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Esta sí es una clase de liderazgo aplicada al mundo real

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Lo que aprendimos tras hablar con uno de los más míticos entrenadores de baloncesto

Ignacio Pato

02 Junio 2016 06:00

Hace semanas Pepu Hernández daba una clase de baloncesto. Fue noticia porque, por primera vez en más de 40 años, no le tocaba.

A causa de una enfermedad, al equipo en el que juegan sus dos hijas pequeñas le faltaba su entrenadora, y el reglamento es firme en este sentido: se da por perdido el partido al equipo por incomparecencia técnica. Sin embargo, el árbitro decidió que el partido se jugase sin validez para la clasificación, solo para no frenar la ilusión de las chicas. Faltaba, claro, un entrenador. Y ahí bajó de la grada uno: Pepu. Un campeón del mundo para dirigir a jugadoras de 13 años un sábado por la mañana en un pabellón de barrio en Madrid.

Pepu es uno de los protagonistas, también, del libro Prohibido gritar, en el que varias personalidades aportan sus impresiones acerca de la educación en el deporte. Hemos hablado con él y nos ha ofrecido algunas claves de cómo la cancha, a pesar de su complejidad, puede ser un gran aula. 

1. "Tranquilo, entrenador, lo entiendo perfectamente"

A Pepu Hernández su relación con el baloncesto le obligó desde el primer momento a aceptar una máxima: conocer las limitaciones propias. "A los 8 o 10 años tienes el sueño de que vas a ser muy bueno, de que vas a llegar al primer equipo… pero a los 15 te das cuenta de que la selección natural es inapelable", dice.

Cuenta que "los demás eran muy buenos, pero al igual que cuando pierdes a la primera novia puedes seguir vinculado a esa persona, yo tenía claro que quería seguir en el baloncesto". En 1974, con 16 años, Pepu ya estaba entrenando a chavales de 13 años en el Estudiantes.

"No me enteraba de nada y es una responsabilidad, porque a un chaval de 13 años no puedes enseñarle mal un gesto técnico. Pero lo primero que supe es que no quería ser un entrenador injusto con los chavales".

Y cuando Pepu dice injusto lo dice porque el baloncesto, como cualquier otro deporte de equipo, obliga al entrenador a tomar decisiones no siempre agradables. "'Dedícate a otra cosa porque no vales para esto' no es algo que haya tenido que decir, pero hay gente que puede estar en el equipo y gente que no", dice.

A veces ha tenido que dar explicaciones. Entonces recuerda que algún jugador, viendo que el entrenador no pasaba por un buen trago, le interrumpió con un 'tranquilo, Pepu, lo entiendo perfectamente'.

2. "He visto padres tomando estadísticas de su hijo en los entrenamientos"

Desde el primer momento, Pepu identificó uno de los aspectos más tóxicos de la formación deportiva. "A algún padre he tenido que decirle 'no vengas más al entrenamiento. Deja a tu hijo en paz'". Explica que él confía en la presión que uno mismo se autoimpone por mejorar su rendimiento, "pero la externa es antinatural".

"He visto padres tomando estadísticas de su hijo en los entrenamientos", cuenta. "Y padres que al llevar al chaval a casa le dicen 'pues Fulanito no te ha pasado el balón en el entrenamiento'".

Tampoco olvida lo que le ocurrió a un amigo suyo entrenando a chicos de 15 años: "El primer tiempo que tuvo que pedir en su vida fue para dirigirse a los padres que estaban en la grada insultando a los árbitros".

Hasta 1990, cuando se incorporó al primer equipo como segundo de Miguel Ángel Martín, son incontables los chavales que han pasado por las manos de Pepu en el Estudiantes. Quizá una de las claves para que el equipo madrileño se consolidase en ese tiempo como fábrica por excelencia del baloncesto español sea esta fórmula de Pepu:

"Hay entrenadores que si tienen un par de jugadores muy buenos en el equipo se concentran en ellos. Y no. Hay que entrenar a los 'malos' para que se acerquen a los 'buenos'. Los 'buenos' van a seguir adelante, seguro".

Por supuesto, sin esfuerzo no habría nada. Tanto el que pone uno como el que le oponen los demás. Para Pepu, "la competitividad es buena. Se puede dar el caso de que algún chico vaya jugando porque no encuentre oposición, y parece que va alcanzando objetivos, pero eso sería una mentira. Le faltaría el esfuerzo, que es de donde salen los buenos".

3. "El equipo es un organismo que acepta o rechaza jugadores"

De 1994 a 2005, Pepu fue el primer entrenador del Estudiantes. Con él, los colegiales ganaron una Copa del Rey y en 2004 fueron subcampeones de la Liga ACB. Hernández fue votado aquel año mejor entrenador por sus colegas de profesión.


