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"Yo pensaba qué bello es mi pueblo, qué rico es. No sabíamos que era la muerte"

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En Chiapas (México) ya han brotado 111 concesiones mineras en tierras colectivas. Un imperio de empresas adjudicadas en secreto a nombres de particulares que han dejado en la región asesinatos, ríos contaminados y enfermedades

astrid otal

21 Octubre 2017 06:00

Una minería, en Chiapas

El terremoto no les afectó. A unos pocos poblados de Chiapas, la sacudida fue solo un ligero temblor de tierra. En Acacoyagua, un municipio de campesinos agrupados en comunidades a lo largo de dos caudalosos ríos que bajan de una reserva natural, aparece gente con rabia y pena. Pero los que lo sienten lo hacen por otra razón.

A esos pueblos, de agricultores de café, mango o papaya, llegaron unos señores bien vestidos hace más de quince años. Les hablaron bonito: "como cuando uno anda hablando a la novia", recuerdan. Les prometieron hospitales, carreteras, un trabajo seguro. Les explicaron que querían abrir una mina.

En esa región, como en otras de México, las empresas gastan toda su labia. Son tierras colectivas. Fruto de la revolución mexicana, existen ejidos: territorios que dependen de quienes los habitan. Si una compañía quiere entrar, las asambleas lo tienen que permitir primero.

A pocos habitantes de los ejidos como Los Cacaos, La Libertad o Satélite Morelia les dice algo el nombre de Tristán Canales Reyna o Ricardo Salinas Pliego, ambos unidos por un lazo. El primero es dueño de al menos 22 de las 111 concesiones que han brotado en Chiapas. El segundo, un magnate que posee cuatro canales de televisión y un imperio de empresas bajo el Grupo Salinas. Su hija Ninfa Salinas, política del Partido Verde, recientemente le atestó una puñalada al país cuando más flojeaba.

Apenas días después del terremoto, mientras México tenía las casas despedazadas y se lloraban a las 331 víctimas mortales, los verdes y el PRI aprobaron en la Comisión de Medio Ambiente del Senado dos iniciativas que facilitaban la privatización de recursos naturales.

Muchos de los que viven en esos poblados no se han enterado. Los que tienen televisión hablan de que se anuncia que la minería significa progreso. Que no son buenos los que frenan las explotaciones. Acacoyagua, y Chiapas en general, es rica en plata, cobre, oro y sobre todo titanio, un metal que necesitan los móviles y la guerra.

I. Comparadores de conciencias

Manifestación en contra de la minería, Chiapas

A veces por las mañanas, en Acacoyagua, amanecen con panfletos colgados por las calles o metidos por debajo de las puertas. Cuenta Luis, un profesor jubilado, que en uno ponía que él era un vago porque no iba a trabajar cuando ya se había retirado. En otro, que un amigo suyo le había sido infiel a su esposa y que cómo se podía confiar en alguien que engaña a su mujer.

"Acá no importa que no sea verdad ni tenga nada que ver, solo buscan desprestigiar y dividirnos", nos relata el profesor en una conversación por teléfono.

Divididos están. Mientras Luis acampa en dos lugares en los que el Frente Popular en Defensa del Sonocusco ha cortado los caminos para impedir la entrada de camiones de una mina llamada El Puntal, un vecino transportista le amenaza con que se ande con ojo.

Los magnates que visitan a los campesinos les prometen hospitales y carreteras. Chiapas es rico es titanio, el metal de los móviles y la guerra

No son buenos tiempos. Los que se oponen saben que a la comunidad de Carrizalillo, más al norte, en el Estado de Guerrero, se le desalojó sin contemplaciones. Que en el pueblo de Chicomuselo, a tres horas y media en coche, unos tipos asesinaron de noche de un disparo por la espalda a Mariano Abarca en 2009. Lo hicieron vecinos empleados en la compañía minera canadiense Blackfire. Mariano, un albañil humilde de 51 años, llevaba tiempo protestando que la mina arruinaba el medioambiente.

"Detuvieron a varios trabajadores, pero no tocaron a los directivos de Blackfire", nos escribe Luis Abarca, uno de sus cuatro hijos. "Sabemos que fueron responsables y seguiremos luchando para que enjuicien a todos los responsables", añade.

