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Menos Europa, más Visegrado: el rencor devora a la UE por el Este

La victoria de Viktor Orban da aire a la célula antieuropea y despierta preocupación en Bruselas

Margaryta Yakovenko

09 Abril 2018 16:53

Con mayoría absoluta y poder para alterar la constitución a su antojo. Así ha entrado Viktor Orban, “Viktator” para los adversarios, en su cuarto mandato como primer ministro de Hungría. Su victoria de las elecciones de este domingo —se queda con 133 escaños de 199— ha insuflado aire al euroescepticismo europeo y se ha transformado en un escalofrío en la espina dorsal de Bruselas.

Orban había gobernado previamente entre 1998 y 2002, pero desde que regresó en 2010 como primer ministro de Hungría, los cambios en la constitución, la erosión de la democracia del país y las disputas con la Unión Europea han sido una constante. El líder del partido Fidesz también ha acabado con la libertad de prensa, se ha negado a las políticas de cuotas de acogida de refugiados e incluso ha levantado una valla de cuatro metros de altura para impedir su entrada en el país.

Sus decisiones, más acordes a los gobiernos autocráticos de Vladimir Putin y Recep Tayyip Erdogan que a la socialdemocracia liberal en la que se apoya la creación de la UE, han hecho que la Eurocámara pidiera activar el artículo 7 de la Unión que deja sin derecho a votar a un estado miembro.

Ni siquiera eso ha hecho que cambiara de estrategia política. Un día antes de las elecciones, Orban cerró su campaña con un discurso islamófobo y belicista. “Decidles a todos que la inmigración es la plaga que lenta pero que con seguridad devora nuestra patria”, ha proferido pidiendo el voto hablando de la sangre, la voluntad de Hungría y ligando el futuro del país al pasado del reino cristiano que “hizo frente” a la ocupación turca.

Por supuesto, la ultraderecha europea ha sido la primera en celebrar seguir teniendo a Orban como un aliado. Marine Le Pen tuiteaba por la noche: “Grande y clara victoria de Viktor Orban en Hungría: la revocación de los valores y la inmigración masiva promovida por la UE han sido de nuevo rechazadas”.

Grande et nette victoire de Viktor Orban en #Hongrie 🇭🇺 : l'inversion des valeurs et l'immigration de masse prônées par l'UE sont à nouveau rejetées.

Les nationaux peuvent être majoritaires en Europe aux prochaines #Européennes2019 ! MLP

— Marine Le Pen (@MLP_officiel) 8 de abril de 2018

Le seguía con las felicitaciones el ultraderechista holandés Geert Wilders con su “¡Una bien merecida victoria!” y un miembro del partido también ultraderechista alemán Alternativa por Alemania: “Un mal día para la Unión Europea, un buen día para Europa”. Pero las felicitaciones también le han llegado de compañeros más cercanos. El primer ministro de Polonia, Mateusz Morawiecki, le congratulaba con la frase: “El camino de la reforma nunca fue fácil” y el primer ministro checo, Andrej Babis, escribía en Twitter: "Espero con interés una mayor cooperación con el futuro nuevo gobierno en el Grupo Visegrado, tanto dentro de la UE como a nivel bilateral".

Tanto la encriptada frase del polaco como la del checo apuntan claves a lo que se espera que sea la tónica dominante de los próximos años. El Grupo de Visegrado, al que se refiere el multimillonario Babis, es una célula antieuropea formada dentro del Estado europeo. Compuesta por Hungría, Polonia, República Checa y Eslovaquia, el comúnmente abreviado como V4 se ha posicionado en los últimos años como la resistencia a los valores promovidos por Bruselas de “Más Europa”. No solo no quieren menos Europa sino que quieren menos tolerancia, menos integración y menos todo lo que no sea una ayuda a la Europa blanca y cristiana.

Lo que el V4 tiene en común, y lo que ha hecho que se puedan organizar para rechazar el sistema de cuotas de acogida y entre todos raspar 35 millones de euros de sus cuentas para blindar la frontera de Libia, es que su visión de Europa dista mucho a lo formulado por la Europa de los Seis de 1951.

Los cuatro entraron en la última gran oleada de ampliación de la UE del 2004, cuando Bruselas decidió extenderse al Este y dar la mano a los exsoviéticos para sacarlos de la órbita política rusa. El problema es que mientras los países Bálticos, que también ingresaron en la UE en la misma ronda, hicieron una buena transición del autoritarismo a la democracia, los países del este y el centro de Europa quedaron encallados en la eterna búsqueda de la construcción de un Estado-nación y la recuperación de unos valores patrióticos antes que la construcción de unos europeos.

“Orban representa el mayor desafío para la familia de la UE desde el comienzo de la nueva era de expansión hacia el Este”, sostiene el periodista Volker Wagener del medio alemán DW. Pero Orban tiene a un hermano ideológico reencarnado en el partido polaco Ley y Justicia, que por cierto también ha sufrido la ignominia de que le sacaran tarjeta roja en forma de artículo 7 en el Europarlamento. El checo Babis se situaría también al lado de Orban: les une su amor hacia Putin, algo que los polacos no comparten. Eslovaquia sería, de los cuatro, el menos radical y más cercano a la UE pero en su fuero interno comparte el mismo resquemor de ser siempre un país de segunda frente a la Europa Occidental.

Cuando en noviembre del año pasado Amsterdam y París se quedaron con la Agencia Europea de Medicamentos (EMA) y la Autoridad Bancaria Europea que antes estaban en Londres, Visegrado demostró su más profunda indignación a lo que tildan de “desequilibrio geográfico”. Los países de Europa del Este no solo reciben alimentos de peor calidad sino que ni siquiera se les considera una opción real (Bratislava se enfrentaba a Amsterdam en el caso de la EMA) a la hora de emplazar una institución europea de relevancia . "No ocultamos la decepción por el hecho de que nuestra oferta no tuvo éxito a pesar de ser excelente", dijo Peter Susko, portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de Eslovaquia.

"La gran lección de la votación de hoy es que todos los estados miembros y líderes de las instituciones europeas occidentales dicen que el equilibrio geográfico existe sólo con palabras", dijo Szabolcs Takács, secretario de estado para asuntos de la UE en la oficina del primer húngaro Viktor Orban, apoyando a su colega eslovaco. El eurodiputado polaco de Ley y Justicia, Ryszard Czarnecki, echó más gasolina al fuego diciendo que la elección era una reminiscencia de Rebelión en la granja de Orwell: “algunos animales son más iguales que otros”. Y el diputado checo Petr Jezek aseguró que demostraba “las relaciones difíciles y la confianza debilitada” entre los miembros antiguos y los nuevos de Europa Central.

El Monitor de Cohesión de la UE, que mide la intención de cooperación entre países de la UE, confirma con datos que Visegrado no es solo una reunión de los raros que fueron los últimos en ser invitados al baile. Para Hungría, el V4 comparte el 67% de sus valores frente a los Seis grandes que comparte solo el 36%.

Entre los cuatro países engloban 65 millones de personas (la UE tiene una población de 500 millones) y si sumamos su PIB, conformarían la quinta economía más grande de Europa. Sin embargo, sus tendencias ideológicas son muy fáciles de extender en un terreno abonado para la ultraderecha que alcanza un 37,6% en el parlamento de Polonia, 37% en Italia, 26% en Austria o 21,3% en Francia. Y, sobre todo, sus brotes crecen rápido entre la población a la que une el sentimiento común del resentimiento. No importa si es real, lo que importa es que la UE no ha evitado que se propagara.




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