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Misoginia o parasitismo: la extrema derecha a la caza de la mujer

¿Es que la derecha más dura solo sabe odiar o usar a las mujeres?

Ignacio Pato

03 Octubre 2018 14:59

Un 42% de mujeres votó a Trump. Marine Le Pen es una mujer. Uno de los tres fundadores de Alternativa por Alemania fue una mujer. La dictadura militar chilena estuvo casi dos décadas glosando a las mujeres que salieron a la calle a protestar contra Allende, por la familia y porque la olla estaba vacía. Y en España existe un chascarrillo que tiene mucho más de misoginia que de izquierda y que recuerda que la primera vez que las mujeres votaron ganaron las agresivas derechas de la CEDA porque estas iban a replicar "el voto del marido y del cura".

El viaje propagandístico para la extrema derecha es claro: las mujeres ya no son el origen del mal que solo podía redimirse a través de la maternidad —como en tiempos mussolinianos—, sino, como mínimo, la mitad del potencial electorado. El feminismo, además, es una fuerza política que no pueden obviar.

Gracias a él la progresión de la igualdad de género es un hecho y esto ha forzado una especie de doble posicionamiento de la actual extrema derecha ante las mujeres.

Reacción o parasitismo.

1. Reacción misógina. La revuelta del hombre blanco

Puede que la triple K de los nazis, Kinder, Küche, Kirche -crianza, cocina e iglesia- resulte anacrónica para gran parte de la extrema derecha actual. Puede que por otro lado suene sarcástico que Trump afirme "no diría que soy feminista, eso sería ir demasiado lejos". En un punto intermedio entre ambas se encuentra la postura reaccionaria de la actual ultraderecha.

A pesar de que hablar de extrema derecha es hablar de una enorme diversidad de contextos y condicionantes, la periodista y antropóloga Nuria Alabao recuerda que "algunos autores han definido el antifeminismo como una especie de pegamento simbólico como reacción a los avances del feminismo" para movimientos que "tienen una visión de la mujer más tradicional". Es el caso por ejemplo del húngaro Viktor Orbán, que está incluso en contra de los estudios académicos de género. En Polonia se han limitado las campañas contra malos tratos y el Centro para los Derechos de las Mujeres perdió hace más de año y medio las subvenciones estatales. Para el gobierno ultraconservador, sus programas eran discriminatorios.

Junto al megáfono de la alt-right se aupó Donald Trump al poder. La retórica cínica, condescendiente y paternalista del presidente solo puede calificarse de reacción machista, pero sus actos también: el endurecimiento de la frontera afecta particularmente a madres y mujeres que huyen de la violencia de género. Al calor de la pretendidamente alternativa derecha han asaltado los medios en los últimos meses los incels. Hombres blancos heteros célibes involuntarios surgidos en torno a foros como 4chan y Reddit que identifican a las mujeres como causa de todos sus males. Alabao lo inscribe en una reacción de derecha "muy fuerte contra las políticas de discriminación positiva. En algunos casos, hombres blancos con ciertas expectativas sociales, si estas no se cumplen, pueden acabar culpabilizando a esas políticas".

El terrorismo misógino ya cuenta con algún crimen múltiple a sus espaldas.


Bajando al barro de esta suerte de "revuelta" o "venganza del hombre blanco", no es de extrañar que The Daily Stormer, el medio antes conocido como Total Fascism que se reconoce parte de la alt right y que organizó la marcha supremacista de Charlottesville el verano pasado, se mofara de Heather Heyer, soltera y sin hijos, llamándola "carga de la sociedad". Heyer, de 32 años, puso su vida y la perdió contra aquel aquelarre de hombres blancos. No era casualidad que fuera a la vez antifascista y mujer.

2. Parasitismo electoral "feminista". Mujeres al frente (de derechas)

"En Europa occidental hay un consenso en que hay unos mínimos logrados en derechos de la mujer", apunta Alabao. La interpelación de la mujer varía, eso sí, en función de la realidad de cada país y de cómo la articule cada opción ultraderechista. En Alemania AfD -a pesar de haber jugado la baza de relacionar islamofobia con seguridad física de las blancas alemanas, pero también por tener una retórica homófoba y antifeminista más próxima al caso húngaro- tiene el doble de tirón en las urnas entre hombres que entre mujeres. Para acortar esa distancia han surgido en los últimos meses movimientos hermanados a AFD como 120 Dezibel, compuesto por mujeres que se autotitulan como el verdadero Me Too. En su historial de frases-programa está la nostalgia por los viejos tiempos cuando "las mujeres llevaban desodorante en el bolso y no sprays de pimienta" antivioladores. El nombre del grupo se refiere a las alarmas que según 120 Dezibel muchas alemanas tienen que llevar en el bolso ante el aumento de la presencia de inmigrantes potenciales violadores.

Pero en Alemania solo están en el camino que separa números por género cercanos a Amanecer Dorado de quien verdaderamente marca el camino hacia el borrado del gender gap ultra: la Reagrupación Nacional de Marine Le Pen.