En la tierra de Luis, el profesor jubilado, los señores de traje ya no convencen a todos y no llaman a todas las puertas, solo a unas cuantas. Visitan a los vecinos que fichan y les ofrecen una camioneta, una despensa o dinero. Los que pasan hambre son baratos. Les embaucan solo con asegurarles que les darán dos dólares americanos por cada tonelada de material en cuanto abran la minal. Su sudor vale 1,70 euros. Luis describe a los dueños de las mineras como compradores de conciencias.

II. La muerte lenta

Ya hubo una explotación antes que trajo desgracias. Existió mina Cristina, que abrió a principios de los dos mil arriba en la sierra, donde nacen los ríos. Se ubicó a unos dos kilómetros afuera de la reserva El Triunfo, parque natural de 119 mil hectáreas que cobija un bosque de niebla.

Su hermana se conoce como La Encrucijada, la reserva a los pies de la costa y llena de manglares que permiten la pesca. A ambas las separan 200 kilómetros y en medio se emplazan poblados. Con tanta lluvia que cae, las inundaciones se evitan porque los dos paisajes respiran a la par. Pero en El Triunfo hay al menos diez concesiones a mineras, que todavía no operan. Al director del parque Juan Carlos Castro, le llena de tristeza.

"Es el paraíso con increíbles especies protegidas que no se ven en otros lugares. Viven jaguares y bellas orquídeas", expresa. Descubrió que habían otorgado permisos pero nadie se lo dijo. A pesar de que están publicados en el boletín de la Gaceta, el delegado de la Secretaría de Medio Ambiente en Chiapas, Amado Ríos, se empeña en negarlo.


Mina Cristina lograron cerrarla después de diez años. Pero Juan Velasco, un doctor de la zona, ve desde hace tiempo males inusuales. Tuvo dos chicas muy jóvenes con fibroquistes en los ovarios. A demasiada gente con cáncer de hígado. A una señora "que parecía que le habían preparado para espantar". Ella, todo ronchas infectadas y costras, no se podía sentar, y así murió.

Registra qué le ocurre a la gente de Acacoyagua. Se pregunta por qué ahora los que tienen cáncer han pasado del 7% al 25%. Por qué acuden pacientes con tanta psoriasis, irritaciones, sarpullidos o abcesos. Por qué nadie investiga si nada de eso se sufría con tanta intensidad antes. Por qué él, que no es veterinario, es capaz de ver que es raro que a algunos perros machos les hayan crecido las mamas.

Reserva de la Biosfera El Triunfo

Las secuelas de mina Cristina persisten. Tumbó miles de árboles. Perecieron peces de los ríos, los mismos de los que bebe y se baña la población. Al final la mina logró extraer 140.000 toneladas de titanio. Los habitantes veían pasar los camiones con el material porque siempre atravesaban los pueblos.

"Yo pensaba qué bello es mi pueblo, qué rico es", rememora Nelson, un vecino de 55 años, en una conversación por teléfono. "Me sentía orgulloso y nos vendían maravillas. No sabíamos que era la muerte". Y esa no la quiere ni para su esposa ni sus cuatro hijos, por eso también acampa para bloquear los caminos a la nueva mina de El Puntal.

Conocer quién está detrás de las compañías mineras es una odisea. E igual de difícil resulta averiguar cómo y en base a qué criterios se adjudican los proyectos o el nombre de los funcionarios públicos involucrados. "Todas las huellas se borran y los expedientes solo pueden ser consultados a quienes acreditan interés jurídico. Al final, solo se saca un nombre que puede ser de la compañía o uno propio: como Diana Luna Hernández, María Cristina Canales Luna, Roberto Pardo o José Luis Pérez", nos relata Ana Ávila, investigadora mexicana que publicó Minería en México: impunidad, violaciones a derechos humanos, ecocidios y opacidad. Trabajó codo con codo con la organización Impunidad Cero para sacar a flote las injusticias.

No tienen nada que ver con El Puntal, dirigida por la compañía minera Grupo El Puntal S.A., pero Diana Luna y María Cristina Canales son esposa e hija del magnate Tristán Canales, aliado de Salinas. Dueños principales de las concesiones. Gente de traje y teles. Gente que viene a los poblados para hablar bonito y luego envenenar la tierra.

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