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Sports

Por qué la vida no es (afortunadamente) como le gustaría a Rafa Nadal

El tenista encara el 1-O con un discurso que dice huir de radicalismos y abrazar la moderación. Claro que, ¿es moderado reconocer haber trabajado desde los 6 años para ser el número 1? De las declaraciones de Nadal y de la situación frente al 1-O hay una cosa que queda clara: a veces, la única opción es la opción radical

Ignacio Pato

27 Septiembre 2017 16:18

Deberíamos poder votar con la cabeza y no con las tripas, dice un amigo que quizá vote y vote 'no'.

Anoche, en el show de No Te Metas En Política en Barcelona, el dúo Venga Monjas respondió a la pregunta de si referéndum-sí-o-referéndum-no comparando el Procés con "un colega que lleva meses diciendo que va a hacer balconing y ahora tiene delante un piscinón". Tiene que hacerse sí o sí.

En medio está Rafa Nadal.

El tenista sí parece haber encontrado hueco, estos días, para meditar. Y, por supuesto, lo suyo es un 'no' al balconing. Lo ha desarrollado en una entrevista larguísima en El Español en la que habla de todo y de nada a la vez.

Entrenar cinco horas es duro; renunciar a comer aceitunas difícil, lo complicado es adquirir la rutina. Podría ser uno de los destacados que sacar del texto, pero la chicha está sin duda en cómo ve Nadal, elevado a categoría de embajador de España a través de una raqueta, el 1-O.

El campeón empieza a hablar de los atentados terroristas de Barcelona y acaba hablando de los ultras de fútbol y del referendum catalán.

Preguntado por "el origen del conflicto de las cosas que ocurren en esos países", Nadal responde: "el origen del conflicto no lo sé y la solución tampoco, aunque hay algo evidente. El radicalismo crea problemas en todos los ámbitos de la vida. Hay veces que se confunden la emoción y la pasión con el fanatismo y el radicalismo. Se pueden vivir las cosas con emoción y pasión sin llegar a la radicalización. Ocurre en el tema del terrorismo, ha ocurrido en conflictos que hemos tenido antes en España, como con ETA en el País Vasco, y está ocurriendo ahora en Cataluña".

Supondremos que no quería endosarle 16 muertos al Procés.

Nadal reconoce que "la radicalización viene de las dos partes, no hay que hacer solo culpable a una de ellas. Siempre hay que tener la mente abierta para analizar las cosas y saber que cuando hay un problema no solo proviene de un lado. Es igual que cuando hay problemas en el mundo del fútbol con los aficionados que hacen auténticos desastres. (...) Lo que pasa en el fútbol no se puede separar del yihadismo o de Cataluña. Todo tiene un denominador común: el radicalismo".

Arreglado, pues. Y que no se vote, puesto que el camino hacia el referendum no ha podido ser otro para Nadal que el de la radicalización. El tenista prueba a hacerse una autozancadilla cuando dice "desgraciadamente mi opinión real del problema no puedo decirla en este mundo actual", solo dos semanas después de haber explicitado que "el referendum no debe producirse porque es como saltarse un semáforo en rojo".

Radicales deben ser siempre los otros. Pero ni siquiera en lo deportivo está el balear lejos del radicalismo.

Él se autodefine como "solo una persona que juega bien al tenis", pero ¿habría llegado donde está desde hace años sin una dosis de radicalismo? ¿Se queda en mera pasión no radical que si tu padre te ve despuntar de niño le ofrezca a tu tío centrarse en entrenarte y ganarse la vida con ello? ¿Es moderado que ese tío-entrenador reconozca que "desde que Rafael tenía 6 años quise hacerlo número 1"? ¿No son un reflejo deportivo de la obsesión meritocrática declaraciones como "me gusta ganar, pero lo que me encanta es el esfuerzo"? ¿O "la gente con falsa humildad tiene algo positivo porque saben perfectamente qué es lo correcto"? ¿No es un tic de elitismo liberal ese "la gente opina de algunas cosas desde el desconocimiento. Si todos nos exigiéramos más a nosotros mismos, en lugar de exigir tanto a los demás, el mundo iría mejor"?

Ver la vida así es el sueño húmedo de Thatcher, Aznar, Silicon Valley o La Caixa; de quien se aísla en el martirologio y desconfía de gestionar colectivamente los problemas políticos desde su raíz. O sea, desde el conflicto.

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