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Artículo ‘Songokumanía’: cómo unas fotocopias propiciaron la explosión del manga en España Culture

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‘Songokumanía’: cómo unas fotocopias propiciaron la explosión del manga en España

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¿Qué haces cuando no existe merchandising de tu serie favorita? Te lo inventas

víctor parkas

11 Noviembre 2016 17:37

“Nadie había previsto que esto podría tener el éxito que tuvo”, dice Oriol Estrada.

La frase parece la antesala de una historia de triunfo y gloria, pero en realidad está más cerca de algo que se diría en un gabinete de crisis, justo antes de que el monstruo gigante arrase la ciudad. Estrada es experto en cultura japonesa, pero no nos está hablando de Godzilla, sino de otro fenómeno nipón; aquél sobre el que gira su libro Songokumanía: el Big Bang del Manga.

Dragon Ball invadió España a través de sus televisión locales: los primeros canales en emitir la serie fueron, casi al mismo tiempo, los de las comunidades autónomas gallega, vasca y catalana. “De forma inmediata, dio comienzo lo que yo he llamado songokumanía”, dice Oriol, sobre la patología otaku con la que explica la fiebre por Dragon Ball que se desata, sobre todo en Cataluña, a partir de 1990. “El problema es que, por aquel entonces, era imposible conseguir merchandising de la serie”.   

La razón de que el mercado español no se atreviese a licenciar productos para suplir las demandas de los fans de Dragon Ball era bien sencilla: “Al emitirse sólo en algunos sitios de España, las empresas no querían arriesgarse a distribuir un producto que no iban a poder vender a nivel nacional”, señala Oriol. “En el fondo, era un fenómeno que se subestimaba incluso desde las mismas cadenas que lo emitían: en muchos casos, lo hacían simplemente por completar parrilla”.

Dragon Ball podía reventar audímetros, pero los seguidores de la serie no encontraban productos relacionados con los que saciar su fanatismo. Cuando algo que tantos ansían no existe, quiera o no el mercado, hay que inventarlo por fuerza. “De repente, empezaron a circular por colegios fotocopias de viñetas, portadas, y otras ilustraciones de Dragon Ball”, explica Estrada. “Teníamos muchas ganas de conseguir algo relacionado con la serie, aunque ese algo fuesen fotocopias de mala calidad”

Inicialmente intercambiadas en pasillos escolares, las fotocopias de Dragon Ball empezaron a cotizarse al alza. “Aunque lo normal es que costasen entre 5 y 15 pesetas, con el tiempo empezaron a llegar algunas imágenes en color que se podían pagar incluso a 300”, recuerda Oriol. “Las más cotizadas eran aquellas que te mostraban algo de la serie que no se había emitido aún aquí, por lo que se puede decir que, en aquella época, nos encantaban los spoilers”

Lo que empezó como menudeo entre escolares terminó convertido, al poco tiempo, en un lucrativo negocio para las copisterías. “Cuando llegaban todos esos chavales a hacer sus fotocopias para poder intercambiarlas, las copisterías hacían una copia para la casa”, revela Estrada. Con dicha copia, los dueños de las copisterías engrosaban un catálogo de fotocopias que, más tarde, pondrían a disposición de esa misma clientela infantil.

Esto nos lleva directamente a otro punto importante: en muchos casos, los aficionados pagaban por la copia, de una copia, de una copia, de una copia. “La calidad era pésima, y el negro se iba degradando cada vez más”, certifica Oriol. La calidad, sin embargo, dejó de ser importante cuando las fotocopias se convirtieron en el objeto más codiciado para los fans.

“Coincidiendo con el Salón del Cómic de Barcelona, cuando Planeta decidió sacar el manga oficial, los críos se acercaban al stand de la editorial pidiéndoles fotocopias”. Manga, ¿qué manga? En Planeta, claro, no daban crédito.  

En ese mismo Salón del Cómic, Dragon Ball fue homenajeada con una exposición. “La organización del evento repartió un catálogo con algunas ilustraciones a color, además de fotocopias oficiales; con copyright. Por supuesto, ambas cosas acabaron siendo fotocopiadas y distribuidas por todos los colegios”. Ya era tarde: la songokumanía había llegado a los 40 de fiebre y no había paracetamol que consiguiera aplacarla.

“El intercambio de fotocopias en Sant Antoni era tan exagerado que tenían que mandar refuerzos policiales para poner orden en las calles”, recuerda Oriol. Y es que, además de los colegios, también este famoso mercado barcelonés sucumbió a la songokumanía: los domingos, el día de la semana en el que el espacio se reserva para la compraventa de libros de segunda mano, los aledaños del recinto eran copados por niños que, junto a sus padres, intercambiaban fotocopias.

“Llegaban a calcarse dibujos de otras fotocopias, a los que les hacían añadidos, creando variantes de una misma ilustración”, asegura Estrada. “También estaban los que grababan la serie, ponían el vídeo en pausa, y calcaban directamente de la tele”. Por supuesto, también habían valientes que se atrevían a dibujar sus propias ilustraciones. “De hecho, la fotocopia más popular era un dibujo pornográfico, en el que salía Goku pidiendo a su bastón mágico, bueno, que se alargara”.

Esta deformación de hentai paródico demuestra, de algún modo, lo transversal que fue esta práctica. “Las fotocopias llegaron incluso a los ambientes universitarios, siendo la UPC de Barcelona uno de los centros dónde más caló el fenómeno”, explica Oriol. “Probablemente, las imágenes de material importado las pudimos conseguir gracias a ellos; a los universitarios”. Si revisando viejas fotocopias descubres que te colaron una de City Hunter, manga ignoto entonces, ya sabes: culpa de la UPC.

“Las fotocopias hicieron que el manga, un producto cuyo avance aquí era tímido, terminase por reventar la puerta”, hace balance final Estrada. “En la década de los noventa, el mundo del cómic languidecía por completo y no generaba beneficios”, termina. “Cabe añadir que este movimiento, al alertar de una demanda y propiciar que se empezasen a publicar cómics japoneses, acabó significando, directamente, la salvación de toda una industria”.

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