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"No soy racista, pero no cabemos todos"

Así consigue la extrema derecha vender su racismo como positivo y necesario para la clase trabajadora

Ignacio Pato

21 Septiembre 2018 11:22

Nicolas Bay es uno de los pesos pesados del Frente Nacional. Además de ser actualmente europarlamentario, ha sido secretario general del partido y portavoz de la campaña de Marine Le Pen en 2012. Precisamente es en torno a esa fecha cuando el partido de ultraderecha vio claro que en el giro al proteccionismo económico se abría una autopista de crecimiento político. De Bay es la frase "lo social no es el socialismo" y, efectivamente, el mensaje del FN -ahora renombrado por el más propositivo Agrupación Nacional- se ha basado últimamente en prometer un Estado fuerte, más gasto público, más presencia del Banque de France, tasas a las importaciones, relajación de impuestos a las clases medias-bajas o mejores pensiones lejos de un liberalismo que, según ellos -y aunque Francia tenga el porcentaje más alto en aportación del sector público de la UE- solo traiga deuda externa y paro.

¿En su punto de mira retórico? Las élites y la gula de los especuladores. Hasta aquí no mucho que lo diferencie de un programa socialista clásico lanzado a por la confianza de la clase trabajadora.

Pero para ensanchar los apoyos, la etiqueta de partido xenófobo y deudor del pasado estorba.

El gran esfuerzo del antes-conocido-como-FN ha estado dirigido a quitarse la etiqueta de partido racista. Y de hecho haciéndolo es como se ha sentido últimamente más cómodo. Más cómodo, claramente, que detallando su programa económico, tildado a menudo de poco realista.

'Racismo antifrancés' y 'anticapitalismo'. La aportación del Frente Nacional

La pregunta más concreta es ¿cómo ha configurado el populismo francés de derecha la figura del migrante?

Un buen punto de partida lo tenemos en su postura contra el sindicalismo. Citemos a Marine Le Pen: "los sindicatos no defienden a los trabajadores, sino sus propios cargos". Descalificación del rival + autocumplido -ella y su partido sí los defienden de verdad- repetido varias veces igual a expropiación ideológica. A girar la tortilla.

Con los migrantes la estrategia es parecida y a la vez doble. Por un lado, el ex-FN ha tratado de resignificar el término racismo. Para ello han recuperado una vieja baza, una que a Jean-Marie Le Pen nunca le acabó de salir bien: el "racismo antifrancés".

El pretendidamente modernizado partido de su hija Marine ha ido aún más allá. El "racismo antifrancés" y "antiblanco" que en el 86 usaba el ahora denostado patriarca para instrumentalizar la muerte de un chico se ha usado ahora incluso para atacar a la ministra de Cultura por decir que el sector audiovisual nacional estaba monopolizado por hombres blancos de 50 años. Que la ministra sea francesa -y blanca- no ha sido obstáculo para acusarla de racismo antifrancés. Una medida del éxito del término es que François Fillon, el candidato de Los Republicanos, acabó usándolo en la campaña del año pasado.

La segunda estrategia para positivizar el racismo ha tenido mucho que ver con la postura antielitista que tanto rédito ha dado a la ultraderecha en época de crisis de viejos partidos. Marine Le Pen lleva siete años hablándole a lo que ella llama literalmente "los invisibles", pero ¿cómo combinar la dureza en la frontera con una pose anticapitalista?.

Quizá pocos momentos más simbólicos que el discurso de Marine Le Pen el 1 de Mayo de hace tres años. La ocasión, la Fiesta de Juana de Arco, una tradición centenaria que se celebra el segundo domingo de cada mes y que ha sido fácilmente tomada por el ultranacionalismo. El Frente Nacional decidió hace tres décadas que participaría en el evento el 1 de Mayo, haciéndolo coincidir con el Día Internacional del Trabajador y la Trabajadora para "acabar con el monopolio sindical-izquierdista de la fecha".

En la edición de 2015, dijo que "la UE fomenta la inmigración masiva tanto por cuestión de ideología como por interés", porque está "al servicio de los poderes económicos y de la gran patronal que siempre lo han reclamado [así] para hacer presión de los salarios a la baja". Un poco después, afirmaba que si Juncker había pedido abrir las puertas para evitar que los migrantes entrasen por las ventanas, eso era como reconocer que si eres incapaz de hacer respetar la ley hay que suprimir la ley. Y si morían personas cruzando el Mediterráneo, la culpa era, según Le Pen, de los gobiernos europeos que acabaron con el régimen libio desestabilizando medio continente africano.

