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Artículo El día que C. Tangana fingió tirarse al vacío para hacernos reír Culture

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El día que C. Tangana fingió tirarse al vacío para hacernos reír

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Conversé con El Madrileño sobre marihuana, educación y crisis climática horas antes de su "pinche show completo alv" en Ciudad de México

Gemma Cuartielles

01 Diciembre 2019 19:06

Kigo (manager de Antón): ¿A qué hora volviste al hotel?

Antón: A las 4 o 5, no sé. Fuimos a cenar a esos tacos, a los Orinoco. Pero ya eran como las 2 de la mañana, o algo así.

Detrás de la pared de cristal, Antón tiene los ojos enteramente cansados. “Tengo que hacer algo para aliviar esta vida de resaca que llevo”, me dice un rato más tarde. La vida de un artista: cabalgar en un desenfreno donde el poder y la vulnerabilidad están separados por una línea muy fina; una vida regida por ese “veneno” que produce la fama, la que venera y maldice Antón.

Se acerca despacio, como en slow motion, seguido por algunos colegas y miembros de su equipo; todos con esa estética pasada de vueltas de Madrid, oliendo a posmodernidad a kilómetros de distancia, como sacados de una producción de Almodóvar sobre gente guapa.

Parece no estar muy interesado por lo que vaya a suceder a continuación. Probablemente: “una entrevista más”; otro cuestionario que apuñalará su reputación con un simple titular. Por ejemplo: “Me resulta difícil no ser un gilipollas” posiciona a una de sus entrevistas en la primera página de Google. “La prensa usa el material que tú le das, y yo creo que el material que doy es jugoso. A veces va en tu contra, pero viene bien para el clickbait”, responde cuando le pregunto si gilipollas es la mejor carta de presentación.

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Viene de ‘intentar’ dar un concierto en Ciudad de México, uno de los últimos de este año. El esfuerzo de 12 meses boicoteado por un error de organización: cortaron en seco su actuación minutos después de empezar porque unos se excedieron de tiempo y otros no supieron respetar el trabajo del artista que firmó “el contrato más caro de tol’gremio”. Pero no tardó ni 48 horas en convocar “el pinche show completo alv” para aquellos que habían pagado el boleto expresamente por él.

Gemma: ¿Qué tal te trata Ciudad de México?—me hago la simpática mientras le ponen el micro. Supongo que es lo que toca cuando entrevistas a este tipo de gente.

Antón: Bien—y se queda tan ancho.

Nos dirigimos al helipuerto donde entrevistaremos a C. Tangana, Antón, Pucho, El Madrileño; uno de los artistas urbanos del momento en España que está sacudiendo la escena latinoamericana. El mismo que dejó atrás su carrera de filósofo para alcanzar un número de views impronunciable en YouTube (más de 500 millones); el que dio una bofetada al anonimato vendiendo bocatas en el Pans&Company para encarnarse a sí mismo como “ídolo” —nombre que lleva su primer álbum— en un cartel de tremendas dimensiones en pleno centro de Madrid. Adelantito de ese Pans. En toda la cara.

Sigo sin verlo muy entusiasmado. Supongo que una no puede vivir con las expectativas por las nubes. Pero ya saben, la mente es poderosa: española conoce a español en México... intercambian anécdotas sobre la movida que sucede aquí, allí, sobre la peña creativa en Instagram, lo picante que estaba esa salsa de habanero que en realidad no picaba tanto y cuánto se echa de menos el jamón cuando estás lejos de casa. Joder, es que como un buen Rioja no hay nada.

Entramos al elevador y parece que la cosa mejora:

A: No pudimos mostrar todo lo que traíamos —lamenta refiriéndose a la actuación del sábado.

G: Una putada —respondo para soltar algo de palabrería acumulada.

A: Pues la verdad es que sí.

G: ¿Por qué tanto problema en alargar un rato más?

A: Un organizador me dijo: “como alarguemos, me meten en la cárcel”. ¡A mí me dijo que le meten la cárcel! ¡La gente va a prisión!

Sátira. Medio sonríe. No está mal. Antón me recuerda al vecino que te encuentras en el elevador con su barra de pan bajo el brazo, antes de ponerse a cocinar unas lentejas.

