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El caso del exespía envenenado demuestra solo una cosa: la reputación de Rusia ha tocado fondo

Occidente señala con el dedo al Kremlin como culpable del ataque sin que aún se haya producido ninguna detención. Pero, ¿por qué nos hemos creído todos la acusación tan rápido?

Margaryta Yakovenko

16 Marzo 2018 19:12

Las máscaras de gas están pasadas de moda desde la Segunda Guerra Mundial. Hacía más de 70 años que por Europa no se extendían efluvios de armas químicas. De hecho, creíamos que en el 97 todos los países habían destruido sus agentes químicos tras haber firmado 4 años antes la Convención sobre Armas Químicas ante la ONU.

Hasta que de pronto, la pizzería Zizzi, un establecimiento parte de una cadena de restaurantes de comida italiana, se convirtió hace dos semanas en el escenario de un atentado tóxico. Probablemente a ninguno de los 60.000 habitantes de la británica ciudad de Salisbury se les había pasado por la cabeza que en uno de estos restaurantes tan poco glamuroso se podrían haber topado con uno de los agentes químicos más letales creados jamás por el hombre. Probablemente, nadie lo hubiera creído cierto menos Serguéi Skripal, la principal víctima del veneno.

El pasado 4 de marzo, Skripal fue descubierto junto a su hija Yulia en un banco de la pequeña ciudad inglesa en estado catatónico. El agente de policía que vino por el aviso empezó a sentirse mal en cuanto tocó a la pareja. Los tres fueron llevados al hospital y solo él se encuentra consciente.

Tras las primeras investigaciones, se descubrió que Skripal, excoronel de la Dirección Principal de Inteligencia de Rusia y exespía de doble vida del M16 británico, y su hija habían sido envenenados con un agente químico llamado Novichok. En cuanto se supo que Novichok era el culpable, todos los dedos apuntaron al Kremlin. Resulta que esta toxina nerviosa es un agente binario, es decir que para que sea efectivo se deben combinar dos componentes que se encuentran por separado y se mezclan justo antes de su uso, que fue desarrollado en los últimos años de la Unión Soviética como parte de un programa secreto. Según Vil Mirzayánov, un químico militar que trabajó durante la URSS, su potencia es 5 veces superior al gas VX estadounidense y “está diseñado para producir daños irreparables e incurables”.

Las últimas teorías de la policía se apoyan en que un poquito de Novichok llegó a Skripal a través de su propia hija que viajó desde Rusia para visitar a su padre en Reino Unido. Piensan que estaría oculto en la maleta en alguno de sus cosméticos, su perfume o impregnando su ropa. Es decir, que habría sido puesto deliberadamente allí para intoxicar a los Skripal y que no se toparon con él por casualidad mientras comían una pizza de pepperoni.

Pero, si el compuesto fue puesto allí, ¿quién fue el encargado de hacerlo? La primera ministra británica, Theresa May, tiene la certeza de que fue el propio Gobierno ruso el que ordenó el ataque e intento de asesinato del exespía. Francia, Alemania y EEUU apoyan su versión. Boris Johnson, ministro de Exteriores británico, va incluso más allá que su jefa y sostiene que fue el mismísimo Putin el que decidió que Skripal y su hija debían ser envenenados.

Por supuesto, las reacciones diplomáticas no se han hecho esperar. May expulsaba el miércoles a 23 diplomáticos rusos de Reino Unido considerándolos “agentes de inteligencia no declarados”, aseguraba que ninguna delegación británica viajaría al mundial de Fútbol de Rusia y también rescindía la invitación del ministro de Exteriores ruso Serguéi Lavrov que debía viajar a Londres en las próximas semanas en una visita política.

24 horas más tarde, el propio Lavrov tachaba las medidas de “inaceptables, injustificadas y de poca visión” y declaraba que Rusia también expulsaría de su país a los diplomáticos británicos “pronto”. Los medios por su puesto ya han echado mano del tremendismo y hablan de vuelta a la Guerra Fría.

