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Sports

Ego United: historia del boom del fútbol… para los que no les gusta el fútbol

Series. Moda. Canciones. Películas. Cómo un deporte equivocadamente despreciado por vulgar, cafre y despolitizado ha acabado conquistando el corazón de la cultura popular actual (y convertido en un negocio aún más rentable si cabe… fuera de los estadios)

Ignacio Pato

28 Marzo 2018 08:31

De las cinco grandes ligas —España, Inglaterra, Italia, Alemania y Francia—, cuatro están decididas en marzo. Como deja caer David Goldblatt, esto parece un reality malo. O sea, bueno para la industria: con todo decidido por arriba, los espectadores asistimos al ya prácticamente único suspense de cada campeonato: saber qué equipo de entre los más pobres baja; qué lastre suelta el sistema.

Como metáfora se parece bastante a la vida, con el añadido de que también nos tragamos la Champions, ese Club Bilderberg al que hay que reconocerle que nos haya conseguido empachar de BarçaChelseas, ManchesterBayerns o MadridJuves.

Aún así, cuanto peor es el producto —justo en el momento más hueco de una historia de un siglo y medio—, mayor es el número de camisetas y referencias que hay en pasarelas, pantallas y eventos aparentemente desconectados del fútbol.

¿Moda? ¿Democratización? Guay si no sonara más bien a intento de expolio un poco pijo.

¿Pero el fútbol no era la mierda…?

Todos lo hemos visto: esos enfados adultos contra adolescentes que llevan una camiseta de Metallica comprada en Zara. El prejuicio es doble: se infiere que la chica en cuestión no sabe nada de ese grupo y se da por sentado que Master of Puppets es un producto superior a cualquier cosa que ella escuche: seguramente Maluma o algo por el estilo. El edadismo y el sexismo —pudiendo incluso estar sintetizados ambos en la palabra niñata— son la guinda de un caso canónico de disparo hacia abajo.

Ocurre exactamente lo contrario con el fútbol. Ningún compañero de trabajo va a preguntarte si sabes quién es David Ginola si apareces por la oficina con un chándal del PSG. Prueba a decir que no sabes qué es un fuera de juego: obtendrás más explicaciones que risitas de superioridad. No nos importa que parezcas uno de los nuestros sin serlo.

Porque, ¿por qué ir pidiendo carnets de algo tan mayoritario como vulgar?

A los aficionados nos han repetido hasta la saciedad que eso que nos gusta tanto, ese juego nacido al calor de los centros de trabajo —y que desde el principio estuvo ligado al final de la jornada laboral de los obreros, pues los primeros partidos oficiales se jugaban solo cuando estos salían de las fábricas, los sábados al mediodía— está sobrevalorado ("once tíos en calzoncillos"), es un potencial peligro público (el fantasma de la masa) y además es opio desmovilizador porque ya se sabe que los gobiernos solo hacen el mal cuando tú estás viendo partidos de la copa del mundo.

Total: que élites conservadoras y teóricos del cambio social —sí, los intelectuales de izquierdas— han coincidido en lo mismo: el fútbol es mierda. A unos se lo hemos hecho pagar atemorizándoles de vez en cuando, y a los otros divorciándonos de ellos por su abandono de las raíces culturales de la clase trabajadora.

¿Lo bueno? Que ningún productor, músico o diseñador relativamente ajeno a ello, siempre y cuando estuviera en sus cabales y no quisiera dinamitar su carrera, se ha sentido tentado de monetizar el fútbol.

Hasta hace muy poco.

Bienvenidos al fútbol para quien no le gusta el fútbol.

Ego United, oé oé

Concretamente de un par de años a aquí. Hace dos ediciones de Madrid Fashion Week, David Delfín presentó una colección inspirada en el fútbol a base de bufandas con su nombre y simbología de la selección española. Ese verano, Dolce & Gabbana montó en el centro de Nápoles un desfile en el que una modelo llevaba un balón en la mano y vestía camiseta con un azul parecido al del equipo de la ciudad. También llevaba el número y nombre de Maradona. Les salió regular: acabaron demandados por el argentino. Aquello tenía poco que ver con la identidad del Napoli. Como la la diferencia que media entre el origen de la imagen de los diseñadores en stencils tipo Banksy que apareció esos días en la ciudad, y el más conocido de los murales napolitanos: el que tiene Maradona en los Quartieri Spagnoli gracias a una colecta popular nada más ganar el Scudetto de 1990.

La apuesta de Dolce & Gabbana era bastante obvia: intentaba sacar provecho de un triángulo formado por un jugador, un equipo y una ciudad con una fuerte personalidad.

Después de aquello vimos a Koché customizando la camiseta del PSG en la última Fashion Week de París, la unión de Palace con Umbro y a Donatella Versace vestida del Versace FC. También hemos llegado a leer que "se lleva el look hooligan" y sabemos que Instagram rebosa de posados lánguidos pretendidamente futbolísticos. En realidad, quien con más ganas le ha dado a la estética futbolera en la pasarela ha sido el director creativo de Balenciaga —firma que tiene una línea Balenciagoal— y fundador de Vetements: Demna Gvasalia, el mismo que ha revendido bolsas de Ikea que valen 50 céntimos a 1.700 euros, o las que usan en Tailanda también para comprar, y que cuestan 2 euros, a 2.300. Gvasalia ha sentado las bases de la relación moda-fútbol a través de las bufandas. El contenido de estas prendas pasadas por el director creativo, por cierto, eran emojis que se vendían a 560 euros.

