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Culture

Màxim Huerta... bueno... sí... no, pero no, ¿no?

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Nuestras (muchas) dudas sobre el nuevo Ministro de Cultura y Deporte

PlayGround

07 Junio 2018 13:53

El deporte es el nuevo brócoli, por Ignacio Pato

Del predecesor de Màxim Huerta en esa extensión del ministerio de Cultura que suele ser Deporte, Íñigo Méndez de Vigo, lo más próximo a la actividad deportiva que conocimos en su momento es que le gustaba la hípica y que tenía un caballo, Rilke, en el hipódromo de La Zarzuela. Los tuits de Huerta diciendo que odia el deporte son eso, tuits con la misma importancia que el que acaba de poner hace minutos. Generalidades inexactas. Boring.

Que sí, que el deporte está ahí y que ya que está todo el mundo viendo este partido, pero que me voy a leer. El deporte como el nuevo comer verduras.

El reto de Huerta estará en dar la cara. Su perfil supone un nombramiento estético en Deporte, cuyas líneas políticas suele diseñarlas el secretario de Estado. Más sombras arroja su aireada tendencia al afrancesamiento, con esa continuada referencia al mimo con el que se trata la cultura en Francia. Si Huerta compra el pack completo de jacobinismo progre, podemos acabar escuchando declaraciones relativas a que los jugadores tienen que leer más o hablar mejor. El peligro es acabar aplaudiendo solo al deportista que más se parezca a un portavoz del orden establecido.

Es decir, a ocultar que el deporte es política. Pero no de la de los despachos, sino de la contradictoria, de la que transforma o mantiene vegetativa una sociedad.

Hito LGTB+ lleno de sombras y esperanza, por Rubén Serrano

La llegada de Màxim Huerta y de Fernando Grande-Marlaska al Gobierno ha alegrado al colectivo LGTB+ por ser los primeros dos ministros abiertamente homosexuales de la democracia española. Tras varios años de invisibilidad, por fin se ha roto el techo de cristal que impedía a la comunidad gay tomar puestos de poder. Sin embargo, la alegría de este hito no alcanza para esconder la mano dura e intransigente de Marlaska, un hombre respaldado por el PP que abrió juicio oral a los artistas de El Jueves y actuó contra el 15M, entre otras cosas.

Varias voces, líneas y titulares ensalzan al juez y a Màxim como activistas LGTB+, sin embargo, lo suyo es un activismo pasivo marcado por salir del armario y casarse al que le falta más calle. Un consejo de ministros con la bandera del arcoíris ondeando nos saca por fin de la sombra y del oscurantismo. Ahora está por ver si Marlaska al frente de Interior respaldará esa ansiada ley contra LGTBFobia y contra los delitos de odio; y si con Huerta la inclusión LGTB+ dejará de ser algo anecdótico en la cultura y utópico en el deporte para ser una realidad.

El escritor de los pequeños placeres, por Eudald Espluga

En una entrevista, le pidieron a Màxim Huerta que recomendara a su escritor favorito. “Yo”. Era una contestación provocadora, que tiraba de soberbia impostada: no se tomaba en serio a sí mismo, pero tampoco aprovechaba la ocasión para hablar de literatura. “Ana María Matute” era la respuesta a la pregunta por su escritora favorita. La misma que escogió para celebrar su nuevo cargo de Ministro de Cultura y Deportes con una foto y un tuit. “La cultura nos hace más libres. Y más felices. Hoy me acuerdo de ti, maestra”.

Hasta cierto punto, esta doble recomendación definía perfectamente los límites de lo que Huerta representa: una visión autorreferencial e inocua de la literatura como “pequeño placer”, equiparable a disfrutar de un pain au chocolat bajo la lluvia de París o a nadar desnudo en una cala de Formentera. Y lo que Huerta representa es importante. Sabemos que difícilmente tendrá que bregar con la burocracia ministerial. Su elección no es técnica; y su función, por lo tanto, simbólica. Que sea un pésimo escritor, entonces, importa tan poco como sus paseos por los platós de Telecinco: como ha demostrado el caso de Manuel Vilas, sabemos que de allí también puede salir buena literatura. Lo que preocupa, en cambio, es que su figura ayude a reducir la literatura a un adorno preciosista, un ejercicio intimista pero instagrameable que se termine en ese “yo”.