A esas alturas, ya tenía un máster en abordar uno de los mayores retos de un entrenador: implicar a un colectivo de adultos y ser a la vez quien responda personalmente por él si los resultados no son buenos.

"He procurado que no me pasara, pero he tenido jugadores nocivos para el grupo. Si la exigencia del equipo es 8 y un jugador da 6, el equipo lo rechaza. El equipo es un organismo que acepta o rechaza jugadores", afirma.

"Algunos no se sienten cómodos jugando con según qué jugadores. Esto lo aprendí asistiendo a un maestro, a Ignacio Pinedo. Vi que al final del entrenamiento proponía que los jugadores eligiesen a sus compañeros para jugar el partidillo. Y estos, curiosamente, no siempre elegían a los mejores. Ese puede ser un buen método para localizar toxicididades en un vestuario", dice aconsejando a jóvenes entrenadores.

Otro truco lo descubrió Pepu en las ligas de verano estadounidenses: "antes podías fichar un jugador del que solo conocías cómo lo hacía en la cancha. En las ligas de verano aprendí a fijarme en cómo entrenaban y cómo era su comportamiento en el hotel".

Pepu sabe de las limitaciones de un entrenador. "Un fallo muy común es decir 'voy a fichar a ese jugador, que ya sé que ha tenido problemas con dos o tres entrenadores antes, pero yo voy a poder con él'. ¡Tú qué vas a poder!", exclama.

Reconoce, eso sí, que ha llegado a pactos con jugadores concretos. "'Si vienes, se acabó esto, esto y esto. Y si no funcionas, cortamos'".

4. "No me siento un domador de egos"

Como seleccionador español, Pepu tocó la gloria en el mundial de Japón 2006. Lo ganó con los Calderón, Navarro, Jiménez, Garbajosa, Reyes o Gasol.

"No me siento un domador de egos", sale al paso. Todo el mundo recuerda sus palabras en la celebración del título, desvelando que el secreto de todo estaba en una sola palabra: baloncesto. "En EEUU, por ejemplo, les gustan las historias individuales, pero nuestra sociedad es un poquito mejor en eso porque valora cada vez más el trabajo en equipo. Antes este era un país más de ciclistas o tenistas, pero después de ciertos éxitos colectivos ahora España también es un país de equipo.

En aquel equipo campeón del mundo, Sergio Rodríguez, el Chacho, irrumpió con fuerza con 3 triples en las semifinales contra Argentina. Con él tiene Pepu una de las anécdotas que le convierten en un entrenador que, como él mismo dice, también trata emociones. "Soy muy aficionado a los crucigramas y le dije a Sergio 'sabes que con las letras de tu nombre se forma la palabra riesgo, ¿no? Pues que lo sepas'", recuerda, aunque también dice que no son cosas que se hacen deliberadamente para ganarse al jugador.

Un equipo de élite no es asambleario, pero tampoco tiene por qué ser una dictadura. "A veces he dicho cosas en el vestuario para que surgiera el debate. Y si no ha surgido, me he sentido mal y he pensado 'esto les importa un bledo'".

En un equipo, asegura, ha de haber confianza para opinar. "Así tú también puedes explicarte mejor".

O rectificar. Lo ilustra con otro ejemplo de aquel mundial ganado. "En el partido contra Serbia propuse una forma determinada de defender el bloqueo directo. Y vi que las caras eran distintas. Pau me dijo si podíamos defenderlo de otra forma. Y así lo hicimos, el equipo consensuó la táctica. Yo no quería que lo hicieran como yo decía porque yo era el entrenador, sino porque crean que es lo mejor", cuenta.

5. "Nunca hemos estado enfadados más de un día"


A sus 58 años, tiene una máxima que va más allá de la cancha: que un problemilla no se convierta nunca en un problema. Esta debilidad por la comunicación ha sido un eje fundamental de su relación con talentos individuales como Herreros, Azofra, Vecina, Jiménez o Reyes. Con ellos ha podido discutir, "pero nunca hemos estado enfadados más de un día, la recuperación era inmediata".

Ni Pepu es perfecto, ni su manual es rígido.

Justo antes de la final del mundial, su padre falleció. "Decidí no decirles nada a los jugadores. Pensé que podía despistarles, había algunos que llevaban muchos años conmigo y había un afecto. Podía hacerles estar pendientes de mi, aunque eran muy profesionales", recuerda.

"Eso fue contradecir una de mis normas, la de la comunicación".

Ganaron.

Como en la vida misma, pocas victorias hay sin contradicción por el camino.

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