Es la línea que seguía Davy Rodriguez, responsable del grupo de trabajo del Frente Nacional en el Instituto de Estudios Políticos de París diciéndole a este mismo medio hace un año, en plenas presidenciales, que "la inmigración en Francia ha sido una estrategia de la patronal de tener gente a la que pueda pagar menos, y también es una forma de acabar con los sindicatos revolucionarios porque a los inmigrantes los inscribían en sindicatos amarillos".

Y esa es también la línea que ha llegado a comprar Jean-Luc Mélenchon cuando dice que deben "avergonzarse aquellos que organizan la inmigración con tratados de libre comercio y quienes la usan para bajar los sueldos".

Margaret Thatcher, preguntada por su mayor logro político, respondió "Tony Blair y el nuevo laborismo". Quizá sea exagerado decir lo mismo de Le Pen y Mélenchon, de momento. Al menos teniendo en cuenta el bagaje identitario del Partido Comunista Francés. Su secretario general durante un cuarto de siglo, Georges Marchais, decía en 1981 -el año en que el PCF entró al gobierno Mitterrand con cuatro ministerios y veinte años antes de la declaración de Thatcher- que había que "parar la inmigración oficial y la clandestina. Es inadmisible dejar entrar nuevos trabajadores inmigrantes en Francia, mientras nuestro país cuenta con 2 millones de parados franceses e inmigrantes".

Alemania: "por la seguridad y contra los desagradecidos"

La posición de Mélenchon, que ha tenido que matizar por su ambigüedad, no dista de la del nuevo movimiento alemán Aufstehen, En Pie. Una pseudorefundación personalista -con Sahra Wagenknecht a la cabeza- de Die Linke con un discurso que critica lo que ellos llaman "cultura de bienvenida sin límites".

La principal novedad -y la que ha desatado más debate- es que Aufstehen se posiciona contra la apertura de fronteras porque según ellos eso significa "mayor competitividad por malos salarios". Si escuchásemos el discurso de los alemanes y el del Frente Nacional sin más pistas que las palabras, sería difícil adivinar quién dice cada cosa. "Tenemos una situación absurda cuando los ganadores del neoliberalismo le dicen a los perdedores que deben ser más humanos", afirma uno de los fundadores del movimiento.

Aufstehen, como hemos explicado aquí, quiere ser una reacción. Por un lado, una reacción al pulso de la calle tras manifestaciones xenófobas masivas como la última de Chemnitz, pero también con el eco de la indignación en la opinión pública tras el caso de los abusos sexuales de nochevieja 2015-16 en Colonia, atribuidas en un principio, por la ultraderecha, al colectivo de personas refugiadas en su totalidad. Tras ambos hechos el partido que capitaliza la xenofobia, Alternativa por Alemania (AfD), subió en las encuestas. En la última, de YouGov, hace menos de un mes y tras Chemnitz, AfD trepa del 12,6% de las últimas elecciones hasta el 17%, su máximo histórico.

Y aunque la fundadora y exlíder de AfD Frauke Petry ha recibido con entusiasmo a Aufstehen, es precisamente a AfD a quien Aufstehen quiere arrebatarle votantes. Especialmente los concentrados en la antigua Alemania Oriental. Allí el discurso social de AfD cala: es el segundo partido más votado, por delante de los socialdemócratas, con una media de un 20%, y en el länder de Sajonia son los primeros con un 27%. Los resultados, y el hecho de que Sajonia sea uno de los estados con menos tasa de inmigración de Alemania, tiran por la tierra la idea de que el voto racista sea resultado de una situación insostenible real. Más bien parece tratarse de un, por así decirlo, voto preventivo. Ya no hace falta tener al lado al rival para repudiarle. Y eso tiene que ver con la resignificación del odio al diferente por parte de la ultraderecha alemana.

Como en el caso francés, en el imaginario de AfD el rechazo al extranjero se asocia a factores positivos. Uno es la recuperación de la seguridad -como definen en Minaretes de la discordia Patrick Haenni y Stephane Lathion, la islamofobia ha emergido como una especie de nuevo cordón sanitario a la manera del anticomunismo en el siglo XX- pero otros tienen que ver con la recuperación de un orgullo nacional perdido. Ahí se inscriben los intentos de AfD de hacer pasar por débil a la Alemania multikulti que la mismísima Angela Merkel dio por fracasada. La selección de fútbol -y todo el poder mediático que conlleva su utilización en un país cuatro veces campeón del mundo- ha sido uno de los vehículos preferidos por AfD para denigrar no ya a los no-alemanes, sino a los no-blancos. Que Alexander Gauland, número 2 del partido, dijese que nadie querría como vecino a Boateng, jugador negro de la selección, queda en anécdota comparado con la fijación de AfD por rentabilizar los últimos fracasos de la Mannschäft. Tras las eliminación de la Euro'16, la diputada Beatrix von Storch dijo que hubiera sido mejor que jugase la selección nacional, criticando la presencia de jugadores no blancos como el propio Boateng, Emre Can, Khedira u Özil. Alguien le contestó a von Storch que ese equipo del que hablaba había perdido la segunda guerra mundial.

