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Culture

Cuando la última sesión del Sónar se pinchaba desde el maletero de un Renault 21

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“... y aquello se convirtió en una hecatombe”

víctor parkas

13 Junio 2018 16:13

En una de las esquinas del plato derecho, un Akiyama rudimentario, un espontáneo coloca una estampita de la virgen. DJ Soulblaster decide dejarla allí y seguir con la fiesta: hay centenares de personas que bailan agolpadas tras el Renault 21 de su padre, cuyo maletero ha reconvertido en una improvisada cabina de pinchaje para él y para su compañero de sesión, DJ Gun-J. El tumulto se ha organizado en una calle adyacente a la Mar Bella, el polideportivo que lleva acogiendo al Sónar desde hace un año; éste, 1998, Kraftwerk son el plato fuerte de festival electrónico. Según salen del recinto, los asistentes cercan el Renault 21, atraídos por una música que —pensaban— había terminado.

“En realidad, habíamos ido allí a vender latas de cerveza para reunir el dinero suficiente con el que comprar un par de entradas para el festival”, recuerda hoy Soulblaster (Josep María López). “La música la llevábamos para nosotros; para pasar el rato mientras intentábamos vender algunas cervezas en la puerta”, añade, de un precario equipo que incluía los altavoces de la habitación que ocupaba en casa de sus padres. “Ese primer año, petamos los altavoces”, confiesa Gun-J (Dani Roma). “Un colega de Soulblaster, que justo salía del Sónar, vió que teníamos los platos en el maletero y nos bajó unos baffles de su casa, para que pudiéramos seguir poniendo música. Y, bueno, luego salió el resto de gente…”.

“... y aquello se convirtió en una hecatombe”.

A veces no hay nada que celebrar. Otras, las tartas se amontonan: cuando el Sónar llega su edición número 25, acontece también el vigésimo aniversario de sus primera after-parties paralelas y autogestionadas. Impulsadas por dos veinteañeros que utilizaban DJ Gun-J y DJ Soulblaster como nombres de guerra, estas raves mutarían, con malformaciones techno-trance, en lo que se acabaría conociendo como Anti-Sónar. “No me siento identificado con esa etiqueta”, advierte Soulblaster, “porque nosotros nunca hemos tenido nada en contra de Sónar”. Gun-J tampoco se siente cómodo con el término: “¿Anti-Sónar? Al contrario, ese festival nos dio muchas alegrías; esperábamos todo el año a que llegase”.

De 1998 a 2002, Gun-J y Soulblaster amenizaron el mañaneo de los asistentes al Sónar con fiestas ajenas a la organización del festival, pero nutridas con su público. Lo que empezó como un accidente —dos estudiantes que se encontraron rodeados por gente bailando al ritmo de techno que salía de su coche— acabaría convirtiéndose en una pequeña tradición paralela al evento de electrónica. “Nosotros llegábamos a las 5 de la mañana, lo preparábamos todo, y nos poníamos a pinchar esperando a que la gente saliera de recinto”, recuerda Gun-J, de unas sesiones que solían alargarse hasta las 11 de la mañana, según Soulblaster, “para no generar problemas de orden público”.

La estampita de la virgen sigue en una esquina de Akiyama derecho de Soulblaster; sobre su hombro izquierdo, dos golpes secos. “Me giro y había un urbano diciéndome que ya estaba quitando la música”, cuenta el DJ, sobre aquella iniciática sesión de 1998, “levanté la aguja de plato, me fui a hablar con él, y alguien volvió a bajarla”. La música siguió, los agentes se alejaron 300 metros y, cuando la fiesta terminó, tres multas por (1) ocupar, (2) ensuciar y (3) montar semejante disco-móvil en un espacio público. “Hicimos recurso a todo y, milagrosamente, no tuvimos que pagar nada”, añade Soulblaster. “Hoy nos hubieran requisado todos los aparatos”, incide Gun-J.

Fiestas de carácter nómada —con cada cambio de recinto del Sónar, la cabina del Renault 21 también se desplazaba—, estas raves se desarrollaron en zonas urbanas, parkings interiores y jardines abiertos al público. Como en el 98, y sustituyendo los Akiyama por unos Technics adquiridos en Andorra, sus promotores siguieron vendiendo latas, pero ya no lo hacían para entrar al Sónar: “Lo único que nos importaba era poder pinchar delante de gente”, dice el actualmente repartidor Gun-J, “porque el circuito de clubs era muy cerrado”. Soulblaster, que hoy ameniza bodas y eventos privados, señala en la misma dirección: “Era como si tuviésemos un grupo de música y nos hubiésemos topado con un escenario”.

