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Culture

Solo somos geniales para gustar: algunas reflexiones sobre Max de 'Stranger Things 2'

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La nueva protagonista femenina Stranger Things es poco más que un objeto de deseo para el resto de la pandilla

anna pacheco

03 Noviembre 2017 06:00

Max nos cae bien desde que aparece en el pequeño pueblo de Hawkins. El nuevo personaje femenino de ‘Stranger Things’ irrumpe en la segunda temporada haciendo cosas que nos gustan: Max, interpretada por la actriz Sadie Sink, es desafiante, va siempre con su monopatín, es increíble jugando al Dig Dug, es malcarada y es pelirroja.

Desde el comienzo sabemos que esa niña de 13 años representa otro arquetipo que no tiene que ver con el de niña aburrida. Y, desde el primer momento la pandilla formada por Mike, Dustin, Will y Lucas quieren saber más cosas de ella. Están embobados. Le apodan Mad Max. Así que, claro, las expectativas para el espectador a esas alturas son altas. Redoble de tambores. Entra al ritmo de Gary Paxton. Se sienta en el pupitre abriendo las piernas y mira con desgana. Yo me revuelvo en el sofá. También estoy de subidón y algo fascinada.

Pienso que, con suerte, el personaje de Max redima un poco la primera temporada y me haga olvidar que —más allá de Eleven, que es una cosa aparte y genial— la pandilla son cuatro niños. Y que estaría bien que las niñas también investigaran y vivieran aventuras de vez en cuando. Pero el subidón por Max me dura poco. En realidad, uno o dos episodios. Pronto me doy cuenta que su personaje está muy preocupado por gustar al resto y por su movida familiar (basada en el sometimiento por parte de su hermano, por cierto). El personaje de Max se disuelve como una pastillita.

A medida que avanzan los episodios me doy cuenta de que no voy a ser mucho más de Mad Max de que lo que ya sabía en el primer capítulo. Esta escena simplifica bastante bien la sensación que me deja después de acabarme la segunda temporada:

Max es 'guay', pero sobre todo lo es desde un plano estético. “No hace falta hablar con ella. Mírala”, dice Dustin. Y eso es justamente lo que hacen los hermanos Duffer a lo largo de los nueve episodios. No hablar con ella. Mirarla. Y grabarla como si sus escenas fueron poco más que fragmentos de algún videoclip ochentero con niña patinando. El personaje de Max simplemente tiene una razón de ser y es la de reemplazar a Eleven casi como una especie de niña-cosa. Su historia no importa en absoluto. Tampoco lo que piensa.

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Parece como si los directores hubieran pensado en ese personaje femenino más por cumplir la cuota de ‘niña que mola’. Ni por asomo Max, al contrario de lo que sostiene esta otra columna, resulta “empoderadora”.

Max es objeto de deseo desde el primer momento y, más allá de dos o tres concesiones, su papel se basa en mirar y rogar al resto del grupo que le dejen formar parte de la pandilla. Incluso en aquellas ocasiones en las que está a punto de ser tomada en serio —o sea, como una más— rápidamente el lastre cae de nuevo sobre ella. Le dan lecciones porque no sabe de réptiles, le impiden el paso y le cierran la puerta en las narices, queda como una miedica y el diálogo de texto más largo que tiene es para contar una versión lacrimógena sobre su vida. O sea, para dar pena. Si Max había empezado siendo una tipa dura y admirable acaba convertida en una desapercibida secundaria. Max ya es solo una extensión mini de la co-protagonista de la adaptación de la novela de Stephen King, It (2017). Max hace rato que solo es un cliché.

En cada nuevo episodio, piensas que ojalá todo esto se explique o que el personaje cobre sentido en algún momento. Quieres que todo le vaya mejor a Max, porque cada vez te está mosqueando más. Pero sucede lo contrario. El personaje no solo va a menos —¿por qué entonces empeñarse en una presentación tan prometedora?— sino que también acaba enroscándose en algo ultra nocivo: pelea de gatas entre niñas de 13 años.

Hay dos escenas que duelen como puñetazos. Las escasas y contadas interacciones entre Eleven y Max son una bochornosa demostración de que, en efecto, no somos más que eso para la serie: objetos de deseo. Reemplazables, excluyentes y rivales. Una implica destrozar a la otra. Ni siquiera desde un punto de vista de desarrollo de la trama, tiene sentido que Eleven experimente celos. Al fin y al cabo, Eleven no se comporta como el resto de humanos. ¿Por qué someterla, entonces, a otro tic del patriarcado?

Pensando que la serie es un homenaje al cine de aventuras de los 80 y que está plagada de referencias totalmente evidentes, no veo razón por la que no tenga cabida un tipo de niña distinta. Una niña que pudiera tener, yo qué sé, a alguno de los chavales como objeto de deseo, una niña que busque y no buscada, una niña que desee y no deseada. La serie funcionaria igual. A veces no sé si estos revival son así por ser fieles a un género o por un falta total de creatividad.

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El caso es que Max no levanta cabeza. Al contrario, cada vez se va haciendo más pequeña. Sus pocas líneas de diálogo solo se mueven entre el ligoteo (que ella recibe, casi siempre, con incomodidad y llamándoles “acosadores”) y el querer demostrar que ella también merece la pena. Qué agotamiento y cuánto lo intenta. Incluso la única escena donde podría brillar (en el coche, ahora sí, a lo Mad Max) lo primero que hace es hablarle a Mike y decir algo así como ‘¿Ves cómo yo también puedo molar y no solo Eleven?’.

Una desgracia. Para el capítulo ocho y nuevo ya estoy hundida en el sofá completamente descolocada. Pienso en qué momento perdimos a Max, con lo luminosa que era. No había salvación para Max. Pienso, también, que todas somos como Mad Max cuando queremos ser y no nos dejan. Solo somos geniales para gustar, siguen sin dejarnos vivir aventuras.

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