip-hop. Theo, bajo el nombre de Fake Blood, interpretó el —nuevo— soundtrack durante la proyección del —nuevo— filme.

Luca Guadagnino es abrazado por Quentin Tarantino en 2018. El director de Kill Bill, un filme que cita/roba/remezcla Profondo Rosso de Dario Argento, acaba de llorar viendo el remake de Suspiria dirigido por Luca. Argento, días más tarde, reconoce a Guadagnino como uno de los mejores directores europeos. Añade que la nueva Suspiria es refinada y elegante, pero muy diferente a su visión.

“El terror es la respuesta a una pregunta interna”, escribía Dario en Instagram, “y esa pregunta dependerá siempre del interior de cada uno”.

'Suspiria' (Luca Guadagnino, 2018)

Suspiria es la escena de un crimen, y de la escena de un crimen todos los testigos tienen su propia versión. Eso incluye, también, a los que nos agolpamos tras el cordón policial. Suspiria es un bluff, un clásico, un insulto, una obra maestra, mejora el original, arruina el original, ¿qué importa el original? De la película de Argento, Guadagnino sólo toma la sinopsis de FilmAffinity:

“Una joven bailarina de ballet viaja a una prestigiosa academia de danza en Alemania, pero pronto descubrirá que hay algo raro y siniestro en el lugar”.

Suspiria se muda de Friburgo a Berlín, del histrionismo grana a la palidez beige, de la historia lineal a la historia paralela: ahora, además de una fábula de brujería, es también la historia de un amour perdu. La película abre y cierra con el anciano Jozef Klemperer, un doctor en estado de añoranza romántica acreditado en el rodillo final como Lutz Ebersdorf, un actor alemán que jamás existió.

Porque Jozef Klemperer es Tilda Swinton. Porque en Suspiria no hay hombres que abran la boca sino es para acabar con su polla expuesta a garfios de metal. Lo primero no es un spoiler, porque la película jamás lo revela. Lo segundo sí lo es, si es que consigues entrever algo a través de las manos con las que te tapas los ojos. Porque en Suspiria no hay hombres que abran ni los ojos, ni la boca, excepto Thom Yorke.

Detrás de las cámaras, Yorke hace en la Suspiria de 2018 lo que Miguel Bosé hizo frente a ellas en la Suspiria de 1977: darle a la película una dimensión pop. El líder de Radiohead no está solo en su empresa: todas las referencias políticas del filme, de las cámaras de gas de Theresienstadt a las bombas de la Baader-Meinhof, están dispuestas como chapas en una cazadora de cuero. Antes que reivindicar, lucen.

“El terror es la respuesta a una pregunta interna y esa pregunta dependerá siempre del interior de cada uno”, repite Argento, que en los años sesenta se puso a disposición del Paese Sera publicado por el Partido Comunista. ¿Cómo será ver una reconstrucción de tu obra donde el discurso político puede delimitarse a la extensión de una solapa, de una camiseta roída con el logo del RAF?

Las uñas postizas con estrella y rifle de Suspiria son la extracción de clase obviada de Call me by your name: algo con lo que los haters de Guadagnino rellenarían una hoja de reclamaciones antes, incluso, de entrar al cine. Por suerte, y como Call me by your name, Suspiria es suficientes cosas y suficientes cosas a la vez como para atinarte por alguno de sus flancos.

'Suspiria' (Luca Guadagnino, 2018)

Sus escenas de baile se antojan set pieces de kung-fu. Sus secuencias de terror, un caos de látex, de CGI, de quemaduras de plancha. Suspiria es como subirte al tren la bruja y que tu vagón reaparezca entre los raíles de una montaña rusa, sobrevuele la cima de una noria, y acabe finalmente estrellado contra un salón de espejos. Suspiria reprime y desata pulsiones a placer: así de altiva, así de caprichosa es.

Suspiria es como subirte al tren de la bruja, y que las brujas fumen y beban como si lo fueran a prohibir. Un remake feminista que nunca lo fue: es el ginarquismo, la absoluta primacía femenina, lo que reina exultante en el filme de Guadagnino. Las brujas de Suspiria no tienen que disputarle el trono a ningún Dios de barba blanca, porque antes de que se hiciera la luz, ellas ya estaban allí.

“Hay muchos hombres culpables en Berlín, pero yo no soy uno de ellos”, gimotea Jozef Klemperer ante el aquelarre en un momento de Suspiria. Sabe que miente, sabemos que miente, porque hace un rato le han recordado el peor de sus pecados: “Tendrías que haber creído a las mujeres en vez de decirles que deliraban, idiota”. ¿Puede acabarse con la masculinidad tóxica a puntadas de garfio? Prueba.

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