La operación de blanqueo del exFrente Nacional tiene en el parasitismo de los avances feministas un eje fundamental. Y exitoso: en las últimas tres presidenciales el porcentaje de mujeres que ha votado al FN ha ido de la mano del crecimiento del partido, recortando distancia e igualándose al porcentaje de hombres.

Marine Le Pen obviamente no es su padre, el rudo negacionista de los campos nazis Jean-Marie y uno de los patriarcas de eso que los politólogos han llamado Männerparteien o territorio casi exclusivo para hombres en el vértice de la ultraderecha. Pero el solo cambio de género en el liderazgo no explica el viraje del partido en busca del voto femenino. La líder de la extrema derecha cita a Simone de Beauvoir, ha aprendido a esquivar las preguntas sobre el aborto viniendo de posiciones más intransigentes y trata de mantener el debate sobre la la violencia machista en términos religiosos y culturales antes que en estrictamente patriarcales. En su programa, prácticamente la única mención a las mujeres es reactiva y no propositiva: se refiere a cómo el islam hace recular sus libertades y a la brecha salarial. Eso en tres líneas sobre 144 puntos.

Cambió la tradicional llama tricolor del FN por una rosa bleu marine, como su nombre. Mantuvo un perfil bajo ante la ola de indignación desatada por Balance Ton Porc, el Me Too francés, no queriendo siquiera apoyar abiertamente el manifiesto de Catherine Deneuve y otras artistas e intelectuales contra lo que ellas llamaban "puritanismo". Y ha perfeccionado su discurso haciéndolo evolucionar desde un "las mujeres no somos una especie a proteger" mezclado con autorreferencias a ser abogada, doble divorciada y madre de tres bebés -mellizos y una niña- en un año... hasta la cima en el momento decisivo. En el vídeo electoral de su campaña Le Pen dice "soy una mujer", "soy una madre" y "soy una abogada" para tratar de conectar su figura femenina a la de Francia. Un insulto contra ella, un desprecio, una agresión, lo es también a la nación. La desigualdad de género difuminada en favor de la vieja abstracción patriótica.

3. Casado a la derecha del Papa y el campo de batalla en Brasil

Es un feminismo meramente identitario en cierta manera, esencialista, cultural. Mujeres y hombres son diferentes y por tanto no existe rivalidad sino complementariedad entre ambos sexos. El ala dura de esta facción lo representa precisamente en Francia también Marion Maréchal-Le Pen, sobrina de Marine que acaba de empezar el curso académico con su escuela de cuadros para la nueva generación de ultraderecha en Lyon. No cumple los treinta y uno de los principales roces con su presidenta y tía ha sido precisamente por su oposición furibunda al aborto. Maréchal representa a la derecha que cree que Me Too criminaliza a los hombres y que ve en el feminismo una especie de actualización de la lucha de clases a través de la "lucha de sexos".

"El ala ultracatólica tiene mayor límite de trascendencia social. Hace falta un choque político muy bestia para revertir los derechos de las mujeres. La posición de Marine Le Pen tiene un potencial de crecimiento mayor", opina Alabao.

En España, ha habido algún que otro intento por explorar esta última vía, la de ligar derechos de la mujer a xenofobia. "Cayetana Álvarez de Toledo, de FAES, ha intentado usarlo hablando de que, en el momento de mayor fortaleza del MeToo, había muchas agresiones sexuales de inmigrantes. De todas maneras en España es un discurso que "no tiene mucha aceptación porque no lo tiene la islamofobia", recuerda Alabao. La posición ultracatólica la está explorando en España Pablo Casado, cree Alabao, "a pesar de su poca concreción" cuando habla de "ideología de género", un término popularizado en ciertos ámbitos desde que el Vaticano lo incluyera en un lexicon en 2003.

En Latinoamérica se están produciendo en los últimos meses choques entre posiciones más ultraconservadoras y antifeministas contra movimientos de mujeres jóvenes y especialmente articulados entre sí. Para Alabao, "el feminismo puede hacer de punta de lanza contra la extrema derecha por varios factores".

"Es el movimiento actual que más capacidad de movilización tiene, especialmente en Latinoamérica o en el Sur de Europa. También porque tiene un caracter internacionalista muy marcado, un ejemplo son las huelgas y contactos entre distintos países. En otros hay una conexión con las luchas de los migrantes y las personas racializadas, como en Italia o en Estados Unidos", que pasaría por ser una de las claves también para contener a ciertas posiciones de izquierda seducidas por los cantos de sirena del soberanismo nacional.

Brasil se perfila como el próximo campo de batalla. En la primera vuelta de este domingo no solo se enfrentan Jair Bolsonaro y Fernando Haddad. Lo hace también la derecha antifeminista y un colectivo de mujeres que, en un año marcado por el asesinato de Marielle Franco y por el liderato emergente de la candidata a vicepresidenta -feminista y comunista- Manuela D'Ávila, ha salido a la calle de manera masiva para enfrentarse a la misoginia de Bolsonaro.

Un hijo de este dijo hace dos días que las mujeres de derecha son más guapas e higiénicas que las de izquierda. Lo que es seguro es que estas últimas han demostrado tener cada vez menos miedo.

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