En el último mundial, AfD volvió a la carga. Tras la eliminación de Alemania, la tomaron con Özil y Gündogan, hijos de turcos, que "deberían liberar dos puestos en el equipo nacional para dos jugadores que rinden menos homenajes al presidente turco que a la patria alemana". No les perdonaban su foto con Erdogan un poco antes de la copa del mundo, pero el subtexto no es diferente al del Frente Nacional cuando le espeta a Benzema que juegue con Argelia si Francia no le gusta: estos inmigrantes, o hijos de inmigrantes, se han aprovechado de las oportunidades que da este país, han prosperado enormemente, y solo muestran desapego a la nación. De nuevo, un cóctel de xenofobia antielitista listo para consumo popular.

Del delirio al estrellato social media: el caso de la Italia de Salvini

Pero es la Lega, mucho más que los nacionalistas franceses y alemanes, los que están recogiendo los frutos inmediatos de la modernización del discurso. El partido viene de una dirección completamente delirante, la del convicto Umberto Bossi durante la etapa padana y complotista del partido. "El proyecto mundialista americano está claro: quieren traer 20 millones de extracomunitarios, quieren destruir la idea misma de Europa garantizando sus intereses a través de la globalización de los banqueros hebreos y la sociedad multirracial", decía Bossi en un mítin en el 99 cuando hablaba del "capitalismo social" que según él gozaban Padania, Baviera o Austria. "No pasarán aunque usen armas potentes como la droga y la televisión. Basta mirar a Kosovo: si tiran contra Belgrado es porque Kosovo es la principal fábrica de heroína del mundo".

La globalización no la pudieron parar, pero hoy Matteo Salvini no es solo el ministro de Interior italiano. Hace solo unos días Marine Le Pen llamaba, usando la imagen y el nombre del leghista, a formar una especie de "Internacional de las Naciones". Los datos no mienten: Salvini, según un sondeo de La Repubblica, ha subido 8 puntos porcentuales de popularidad tras sus 100 primeros días de gobierno.

Pero, ¿cómo ha hecho mainstream su discurso antiinmigración el partido más votado de Italia, el que hoy cogobierna un país con una constitución que prohíbe el fascismo?

Salvini no es ningún intelectual. De hecho -él, pero también grupos ultraderechistas como CasaPound por boca de su fundador- cita mal a Marx en documentos internos cuando afirma que "el trabajo a bajo coste resultante de la inmigración incontrolada nutre el ejército industrial de reserva", usando un concepto con el que el marxismo designaba precisamente a los desempleados que el capitalismo utiliza para producir en fases de expansión. No eran los inmigrantes, sobre quienes Marx advertía, a propósito de los irlandeses en Inglaterra- que eran y serían "instrumentalizados por los capitalistas" para enfrentar a unos obreros contra otros.

A Salvini, en el país que más sobreestima la presencia de migrantes -según Eurostat, los italianos creen que hay un 24% pero en realidad es un 7%- le favorecen varios factores. El primero es la legitimidad que Berlusconi le dio incluyéndola en su gobierno de 2008. Pero a esa validación institucional tenía que seguirle una más de opinión pública, que la Liga consigue, tal y como indicaba el politólogo Lorenzo Gabrielli a PlayGround, fijar el frame del debate: de qué se va a hablar y en qué términos se va a hablar de ello. Para eso Salvini cuenta desde su primer día en el gobierno con un equipo de comunicación espléndidamente pagado que presenta al autodenominado Il Capitano como el garante de la justicia en las calles italianas.

Las medidas concretas son menos que las declaraciones o bombardeo de tuits sobre crímenes cometidos por extranjeros en Italia, que le sirven a Salvini para deformar la realidad a la vez que recoge los frutos de que este agosto haya habido un 65% menos de llegadas de migrantes -es decir, de potenciales causantes de problemas y de miembros de su peculiar interpretación de ejército industrial de reserva- que en el mismo mes del año pasado.

Uno de los recientes casos turbios en torno a Salvini -el último ha sido la decisión judicial de que la Lega pueda devolver a plazos los 49 millones que debe al Estado por corrupción- se produjo cuando el ministro, hace dos semanas, abría en uno de sus directos en Facebook la carta en la que la Fiscalía de Palermo le imputaba por secuestro de personas por impedir desembarcar en Sicilia un barco con cerca de doscientos migrantes.

“Esto no pasa todos los días. ¿lo abrimos juntos?”, decía a sus seguidores. Y sonriente y a cámara afirmaba:“ A mí me ha votado el pueblo italiano, a este juez no le ha votado nadie”.

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