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'Big Little Lies' es una brutal lección sobre violencia machista por capítulos

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La pareja de Nicole Kidman y Alexander Skarsgård ofrece una de las representaciones más brutales de Hollywood sobre la violencia de género dentro de la pareja. Contiene spoilers.

anna pacheco

11 Abril 2017 14:06

Mansiones de ensueño al lado del mar. Coches caros con asientos forrados en cuero. Mujeres blancas y rubias llevando a sus hijos —tambien rubios, claro—  a la escuela. El primer contacto con Big Little Lies (2017) nos transporta a un marco idílico en una lujosa urbanización en Monterey (California). Un lugar en el que parece que no puede ocurrir nada demasiado interesante. O eso creemos. Pero la quietud aparente que nos hemos creído se ve interrumpida por imágenes de un interrogatorio policial que nos anticipa, desde el minuto uno, que lo que estás imaginando no es tan real y que ahí ha pasado algo realmente chungo.

Big Little Lies es la adaptación televisiva del best seller homónimo de la autora australiana Liane Moriarty. Una serie de siete capítulos que desmenuza, a partir de un guión repleto de aciertos, silencios y sutilezas, los universos distintos de cinco mujeres de esa urbanización.

El suceso trágico, misterioso, sirve, en realidad, de pretexto para contar cómo viven todas estas mujeres, entre las que se encuentra Celeste (Nicole Kidman), una exabogada que ha dejado su profesión para dedicarse a la maternidad; Madeleine (Reese Witherspoon), una mujer impulsiva que dedica su tiempo libre a trabajar como voluntaria en una obra de teatro; Jane (Shailene Woodley), madre soltera que esconde un secreto; Boonie (Zoe Kravitz), profesora de yoga y novia del ex de Madeleine; y Renata (Laura Dern), CEO de una prestigiosa empresa.

Es en la historia particular de cada una de ellas donde se encuentra la verdadera virtud de esta serie, en cómo explora las diversas experiencias femeninas desde un punto de vista realista y, a veces, crudo, como la maternidad, los abusos sexuales, la violencia machista, el bullying, el adulterio, el acoso, el cinismo, las falsas apariencias o la frustración que se vomita en los hijos.

Big Little Lies habla de muchas cosas y no hace falta tener una casa de tres plantas a pie de playa para conectar con todas ellas.

Pero si hay algo realmente interesante, e incluso novedoso desde un punto de vista televisivo, esa es la relación abusiva entre Celeste (Nicole Kidman) y Perry (Alexander Skarsgård).

Es una relación basada en un maltrato sistemático, tanto físico como psicológico, pero el director, Jean-Marc Vallée, te la explica con todos los matices y sombras posibles. Algo que hace que, incluso, tanto el espectador como Celeste, la víctima, tarden unos episodios en reconocer esa relación claramente abusiva.

El ciclo de la violencia aparece tan bien explicado que serviría para cualquier programa estatal de prevención de violencia de género.

I - El principie azul y la “familia perfecta”

Perry se nos presenta como un hombre blanco, alto, rubio, atractivo, un tipo de belleza que se ajusta mucho al ideal ‘romántico’ que aparece en las películas. Es el tipo de hombre al que, por multitud de canales, nos han dicho que hay que aspirar. Junto a su esposa, Celeste, y sus dos hijos, son la envidia del vecindario y aparentan ser una familia rica y feliz sin ningún tipo de fisura.

La primera idea que desmonta esta pareja es que el maltrato es exclusivo de un determinado estrato social, una creencia errónea que algunos se empeñan en demostrar. Ni Nicole es una pobre chica ignorante ni Perry es un tío inculto, gañán o borracho. Ambos personajes se ajustan más a la realidad de la violencia de género y es que los perfiles —tanto de víctima como verdugo— son tan variados como personas existen. La violencia de género se puede dar en todas las casas.

Por otro lado, Celeste no llega a explicar ni a sus mejores amigas lo que sucede en la intimidad de su matrimonio. La necesidad de mantener las apariencias y esa falsa idealización de “la familia” (alimentada, en gran parte, por el mito del amor romántico) complican aún más este proceso de aceptación.

Otro de los puntos fuertes de la serie es que nos muestra al matrimonio viviendo momentos felices, a Perry siendo un padre cariñoso y divertido y a Celeste pasándoselo bien con sus amigas. Esto es relevante porque, en realidad, nos habla de cómo el maltrato sistemático es capaz de dar tregua de vez en cuando. No todo son golpes. Y eso es lo más peligroso, porque nos demuestra que el matrimonio ha sistematizado e interiorizado peligrosamente unas dinámicas de poder igualmente tóxicas y abusivas.

Así, por ejemplo, Celeste explica que cuando Perry le ha pegado una paliza, luego se porta bien durante una temporada para redimir el sentimiento de culpa hasta que se le pasa o le han desaparecido la marca de los golpes.