Por ahí hemos visto también bufandas de Stella McCartney, Kenzo, Moschino o Gosha Rubchinskiy, al que recientemente ha fichado Adidas. Las de la firma milanesa Sansovino incorporan mensajes como "Resiste", "Somos todos migrantes" o "Levántate por la libertad".

Bufandas, sí.

El objeto posiblemente más sucio y sagrado que tiene un aficionado, si tenemos en cuenta que muchas de las que ondean en cada estadio son regalos de padres o incluso de abuelos con décadas de uso. Bufandas descontextualizadas, convertidas en una prenda de moda desprovista de su sentido: el nombre y colores de tu equipo. Algunas se venden en tiendas no-tan-exclusivas como Urban Outfitters, otras llevan las caras de Napoleón y Josefina y la mayoría son directamente un egotrip del autor sobre lana con flecos. Alexa Chung, diseñadora británica formada en el King's College de Londres (una universidad con 12 premios Nobel en su haber) sacó estas navidades a la venta una bufanda de edición limitada que ponía... Alexa Chung. Precio: 105 euros.

Aquí cerca, el (t)rapero Dellafuente, por ejemplo, ha recogido el testigo con su línea de ropa Fútbol Club con La Ti Go y Nike que ha presentado incluso simulando una rueda de prensa de un entrenador. No es el único caso de beats futboleros. O de intento de.

Guía para distinguir entre el Bien y el Mal

Kanye West y Drake lo han intentado. El primero, fusilando un logo noventero de una escuela de fútbol para su marca Calabasas. La relación de Drake con el fútbol, en cambio, parece un poco más interesante: amigo de Drogba y de Pogba, el canadiense se ha dejado ver en Stamford Bridge o con la camiseta rosa de la Juventus, a juego, claro, con el color de sus gafas de sol. Se le ha visto también con ropa del United, del City o del Chelsea y fotografiándose con Sturridge o Balotelli, pero lo más curioso es su relación casi enfermiza con Stone Island, una marca fetiche de la subcultura casual británica de los ochenta. Durante todas las fechas británicas de su última gira, Drake vistió Stone Island en el escenario, y ha colgado fotos con el jefe de la marca Carlo Rivetti.

En cierto modo, se trata de una apropiación cool de una apropiación obrera: Stone Island, antes de ser codiciada entre la working class británica junto a marcas como Fila, Ellesse o Tacchini, la pusieron de moda los pijos italianos de Milán de principios de los ochenta, un pseudomovimiento conocido como I Paninari, lo que básicamente consistía en bienestantes, hijos de papá con casa en los Alpes obsesionados con la moda, viajar a Nueva York, las motos, el synth pop y las hamburguesas con toda la energía con la que despreciaban la política y el fútbol.

Precisamente Italia es el lugar en el que este proceso de coolización del fútbol esté dando resultados más honestos, por una triple vía. De la semiótica napolitanista de Liberato ya hemos hablado con anterioridad, y en los últimos días ha aparecido incluso un rap dedicado a Maurizio Sarri. Por otro lado, Dark Polo Gang son una especie de remedo de Pxxr Gvng a lo romanista. A su squadra le han copiado hasta el logo y se graban clips en el Stadio Olimpico. Paolo Sorrentino, por su parte, además de dedicar su Oscar por La Gran Belleza a Maradona, ha creado en su serie The Young Pope un personaje futbolero como solo puede hacerlo alguien que de verdad ame este deporte: el cardenal Voiello. Un secretario de Estado que se pasea vestido del Napoli por el Vaticano y que tiene a Hamsik o Insigne de funda de móvil. El personaje de ficción cuenta con el beneplácito de los verdaderos aficionados del equipo, que le dedicaron la pancarta "Cardenal Voiello, uno de nosotros".

Voiello está bastante más conseguido que la instrumentalización del Olympique de Marsella en la serie de Netflix que lleva el nombre de esa ciudad. No es ningún spoiler: justo al comienzo del primer capítulo, el alcalde Depardieu se pone una raya de farlopa en el mismísimo estadio Vélodrome, sale a la grada y dice "Joder, adoro esta ciudad", mientras el grito de la afición sirve para mantener la atención del espectador. Una manera poco sutil de situar la acción de una trama en la que además el fútbol no pinta nada. Sobre el rival parisino no vamos a descubrir a estas alturas a MHD, pero sí vamos a recordar que la camiseta del PSG también ha recibido millones de views en vídeos de PNL o de Sofiane. La joya francesa, sin embargo, es Alrima. El fútbol encaja perfecto en varios de los hits del provenzal: Claquettes chaussettes, barbacoa de barrio con camiseta del Palestino chileno y Tahia Maghreb, himno oficioso para el mundial de la selección de Marruecos, el país de origen de Alrima.

El mundial, por supuesto, también está trayendo alguna que otra novedad. El británico Skepta haciendo promo de la nueva camiseta de Nigeria representa la menos problemática. La negativa de la federación en el último momento a que el rapero Damso el más streameado del país hiciera el himno de la selección belga por las protestas contra sus letras machistas representa el lado más hiperrealista de esta unión entre fútbol y coolness.

De letras machistas sabe un rato el madrileño Costa, pero hay que reconocer que su afrotrapero himno al Real Madriz está hecho con sinceridad. La misma influencia musical y deportiva tiene la música de Afro Juice 195. Prácticamente, en todos los temas de los de Fuenlabrada hay referencias y camisetas, muchas camisetas, de fútbol. Ninguno alcanza eso sí el nivel de Dheformer Galinier, que además renueva lo que ya sabíamos con disco publicado hace unas horas.

Como él dice, "la pena siempre aparecerá en un mal momento, como meterte un gol en propia puerta en tiempo de descuento". Si no lo pillas, te lo explicamos otro día.

política fútbol sociología economía

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