Y al mismo tiempo…

Fama, desesperación, excesos, desamor, ansiedad, soledad, ironía. Sus temas vienen cargados de crítica y sarcasmo, pero no todos lo identifican. Algunos dirán que C. Tangana es una obviedad, un cualquiera con canciones vacías que sólo hablan de tirarse a todo lo que se mueve.

Pero quienes pongan algo de atención a la letra, notarán que no es lo mismo hablar de cosas absurdas en un video con lujos desorbitados que esos mismos lujos acompañados de confesiones sobre estar jodido. Antón habla de lo segundo. Porque el “caballo ganador” también se siente solo; corre solo; muerde el oro solo.

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Tampoco Ídolo es lo que muchos piensan: no es el disco de un ícono a seguir. Es lo que pasa en el backstage; todas las flores y toda la mierda. “Por eso el disco no debería llamarse Ídolo, sino ‘la construcción del ídolo’, lo que va por dentro”, en sus propias palabras.

Salimos del elevador. Hay que subir al helipuerto caminando cinco pisos más. “Joder”, dice, como de guasa, mirándome por el rabillo del ojo. Arriba, nos topamos con una Ciudad de México intoxicada. La metrópoli se ahoga en la contaminación extrema, y así nos recibe en aquel helipuerto: sofocante, inmensa, con una neblina espesa de polución que cubre todo el valle como la espuma de un café.

A: Ahí ya muerte, ¿no?

Antón mira hacia el vacío, preguntando si uno se mata si cae quién sabe cuántos pisos abajo. Nadie le hace realmente caso, y al mismo tiempo todo el mundo está pendiente de él. Tiene ese algo de artista multifacético cultivado por sus propios méritos —su música, su estilo, su discurso—. “Yo creo que en diez años trascenderé de la música”, me cuenta después en entrevista. Para él, es más importante transmitir un concepto como artista —Jay Z, Kanye West— que hacer sólo canciones. Quién sabe qué hubiera pasado si nunca hubiera trascendido del rap con su grupo Agorazein, si nunca hubiera flirteado con el mainstream.

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A: Ah, bueno, ahí hay un escalón.

Un intento de broma. Todavía no hay risas, pero resulta agradable teniendo en cuenta el gesto serio recurrente en sus entrevistas. Que también está bien: nadie está obligado a causar la impresión que todos esperan —y eso todavía es más auténtico—. En un mundo sometido a los filtros de Instagram y las fake news, la humanidad y honestidad se han vuelto bienes escasos.

El chico del pan bajo el brazo que llegó a su cita casi por obligación, ahora se muestra más atento, más desahogado. Como si llevarle a un lugar distinto a la aborrecida sala de medios suponiera una bocanada de aire fresco, a pesar de la espesa contaminación. Ahora, nos regala un instante cómico: finge que se tira por la borda del edificio mientras sonríe como el malote de la clase. Lo consigue: unas carcajadas de fondo.

A: Y tú, ¿de dónde eres? —sonríe.

G: De Barcelona.

A: ¿Y cuánto tiempo llevas aquí? —sigue sonriendo.

G: Un año y medio o dos. Feliz —le devuelvo la mueca.

A: ¿Y te gusta México? ¿Está chido, no? —no varía la expresión. Su filtro serio ha desaparecido. Antón se abre al mundo.

Tengo ocho minutos de entrevista con él, ni uno más. En ese tiempo, pocas veces suceden cosas importantes. Pregúntenle a cualquier mujer que se acueste con su amante. Al final, consigo hablar fugazmente sobre marihuana, educación, crisis climática. No me da tiempo a escrutar en su pensamiento, no me da tiempo a ensalzarlo como ídolo.

Sin intención de convertirlo en una entradilla de TripAdvisor, pienso en uno de sus últimos lanzamientos, “5 stars”, y me pregunto cuántas estrellas se pone, o cuántas le pongo. Supongo que, hasta nuevo aviso, esto es lo más justo: cinco estrellas para C. Tangana por demostrarle a la industria que, como Jay Z, aunque se empiece tarde, se puede quedar primero.

El éxito no es solo gloria para alguien realista como Antón; también es un peso sobre sus ojos todavía fatigados. A veces, se llena escenarios; otras, se llora en la limo. Mientras se despide, le explico cómo se toma un buen mezcal en México:

G: A besitos, siempre. La vida con calma —como si yo fuera un buen ejemplo.

A: No siempre. A veces, todo viene de golpe.

Aquí la entrevista completa:

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