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Parecer izquierda: primer paso de la Internacional facha

¿Pueden un par de ultraderechistas reunirse en un sindicato, hablar de derecho al trabajo y de acabar con la precariedad y las élites y seguir siendo un par de ultraderechistas? PUEDEN

Ignacio Pato

09 Octubre 2018 11:33

Una de las certezas sobre la actual extrema derecha es que, muy a grandes rasgos, hay una más tosca y otra más camaleónica.

Por un lado está Jair Bolsonaro celebrando la victoria en la primera vuelta de Brasil con un "Hasta la victoria... si Dios quiere" haciendo casi un meme evangélico y ultra de la frase de Ernesto Che Guevara en el 51º aniversario de su asesinato.

Por otro, en el mismo día, Matteo Salvini y Marine Le Pen teniendo su particular cita facha en Roma. Hay sintonía.

Hay un plan. Salvini y Le Pen lo cuentan desde un sitio elegido al milímetro. Doblemente. Desde una sala en la calle donde apareció el cadáver de Aldo Moro. Las Brigadas Rojas lo dejaron allí porque estaba a mitad de camino entre las sedes de la Democracia Cristiana y el Partido Comunista, los dos artífices del "compromiso histórico" italiano. Salvini y Le Pen, al asalto del statu quo europeo según su retórica, hablaron ayer desde la sede de la Unione Generale del Lavoro. Un sindicato cercano desde su fundación a la derecha y últimamente en concreto a la Lega. Un sindicato que reconoce en su autodefinición que aspira a "superar la concepción política de las clases sociales y sus consecuencias ideológicas". En otras palabras, que bebe del Estado corporativo del fascismo clásico como freno vertical de las luchas de los trabajadores.

El mensaje es, citamos: "Marine y yo estamos recogiendo el legado social de la izquierda, que traicionó sus valores. Defendemos al precario que la izquierda ha olvidado". En el punto de mira no tienen ya al resto de las derechas, sino al centro-izquierda mainstream de sus países: el Partido Socialista francés y el Partito Democratico italiano, donde, dicen ya "hay más banqueros que obreros".

La acusación gira 180º. Acabado el verano y comenzada la temporada de debate socioeconómico más gris, el migrante o el islam ceden el testigo a las élites europeas apoltronadas en un búnker. Es otra referencia que vuelve a colocarles, en el imaginario colectivo, como luchadores contra un orden tirano y aislado a partes iguales. Ya sabemos dónde acabó Hitler. “Los enemigos de Europa están en el búnker de Bruselas. Son Juncker y Moscovici. Han traído precariedad y pobreza y se aferran a su poltrona. Estamos tratando de devolver prosperidad a 500 millones de europeos”, han dicho Salvini y Le Pen.

El discurso social y antimercados tendrá que ser perfeccionado por dos partidos acusados de no tener propuestas económicas reales y de ser todavía demasiado ambiguos e incluso diferentes entre sí en la materia. De hecho han reconocido haber hablado más de estas cuestiones, en este encuentro, que de seguridad e inmigración, donde chapoteando en la xenofobia se entienden bien. En materia económica, el exFN -ahora Agrupación Nacional- defiende posiciones más proteccionistas que la Lega (exNorte) y parece llevar la iniciativa en este viaje social, a pesar de que Salvini sea ahora mismo mucho mejor cabeza de cartel.

Hablan de devolver el trabajo al centro del debate europeo al mismo nivel que el control de las fronteras o la familia. De afrontar el choque entre la economía real y la virtual. De vigilar tratados que benefician a las transacciones financieras pero perjudican a los productores, pescadores y comerciales. De una Europa que no sea esclava de déficits -Italia ya ha empezado a sondear la ruptura del déficit presupuestario- y macroeconomía fijada por tecnócratas a cientos de kilómetros de cada órgano de decisión nacional.

Ahorrar donde se puede ahorrar, pero no en derechos sociales, literalmente se ha escuchado en un acto que ha servido para presentar para las elecciones europeas de mayo un frente común. Uno que ya no se conforma con no parecer la derecha de la derecha, sino que comienza a sacar el codo izquierdo.

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