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Culture

'Tres Anuncios en las Afueras' es un cóctel molotov contra los dramas made in Hollywood

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La gran revelación de los Globos de Oro te dejará sin habla durante dos horas

víctor parkas

12 Enero 2018 06:00

Quizás te pase. A mucha gente le pasa: nos relacionamos con las películas convirtiéndonos en consejeros y jueces de sus personajes. “No entres ahí”, decimos. “Acaba con ese nazi”, decimos. Ordenamos cuando dar el primer beso y cuando es el momento idóneo para saltar del avión, como si fueran dos cosas distintas. Ordenamos abrir fuego, incluso a sabiendas –tercer, cuarto visionado– que el cargador esta vacío. Quinto, sexto visionado: “esquiva-ese-maldito-iceberg”.

Si Tres Anuncios en las Afueras fuese una película normal, cada vez que apareciera un policía en pantalla, podríamos afearle el hecho de estar propinando palizas a afroamericanos en lugar de, no sé, investigar el caso de Angela Hayes, violada y asesinada, siete meses atrás, a las afueras de Ebbing, Missouri. “¿Qué tal va el negocio de apalizar negros, Dixon?”, podríamos preguntar, con cada aparición del agente interpretado por Sam Rockwell. “La policía está demasiado ocupada torturando a negros para resolver un crimen de verdad”, cuchichearíamos, en voz baja.

Todo eso haríamos, si Tres Anuncios en las Afueras fuese una película normal, y todo eso nos ahorramos tener que hacer, porque no: ni Tres Anuncios en las Afueras es una película normal, ni Mildred Hayes (Frances McDormand) nos da oportunidad alguna de abrir la boca. Las frases entrecomilladas arriba no son nuestras, porque Mildred ya las ha pronunciado antes. La señora Hayes, más rápida y más inclemente que ningún espectador, es jueza, jurado y ejecutora de la película que ella misma protagoniza. Cualquier crítica a Tres Anuncios en las Afueras, si la comparas con cualquiera de las líneas de Hayes, será forzosamente tibia.

A mucha gente le pasa: nos relacionamos con las películas convirtiéndonos en consejeros y jueces de sus personajes. Hasta que llega Tres Anuncios en las Afueras. Y, durante dos horas, te calla.

Madre de Angela Hayes –repetimos, las veces que haga falta: violada y asesinada a las afueras de Ebbing, Missouri–, Mildred decide alquilar tres carteles en el mismo lugar dónde abusaron y mataron a su hija. El mensaje que coloca en ellos es bien claro: “Violada mientras moría. ¿Por qué no hay detenciones? ¿Como es posible, comisario Willoughby?”.

Decía Quentin Tarantino que, lejos de tener un universo propio, contaba con dos: uno al que pertenecía su obra realista, tipo Reservoir Dogs o Jackie Brown, y otro que acogía sus historias más descocadas, de Kill Bill a Abierto hasta el amanecer. Solo un personaje podía transitar de uno a otro: el inolvidable Señor Lobo al que diera vida Harvey Keitel, cuya cadencia y porte, efectivamente, no se asemejaban al de ningún otro personaje en Pulp Fiction. La Mildred Hayes de Frances McDormand parece gozar de una licencia parecida: aunque su personaje es casi omnipresente en Tres Anuncios en las Afueras, es como si ella perteneciera a otro lugar. A otra película. A otro –a otros– universos.

Mildred, pero, no es una intrusa por colocar los polémicos carteles; polemizar, sin fin, no exige ningún compromiso. Si Mildred es una intrusa, una forastera en su propia película, no es por alquilar tres plafones: es por la ferocidad con la que será capaz de defenderlos. Frente a la policía. Frente a un pueblo volcado con el comisario Willoughby. Frente a la iglesia local y frente a su dios worldwide. Frente a un exmarido maltratador y frente al hijo que tienen en común. Frente al “por qué no me dejas pasar página” y frente a la violencia de los reproches y los portazos domésticos.

Tres Anuncios en las Afueras plantea preguntas atrevidas, pero no a sus espectadores, sino a los personajes que pululan por ella. “¿Por qué no hay detenciones? ¿Cómo es posible?”.

Por su vehemencia, sus métodos expeditivos y sus frases lapidarias, hay quién ha visto en Mildred Hayes la perfecta encarnación femenina del antihéroe hard boiled que popularizase Clint Eastwood. ¿Justo? Justo, pero más necesario es sacar a colación el otro gran nombre de lo hard, Charles Bronson, y su El Justiciero de la Ciudad. Cima del llamado rape-and-revenge, un subgénero del cine negro en el que, como reza su propio nombre, se venga a la víctima de una violación, El Justiciero de la Ciudad comparte con Tres Anuncios en las Afueras detonante –la hija de Bronson es forzada al principio de la cinta– sin hacerla heredera de su sensibilidad exploit.

Si Abel Ferrara demostró con Teniente Corrupto que el rape-and-revenge puede dignificarse por la vía del cine autoral y de culto (cristiano), Tres Anuncios en las Afueras va un paso más allá: convierte un infragénero bastardo, del que forman parte Calles Salvajes o Pistola de Clavos, en una propuesta oscarizable y de códigos mainstream. En carne y receptáculo de Globos de Oro: el director Martin McDonagh, el pasado domingo, conseguía arrasar en la ceremonia del Beverly Hilton con una cinta dónde Frances McDormand lanza cócteles molotov contra comisarías.

A Hollywood, parafraseando a un director español, ya no le reconoce ni la madre que lo parió.

Tres Anuncios en las Afueras orea toda la naftalina del drama made in Hollywood: tiene personajes cancerosos a los que les quedan meses de vida, notas de suicidio de las que causan escozor corneal y discusiones escandalosas en cocinas familiares; en frente y contra todo ello, a Mildred. Mildred Me-da-igual-que-te-estés-muriendo. Mildred Me-da-igual-que-no-haya-sospechosos. Mildred Sacad-muestras-de-sangre-a-todos-los-hombres-del-país. Haced lo que queráis, pero encontradlo: encontrad al cabrón que violó y asesinó a mi pequeña.

El discurso incendiario de McDormand en Tres Anuncios en las Afueras ha sido recibido con simpatías por una industria, la del cine americano, que, si quiere sobrevivir tras el terremoto Weinstein, se sabe necesitada de fuego. La película, pese a sus promesas purificadoras, acaba cediendo en pos de esta asimilación: Tres Anuncios en las Afueras tiene conatos de redención masculina, inesperadas alianzas con racistas-de-buen-fondo, y folk blandito amortiguando escenas de violencia policial.

“No pasa nada”, decimos. “Te perdono”, decimos. Porque nos relacionamos con las películas convirtiéndonos en consejeros y jueces de sus personajes. Y, a veces, solo a veces, pese a volar por los aires todo un cuartel, o quizás precisamente por ello, hay personajes que merecen un indulto. “Gracias por existir, Mildred”, decimos.

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