Aún así, el desconcierto persiste. Los medios del régimen rusos o cercanos a él, se apoyan en la versión de que no tendría ningún sentido realizar un atentado altamente letal contra un exagente ruso a solo unos días de las elecciones en Rusia y de la celebración del mundial de fútbol. Todos los ojos ya están puestos en el país, ¿de verdad se necesitaba este extra de atención?, ¿este rechazo de la comunidad internacional?, ¿esta exclusión de los círculos de la diplomacia mundial?

Además, Skripal hace mucho tiempo que dejó de ser un blanco interesante para Rusia. En 2004 el Servicio de Inteligencia Ruso (FSB) descubrió que trabajaba con el Servicio de Inteligencia Británico comerciando con información comprometida. En 2006 el Tribunal Militar del Distrito de Moscú le condenó a 13 años de cárcel en una prisión de alta seguridad por alta traición. La pena no fue demasiado alta por lo que podemos intuir que Skripal no reveló demasiados secretos de la Madre Patria.

De todas maneras, Skripal solo pasó 4 años en la cárcel: en 2010 recibió el perdón de Dmitriy Medvedev, entonces presidente, y fue intercambiado junto con otros 3 presos más por 10 espías rusos arrestados por el FBI. Skripal pidió asilo en Reino Unido y allí le dieron la nacionalidad británica y su caso quedó olvidado. Julia Latynina, periodista de Novaya Gazeta se preguntaba en una reciente columna: “Perdón por el cinismo, pero si el daño que hizo fue tan inaceptable, ¿por qué le dieron solo 13 años? ¿Por qué lo cambiaron?”. Algo parecido esgrime el periodista Victor Loshak en el medio Kommersant: “Matar a un anciano, e incluso a su hija, es una especie de barbarie escandalosa. Si tal y como dice May las autoridades quisieron ajustar cuentas con el traidor, lo pudieron hacer durante todos los años del proceso judicial, el tribunal, y finalmente los años que Skripal pasó en prisión”. El político demócrata Gennady Gudkov tampoco logra encontrar lógica al asunto. “Mi cerebro se niega a construir la lógica de lo que realmente ocurrió en Salisbury” escribe para el Eco de Moscú.

Culpable Rusia o no, el asunto nos arroja directamente dos conclusiones a la cara. La primera, si realmente el Kremlin está detrás del ataque, quizá haya intentado autovictimizarse como país para poder aislarse aún más de Occidente y recurrir al famoso discurso ruso de: “ellos nos atacan con sus acusaciones, ahora tenemos que defendernos”, muy popular cuando se trata de ganar popularidad entre los ciudadanos.

Si el Kremlin no tiene nada que ver con el tema, la sensación es que ya no importa. La dialéctica ha alcanzado cuotas máximas de agresividad, las relaciones están interrumpidas. Da igual Putin que marque una y otra vez el número de Occidente en el teléfono rojo, al final de la línea solo suena el pitido de comunicando.

Si el Kremlin no tiene nada que ver con el tema, la sensación es que ya no importa. La dialéctica ha alcanzado cuotas máximas de agresividad, las relaciones están interrumpidas. Da igual Putin que marque una y otra vez el número de Occidente en el teléfono rojo, al final de la línea solo suena el pitido de comunicando.

El hecho de que May diera este martes un ultimátum de dos opciones a Rusia —Skripal ha sido envenenado con un compuesto rus,o así que o habéis sido vosotros o no tenés la suficiente capacidad de mantener vuestra basura tóxica lejos del alcance de cualquiera— evidencia que Rusia es culpable sea como sea. Putin se ha sentido acorralado y por eso no ha querido contestar. Pero Occidente, sin tener más pruebas que esas dos acusaciones, se ha creído el discurso de May. Nada disparatado si tenemos en cuenta el historial de Rusia: elecciones reventadas, otros exespías envenenados, dopaje colectivo en el deporte, trolls rusos difundiendo información falsa...

Sea el Kremlin culpable o no, la conclusión es clara: la reputación rusa ha tocado fondo.

rusia skripal kremlin occidente putin

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