Ver esos otros momentos en pantalla, los felices, los sosegados, es relevante para identificar que el maltrato sigue presente ahí también, incluso en medio de esa “normalidad” algo perturbadora.

 

II - El autoengaño

No es fácil reconocerse como una mujer maltratada. Celeste llega a convencerse de que le gusta el sexo violento para no reconocer que el único violento es su marido. Justifica las agresiones de su marido alegando que su pareja y él tienen una relación poco “convencional” y que “la pasión está muy unida a la rabia” y esto es algo que se encarga de explicar entre sus amigas. En vez de ser tratada como víctima, lo que es, Celeste pasar a ser la envidia de sus amigas por su activa vida sexual.

Celeste se escuda en frases del tipo “yo también le pego" hasta que una terapeuta le hace ver que ella no pega, no ataca, solo se defiende. El autoengaño funciona como medida de protección. Mientras Celeste defiende que eso no está pasando, crea una sensación falsa: el maltrato no es real y, por lo tanto, no existe.

III - La manipulación

La manipulación en todas sus vertientes. Lo más interesante de la serie es que te muestra cómo se ejerce la manipulación a partir de sutiliezas, jamás obviedades, y así es como de hecho se ejerce el grueso de la manipulación dentro de la mayor parte de las parejas.

Perry nunca le dice a Celeste que no puede trabajar, pero sabemos que ella abandonó su carrera como abogada para poder dedicarse a la crianza de los hijos. Durante el transcurso de la serie, vemos que Celeste hace el amago de retomar su carrera y observamos que Perry se lo cuestiona, se lo recrimina con pocas palabras (“¿Qué pasa? ¿Tienes que dedicar mucho tiempo a esto?”) o con una simple mirada.

Además, Perry disfraza de halagos sus frustraciones, su inseguridad. Justifica el control sobre su mujer bajo el pretexto de que tiene miedo a perderla por ser una gran mujer, inteligente y bella. Esta control sobre ella ­—bañado de elogios­— amortigua la sensación de control y crea una falsa sensación protección o valoración. Pero no es más que eso, un paliativo para luego poder ejercer un control mayor sobre ella.

IV - La terapeuta

La terapeuta aparece a partir de la segunda mitad de la serie y es, de hecho, un personaje clave para que el personaje de Celeste entienda que su marido es un maltratator y que necesita huir de esa casa urgentemente. Ambos acuden a terapia como pareja, pero a partir de varias sesiones la especialista detecta que se encuentra frente a un caso de maltrato y no frente a una pareja común con problemas comunes.

Después de un diálogo hilado con muchísima perspicacia, la terapeuta pone contra las cuerdas a Celeste hasta que le hacer ver que, en efecto, es víctima de violencia de género. "Habrá que pensar un plan la próxima vez", le espeta la terapeuta, a lo que ella responde que para qué necesitan un plan. "Para cuando te pegue la próxima vez". La terapeuta asume con esa sentencia demoledora que habrá próxima vez. Y Celeste lo sabe, claro que lo sabe.

Es ahí cuando empieza a buscar una alternativa real para ella y sus hijos.

Esta idea también confirma que la dependencia emocional es mucho más fuerte que la dependencia económica. Queda probado que Celeste tiene poder adquisitivo para emanciparse, una situación que la pone en ventaja de otras tantas mujeres maltratadas en situaciones mucho más desfavorables, y a pesar de eso no lo hace.

Y no lo hace, porque no puede, porque la dependencia emocional sobre alguien que ejerce poder sobre ti es la mayor fuerza capar de mantenerte inmóvil.

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V - Sororidad como respuesta
(No sigas leyendo si no has visto el último capítulo)

A medida que avanza la serie, el ambiente se va caldeando cada vez más. Y las rencillas personales de cada una de ellas parecen ser mucho más peliagudas cuando se acerca el último capítulo.

Todas parecen esconder algo y la tensión se dispara con los testimonios del interrogatorio policial que vaticinan que el final está próximo a llegar y que pasará algo.

Sin embargo, el mensaje final de la serie reivindica un mensaje contrario a la "rivalidad entre mujeres" —otra creencia, por cierto, producto del patriarcado— y pone en alza un discurso que tiene que ver con la sororidad y la empatía.

Este discurso está mucho menos (o nada) explorado en otras ficciones femeninas con las que se ha comparado Big Little Lies como Mujeres Desesperadas (2004) o Sexo en Nueva York (1998).

No hay que olvidar que la mayor parte de los problemas en Big Little Lies los crean, en mayor o menor medida, los hombres.

Y es, sobre todo, Perry, el marido de Celeste, quien encarna el papel de hombre abusador y maltratador, el hombre que une y a la vez separa a la protagonistas.

El final, una vez destapado, es una especie de brindis, de suspiro relajado y nos viene a decir que venga, amigas, por favor, no nos peleemos entre nosotras.



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