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Culture

Yo fui un punk millennial adolescente: “¿Podrías venir con una camiseta lisa para la foto de la orla?"

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Siendo un punk adolescente me di cuenta de que el punk ya no era... nada

víctor parkas

07 Febrero 2018 11:39

Capítulo anterior: “Cariño, ¡los Reyes te han traído el 'Sandinista' de The Clash!"

I

Hacerte punk es declararle la guerra al mundo y, a los 14, tu mundo es muy, muy pequeño. Las verjas de tu colegio pueden ayudarte a delimitar ese universo en guerra, y el mío tenía la forma de escuela salesiana, un centro concertado y dirigido por curas de tendencia progresista. Para alguien en mi situación, recién convertido a la religión del imperdible, ese escenario –aulas, patio, iglesia– era visto como un campo de batalla; una oportunidad para epatar con mi nueva (y radical) imagen.

Por supuesto, lo que ocurrió, en lugar de eso, fue un montón de nada.

De hecho, conforme pasaban las semanas, lo único que constataba es que el punk estaba tan asimilado en la escuela como lo estaban las ecuaciones de segundo grado, los Decretos de Nueva Planta, o la course-navette. Más claro: el punk no subvertía las clases, sino que, eventualmente, formaba parte de las mismas. En tercero de secundaria, el libro de texto que pautaba nuestras lecciones de música dedicaba no solo unas líneas al estilo, sino que abría nuevos frentes a explorar: la educación católica reglada me hizo descubrir, por ejemplo, a Siouxsie and the Banshees.

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Oh, y sí: aquel libro también hablaba del pogo. “¿Habéis visto American History X?”, nos pregunta nuestra maestra, Rosalía. “¿Sabéis la escena del concierto? ¿La forma en que bailan los personajes en esa escena? Pues eso es el pogo”. Rosalía, que ésos son nazis. “Serán lo que tú quieras, pero el baile es el mismo. Y, la próxima vez, será mejor que levantes la mano si quieres hablar”. Pero, ¿tengo que decir “sieg heil” al levantarla? “Fue-ra-de-cla-se”.

Otro resquicio lectivo por el que se coló aquella música fueron las clases de inglés: Pep, el profesor, utilizaba la música para mostrarnos la variedad de acentos practicables en lengua anglosajona. Así, I still haven't found (what I'm looking for) servía para ilustrar el hablar irlandés, Down Under el australiano, y I Fought the Law, de The Clash, el ladrido británico. Esa última, además, me faltaba, como me faltaba tener conexión ADSL en casa, “porque para eso ya tienes la enciclopedia”.

Qué humillación, qué poco punk, allá vamos: “Si te dejo un CD, ¿me la podrías grabar?”, le pregunto a Pep, cuando la clase ya ha terminado y mis compañeros se cuelgan de las lámparas a la espera de que empiece la siguiente. “No hace falta que me dejes ningún CD”, me contesta. A las dos semanas, no solo tenía el The Cost of Living de The Clash, sino también la discografía completa de los Ramones y la de otro tipo chaladísimo. Un tal Iggy Pop.

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II

Sudadera de Sex Pistols. Jeans. Sudadera de Nirvana. Jeans. Sudadera de Joy Division. Jeans. Acabo de describirte mi dress-code completo para el curso 2004-2005. Añade a eso un par de zapatillas Converse, que por aquella época estaban tan bien vistas como los zuecos en una entrevista de trabajo o los crocs en unas nupcias, cuándo todavía recibían motes como 'pisamierdas', y podrás hacerte una idea de lo que era mi fondo de armario por aquel entonces.

“¿Podrías venir con una camiseta lisa para la foto de la orla?”. Ése es mi tutor, Lluís, temeroso de que la melena de Kurt Kobain, los ojos de Ian Curtis, la palabra 'anarquía', asomen en una esquina de mi foto conmemorativa. “No tengo camisetas lisas”, contesto. “Ven como quieras, pero nada de camisetas con grupos el día de la foto”. Y llega. El día de la foto. Me presento con lo más liso que consigo encontrar: un chándal con el que no querrías ir ni a robar tapacubos. Visto con perspectiva, aquella decisión estética parecía más punk que cubrirse con cualquier camiseta serigrafiada.

Con la llegada del buen tiempo, descubro el punk patrio en su faceta blandita: Boikot y su Comandante Che Guevara tienen todos los números de convertirse en mi canción del verano. En el viaje de fin de curso a Mallorca, paseando por los puestos del paseo marítimo, me topo con una camiseta del Che; la clásica, negro sobre rojo. La compro tan sobrexcitado que, hasta que no llego al hotel, no me percato: debajo de la cara de Ernesto, bien grande, pone Mallorca.

Lo peor no era que mi espíritu reivindicativo había sido frustrado por la fiebre insular de convertirlo todo en un souvenir: lo peor era la reacción de mis compañeros cuando me veían con ella. “¡Tus huevos, ahí, con la camiseta del Camarón”. Suficiente: me tenía que deshacer de aquello. ¿La querría quizás Lorena, de 4ºA? ¿La chica de brazaletes de pinchos y camisetas de Slipknot? Nunca he hablado con ella. Tampoco me da tiempo a hacerlo. “Ei”, se me adelanta cuando me acerco, “¡qué guay tu camiseta!”.

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III

Lorena no era solo Lorena, era parte de un pack más grande, aunque tampoco mucho, llamado Lorena&Ruth. Aunque, en el colegio, nadie las llamaba así. Las llamaban –las contadas veces que alguien lo hacía– las satánicas. Lorena&Ruth llevaban guantes de rejilla, botas militares, y colgantes con arañas de plata. No eran exactamente punks, pero sí: también tuvieron problemas el día de la foto.

Cuando la gente hablaba de ellas –las poquísimas ocasiones en que alguien lo hacía–, era para alimentar anécdotas que, de tan consensuadas, parece talmente como si las hubiese presenciado. Así, tengo un recuerdo vívido de Ruth paseando con su novio, un skinhead con gafas que venía a recogerla a la salida de clase. Juntos, se marchaban cogidos del brazo, y en el que a él le quedaba libre, en el derecho, al parecer, el novio de Ruth sujetaba un bate de beisbol.

Escuché esa mierda tantas veces que no logro disociarla de aquello que sí vi y viví.

Otra ensoñación, esta vez puertas para dentro del colegio: según la mitología que apuntalaba nuestro tiempo de recreo, Lorena&Ruth jamás salían al patio. La media de hora de descanso la gastaban en clase, dónde se aprovisionaban con un radio-cassette para escuchar el Lest we forget de Marilyn Manson, mientra sacudían sus melenas, arriba y abajo, arriba y abajo, arriba y abajo. “Se vuelven locas con esa mierda”, decían. Decían, decían, decían.

Hacerte satánica, como hacerte punk, es declararle la guerra al mundo, pero aunque las verjas de tu colegio pueden ayudarte a delimitar ese universo en guerra, muchas veces no encuentras a nadie con quién pelear. Muchas veces incluso te dejan las llaves de clase para poner bien alto mObscene. Muchas otras, te llaman a la sala de profesores para hacerte entrega –tú aún no lo conoces– del Raw Power de The Stooges. Queríamos de todo menos su beneplácito, y no obtuvimos otra cosa que sus facilidades. Malditos sean.

Y maldito sea yo, por regalar aquella camiseta a Lorena.

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