Aunque la pareja de amigos fueron los DJs residentes de estas sesiones sin espacio permanente al que llamar residencia, en algunos descansos cedían al testigo a pinchadiscos cercanos. “Cuando lo hacían en la Mar Bella, recuerdo poner un par de tracks”, me explica DJ Hazelgurner (Javier Lorente), que conoció a Soulblaster haciendo el servicio militar. “Los estilos más pinchados allí eran hard-techno, techno de Detroit, techno-house, deep-techno, break-beat, en un ambiente muy divertido y de muy buen rollo”. Entre el público, periodistas de Radio 3, corresponsales de Mixmag, y gente con acreditación de artista. “Gun-J estaba pinchando a un tema del holandés DJ Misjah y, de pronto, apareció el propio Misjah y se presentó a Dani”.

¿Algún feedback por parte de Sónar? “Ninguno”, contenta Soulblaster, “aunque yo creo que les debíamos tener un poco cabreados. Recuerdo que, en una revista internacional, sacaron un reportaje sobre el Sónar y en la foto destacada aparecimos nosotros dos; no creo que eso le hiciera mucha gracia a la organización”. Pese a todo, un Sónar optando por la no agresión, una Barcelona todavía sin gentrificar, y un turismo que todavía no había alcanzado proporciones monstruosas, hicieron posible que las raves de Soulblaster y Gun-J tuvieran continuidad durante un lustro. “Cuando fuimos a montar en 2002”, dice el segundo, de la que sería su última fiesta, “ya nos encontramos otros puntos de música”.

“El público que reunían Soulblaster y Gun-J eran gente que salía de Sónar por la mañana o gente que estaba llegando al Sónar durante la noche”, explica Hazelgurner, “hasta que lo movieron al Pabellón Fira 2 de Montjuic y otras personas, cercanas al movimiento punk y okupa, montaron soundsystems por su cuenta; no estaban interesados en el Sónar, sino en montarse su propia rave”. El Anti-Sónar, esta vez sí orgulloso de llamarse así, había nacido: auspiciado por travellers europeos que acampaban en la Zona Franca durante las fechas que duraba el festival, este evento alternativo tomó una magnitud con la que Soulblaster y Gun-J ni pudieron, ni quisieron combatir. “El Anti-Sónar daba miedo”, empieza Gun-J.

“Ponían techno-trance del malo, era enfermizo”, recuerda Soulblaster del Anti-Sónar oficial. “Aquello era muy jevi, muy duro, de tumba abierta: había tantos camiones poniendo música que los sonidos se mezclaban unos con otros”, aporta su compañero. “Fuimos un par de veces a echar un vistazo, e incluso nos encontrábamos a gente que nos preguntaba a qué hora pinchábamos nosotros. ‘No, no, se ha acabado…’, les decíamos. Nuestras fiestas duraban seis horas, pero un Anti-Sónar podía durar semanas. Hubo un año en que el telenoticias se pasó días hablando de ello: ‘Siguen de fiesta los chicos de la Zona Franca…’. Joder: ¡Si debían quedarse sin vinilos que poner! No recuerdo ningún accidente grave, pero podía haberlo habido, porque toda esa zona estaba en obras y la gente se subía a los edificios en construcción para bailar”.

Las reuniones de clubbers ocasionales dieron paso a una orgía de squatters ortodoxos. Dónde antes había éxtasis, empezó a correr speed atómico. “Cada colectivo se asocia a un tipo de sustancias, y las dinámicas que generan unas sustancias u otras son diferentes”, resuelve Soulblaster. “No es lo mismo estar bailando con tus colegas que hacerlo, como hacían en el Anti-Sónar, delante de un muro de altavoces y con la cabeza mirando al suelo”. Si bien las fiestas de Soulblaster y Gun-J sólo tuvieron un encontronazo con la policía en 1998, el nuevo Anti-Sónar sí sufrió una represión policial continuada. “Llegó un año en que los Mossos plantaron allí sus tanquetas para impedir la acampada de soundsystems”.

Aunque diversas fiestas en la playa adoptarían su nombre, el Anti-Sónar moriría alrededor del 2008, año en que Madness fueron cabezas de cartel en el festival oficial. “Tomaron nuestra idea, la explotaron al máximo, y al final fue algo que se perdió para las generaciones que vinieron después”, lamenta Soulblaster. Más que una pérdida, se puede hablar de una expropiación: la OFF Week, iniciativa privada nacida al calor de Sónar, llena hoy Barcelona de propuestas alternativas al festival, cobrando entrada, con la electrónica como principal reclamo. “El panorama actual ahora es otro”, opina Gun-J, “y Barcelona se ha convertido en lo que otros han querido que se convierta: la capital europea en la que puedes encontrar lo que quieras, cuando quieras”.

Como excepción a ese gran buffet de ocio barcelonés, las sesiones a bordo de aquel Renault 21 jamás volverán; ni siquiera, para celebrar la efeméride de su 20 aniversario.

“Acabar bien una fiesta es un arte”, concluye Soulblaster. “Las fiestas hay que valorarlas, no por cómo comienzan, sino por cómo terminan”.

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