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Culture

Techno, amor y extrema derecha: lo que esconde la ya icónica rave en el parlamento de Georgia

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"Bailamos juntos, luchamos juntos": la historia detrás de las increíbles imágenes que llegaron el sábado desde Tbilisi

V.P.

15 Mayo 2018 18:12

WE DANCE TOGETHER, WE FIGHT TOGETHER

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No sólo lo parece: eso de arriba es el parlamento de Georgia, en Tbilisi. La fiesta no ha sido convocada por el gobierno de Kvirikashvili, tampoco por el alcalde Kaladze. La han montado ellos, los que ves saltando, ahí arriba, cuando entra el bombo. Es una venganza contra aquéllos que, con armas de asalto, hicieron apagar la música a Bacho DJ en el Cafe Gallery. Contra aquéllos que hicieron apagar la música a James Manning, Sa Pa DJ, en el club Bassiani.

Bassiani es mucho más que el club más icónico de Georgia. El local de Tblisi ha terminado convirtiéndose en un aliado del movimiento pro-legalización White Noise, además de servir como espacio seguro a los miembros del colectivo LGTBQ de la ciudad. El club, de la misma forma que el Cafe Gallery, simbolizan un Tblisi progresista que no gusta a los sectores más reaccionarios de la zona.

La hostilidad contra el clubbing llegaba a máximos históricos el pasado viernes, cuando alrededor de la medianoche, dos unidades especiales de la policía irrumpían, coordinadas, tanto en Bassiani como en Cafe Gallery. Las redadas, enmarcadas según el Ministerio de Interior en una operación antidrogas, se saldaron con más de 60 personas detenidas; entre ellas, se encontraban Tato Getia y Zviad Gelbakhiani, propietarios del Bassiani.

En un comunicado lanzado por el Ministerio del Interior, el ejecutivo de Giorgi Kvirikashvili se vanagloriaba de haber conseguido capturar a 8 traficantes durante la operación, aunque más tarde trascendería que esas detenciones se habrían dado antes de las irrupciones en las discotecas. Como excusa a sus expeditivos métodos, el comunicado saca a colación cinco muertes y dos hospitalizaciones causadas por la ingesta de un narcótico desconocido.

“Es palpable”, sostiene el texto, “que casos así se producen justo después de visitar estos clubs”.

Excepto el comunicado, ningún reporte relaciona dichas muertes, ni dichas hospitalizaciones, con las fiestas programadas en Bassiani y Cafe Gallery.

En las guerras contra la droga se está peleando, casi siempre, contra otra cosa. En Estados Unidos, el concepto se utilizó y se utiliza como subterfugio para aplastar los movimientos emancipadores de la comunidad negra; en la Georgia postsoviética, sirve de acicate para atemperar los tejidos desde los que se demandan más derechos civiles -el país todavía prohíbe, por ejemplo, las bodas entre personas del mismo sexo.

“La redada no es una operación contra los traficantes”, dijo Zviad Gelbakhiani, actualmente en libertad sin cargos, “sino una operación contra nuestra libertad”.

La de Gelbakhiani es una opinión personal, claro, pero no puede decirse que no fuera altamente compartida: la ciudadanía, ante unas escarcamuzas policiales que consideró injustificadas, respondió manifestándose, la misma noche del viernes, tanto a las puertas del Bassiani como a las del Café Gallery. Con ambos edificios rodeados por decenas de agentes, los momentos de tensión se sucedieron durante las protestas en los aledaños de las discotecas.

Cuando Interior quiso darse cuenta, la situación se le había ido de las manos. ¿A qué nivel? Nivel rave frente al parlamento.

Lejos de apaciguarse con la salida del sol, y durante el sábado siguiente a las redadas, las manifestaciones nocturnas se convirtieron en una sola frente al consistorio nacional. La protesta, de corte festivo, alternó reivindicación y baile: las pancartas convivían con los bafles, las mesas de DJ y las bengalas de humo. Cada primavera ve nacer un conato revolucionario, y el de Tbilisi era claro en sus intenciones: si en aquella democracia no había lugar para la fiesta, llegarían, a través de la fiesta, a un nuevo modelo democrático.

El domingo siguiente, llegaron los nazis.

La Georgian Civil Unity, un colectivo de extrema derecha cuyos miembros se arrogan la etiqueta de “auténticos georgianos”, son las fuerzas de choque de los Cristianos Ortodoxos que quieren llevar al país a un retroceso pre—1991. Ataviados con ropa oscura, pasamontañas y una gestualidad fascistoide que incluye el brazo en alto, estos “protectores del pueblo” definieron los asiduos a Bassiani como “drogadictos panfleteros” y “sodómitas”.

¿Quieres cabrear a un nazi de verdad? Ponte a bailar techno sobre el memorial de los asesinados por las tropas soviéticas en 1989.

Por si el tira y afloja entre manifestantes y policía no fuese suficiente, la entrada en la ecuación de la Georgian Civil Unity hizo que la tensión creciera frente al parlamento de Tbilisi. Más allá del cordón policial, los activistas apostados en el parlamento eran increpados e intimidados por los neonazis. Mariam Murusidze, dueña de un sello discográfico, habría tenido que refugiarse en el jardín de una iglesia junto a unos amigos al ser perseguida por unos encapuchados.

“No dejaban de repetir que nos iban a matar”, dijo Murusidze, en declaraciones a The Guardian.

Con los manifestantes sitiados por la extrema derecha, la policía procedió a evacuarlos del centro bajo escolta. Por televisión, el PM Giorgi Kvirikashvili hacía un llamamiento a la calma.

En la última década, la explosión de la música de baile en Tblisi ha tenido algo de revulsivo. Su escalada comenzaba justo al cerrarse heridas recientes —en 2008, Georgia y Rusia mantuvieron un conflicto armado—, y se ha engrosado con una generación nacida, con todo lo que eso implica, tras la disolución de la URSS en 1991. Independiente desde entonces, Georgia ha sido incapaz de reconciliar, entre sí, a los sectores más conservadores y a los más aperturistas.

De esa tensión, estas fricciones: mientras Giorgi Kvirikashvili aglutina toda esa derecha contra la que se rebeló la Revolución de las Rosas en 2003, el exjugador del Milán y alcalde de Tblisi Kakha Kaladze tiene ambiciones más cosmopolitas. Antes de precipitarse los hechos de este fin de semana, Kaladze había anunciado el fichaje de un “economy manager del mundo de la noche” para desarrollar un plan que atraiga turismo a la ciudad.

Esa figura recaería en Sergi Gvarjaladze, más conocido como Sir G en la escena electrónica.

“El techno es el medio que ha encontrado nuestra generación para expresarse libremente”, señaló uno de los dueños del Bassiani. Bajo ese prisma, es sencillo releer la represión contra la cultura club en Tbilisi no como una cruzada contra los estupefacientes, mucho menos contra la música electrónica, sino contra los frentes que ésta es capaz de abrir, contra los marcos que es capaz de generar a su alrededor. “Nuestro amor es más ruidoso que vuestro miedo”, se podía leer en una de las pancartas frente al parlamento.

No conoció el techno, pero Emma Goldman se habría sentido más que orgullosa.

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