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Más tolerantes con la dictadura que con la corrupción

Casi el 50% de Brasil vota a la extrema derecha contra un PT que no ha sabido imponer su agenda más allá del anti-bolsonarismo

Ignacio Pato

08 Octubre 2018 13:32

Casi la mitad de los brasileños que votó ayer -un 46,3%- lo hizo por Bolsonaro. El candidato de la extrema derecha necesitará aún así una segunda vuelta para derrotar a Fernando Haddad, que con un 28,8% ha batido un récord negativo: son los peores resultados del Partido de los Trabajadores en veinte años.

Toda esperanza de Haddad pasa ahora por la abstracta y consabida tendencia del electorado a votar más centrado en segundas vueltas y por algo más concreto, el apoyo prácticamente total del electorado que ha votado al socialdemócrata Ciro Gomes, un 12% que aún así sería insuficiente para ganar. Haddad tiene que ganar en dos semanas 18 millones de votos.

La polarización es uno de los titulares previos al giro a la extrema derecha del país más grande de Latinoamérica. El electorado ha tenido que escoger en términos binarios. Entre un exmilitar misógino y nostálgico de la dictadura y el representante un partido con una sombra de corrupción gigantesca. Y Brasil ha preferido masivamente al primero.

A Bolsonaro tampoco le ha pasado factura no haber ido -a pesar de tener el alta médica tras su acuchillamiento- al último debate antes de las elecciones. De hecho, uno de sus puntos fuertes ha sido rentabilizar el sentimiento antipolítica que ha echado raíces en Brasil tras la mezcla de recesión y unos casos de corrupción que incluso han sido ficcionados en Netflix con la serie O mecanismo.

El electorado ha tenido que escoger en términos binarios. Entre un exmilitar misógino y nostálgico de la dictadura y el representante un partido con una sombra de corrupción gigantesca.

La segunda y final etapa de Dilma Rousseff estuvo marcada por la recesión y la corrupción. Un año después de su destitución con un controvertido impeachment, el PIB brasileño crecía por primera vez tras ocho trimestres, dos años, cayendo. En 2015 el gigante sudamericano tuvo la peor caída económica desde 1990. El PT no solo paga la caída de Rousseff bajo la acusación de maquillar el déficit presupuestario. La imagen del tiro de gracia mediático para el PT es Lula 12 años encarcelado por la trama corrupta de la petrolera estatal Petrobras.

A nivel de imagen, el PT ha tenido que montar una campaña electoral con muy poco margen de maniobra para construir una imagen presidenciable de Haddad, candidato solo desde el 11 de septiembre. El primer mensaje fue además claro: Lula es Haddad era el lema. No de sus rivales, sino lanzado desde el partido con una potente imagen que después se ha ido suavizando, en un tono sin duda más positivo, y que hablaba de hacer a "Brasil feliz de nuevo". No abandonar al primer presidente literalmente obrero del país le ha costado seguramente un buen número de votos ante la opinión pública. Ahora Haddad tiene que mantenerse casi a la misma distancia real de Bolsonaro que fingida de Lula.

En ese escenario, y en un contexto de rechazos más que de propuestas, Bolsonaro ha respondido al antibolsonarismo con el antiPTismo. Para ello no ha dudado en relacionar a ese partido con el atentado que sufrió el candidato este verano. La receta del éxito la completa una mezcla perfecta de liberalismo clásico -aunque no se ha atrevido a criticar el programa Bolsa Familia con el que PT ha asignado, en una de las transferencias de renta más grandes del mundo, una media de 50 dólares mensuales a 13 millones de hogares pobres- y de soluciones simples e inmediatas -más armas, más policía, más dureza- para la inseguridad en un país que ha batido su propio récord de homicidios anuales. 63.880 el año pasado, 175 muertes violentas diarias. En la agenda pre-electoral, los gestos de las pistolas de Bolsonaro -incluso convaleciente- han tenido más peso que las propuestas redistributivas del PT. Primero la vida, después la pobreza, podría ser un cínico resumen.

Sumémosle que el mundial de 2014 y las Olimpiadas de hace dos años ya trajeron un mayor despliegue militar en las calles. "Si ya es común ver soldados en las playas de Ipanema, ¿por qué habría de ser más autoritaria la militarización del espacio público con Bolsonaro?" podría ser una pregunta que cualquier elector neutral podría hacerse. El indisimulado amor de Bolsonaro por la dictadura -con gestos como dedicar su voto a favor del impeachment de Rousseff al militar que la torturó- está mucho menos penalizado que en países del entorno, como Uruguay, Argentina o Chile, que sí han atravesado procesos de reposición de la memoria. Bolsonaro incluso ha aparecido como contrapunto moderado de su segundo, el también exmilitar Hamilton Mourao, que ayer mismo bromeaba sobre el blanqueo de la raza con uno de sus propios nietos.

Pero Bolsonaro y Mourao ni siquiera son poli bueno y poli malo. Más bien son el mismo sargento chusquero. Si el segundo dice "los profesionales de la violencia somos nosotros", el primero amenaza con no respetar el resultado de las elecciones si no gana. No le hará falta, parece. Para casi la mitad de Brasil ha quedado claro que todo esto se parece más a la rebeldía que al fascismo.

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