La cultura tiene que hacernos libres, de acuerdo. Pero no está tan claro que tenga que hacernos felices, especialmente si esa felicidad se refiere al confort placentero de la evasión. Y —al menos de momento— el nuevo ministro representa exactamente esto: la literatura como esparcimiento cool y elegante, aproblemática y apolítica, consagrada al cultivo de uno mismo.

FFFF: feminismo-familiar-femenino-y-facilón, por Luna Miguel

El primer gesto como Ministro de Cultura y Deporte de Màxim Huerta fue el de rendir homenaje a una escritora: Ana María Matute. La llamó maestra, y al igual que Pedro Duque deseando horas antes “que su madre pudiera verlo”, Huerta se dirigió al cielo para desear que Matute pudiera estar allí también. Que pudiera, quizá, bendecirle. Que pudiera, quizá, rozarle con las manos y decir: lo hemos conseguido.

Pero, ¿de verdad lo hemos conseguido?

Los retos de Huerta al frente del Ministerio serán muchos e importantes, entre ellos, atender a un clamor popular y feminista que los colectivos de profesionales del libro, el cine o la música vienen reclamando con cada vez más fuerza. Pero incluso si el gesto de alzar a Matute como bandera ha sido celebrado por muchos en la prensa cultural y en las redes sociales, me temo que no servirá de precedente.

Sólo hace falta atender a su figura como difusor cultural y columnista para darse cuenta de que en Màxim Huerta el feminismo es una preocupación menor, por no decir ausente. Incluso en la columna que El Español elegía como mejor representante de su obra, titulada Dios era ella, su reivindicación de las “mujeres fuertes” cae inmediatamente en el argumento del Feminismo-Familiar-Femenino-Facilón, mediante el cual las únicas mujeres respetables son las de nuestra familia, las que vimos sudar en la cocina pero ¡ay! “deberían ser ministras”, las que nos cuidaron sin pedir nada a cambio, las que con solo mirarnos transmiten amor.

Decía Barceló esta mañana en La Ser que Huerta es el único que deberá demostrar que está a la altura del Consejo de Ministras. Y no le falta razón. De alguien que ha coqueteado con la idea de que movimientos como el #MeToo son exagerados, ¿qué esperar?

Mediaset y el Régimen del 78, por Víctor Parkas

En Videocracia, Erik Gandini expuso como Silvio Berlusconi llegó a la política gracias al trampolín televisivo que él mismo atornilló creando Mediaset en 1978. Cuarenta años de paz después, desde una de las filiales españolas de grupo mediático, Ana Rosa Quintana celebra cómo la Historia se repite: “Es un gobierno feminista”, dice la presentadora, del nuevo ejecutivo socialista, “¡y de Mediaset!”.

De Mediaset por Miguel Ángel Oliver, de Noticias Cuatro, como nuevo Secretario de Estado de Comunicación. De Mediaset, sobre todo, con más ferocidad, por Màxim Huerta. Wonder kid en Telecinco de 1999 a 2015, Màxim Huerta fue uno de los sidekicks más avezados de Ana Rosa, desde cuyo espacio televisivo se coló en un imaginario colectivo apuntalado con ondas catódicas.

Màxim Huerta es, a la vez, sueño y pesadilla de ideal berlusconiano: certifica que Mediaset sigue funcionando como insospechado atril de precampaña, pero no necesariamente para los candidatos turbo-heteros que cincelase la televisión italiana, aquélla que convirtió en role models a esculturales velinas y bon vivants mediterráneos.

Huerta ha rechazado en varias ocasiones el apelativo ‘telebasura’ como diagnóstico a la producción de Telecinco, de Mediaset. Es sólo entretenimiento, porque, en España como en Italia, divertirse es una religión. “Lo banal”, nos recuerda Videocracia, “se ha convertido en un arma del poder". El Régimen del 78, año inaugural de Mediaset, no tiene su acicate en Constitución alguna: lo tiene en un mando con opción de teletexto.

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