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Cuota obrera: cómo hacer que los hijos de clase obrera conquisten la política

Analizamos si tiene sentido aplicar discriminación positiva para los hijos e hijas de clase trabajadora en los partidos o colectivos de izquierda

anna pacheco

09 Febrero 2018 06:00

Si dices “cuota obrera” en un bar de barrio nadie te entiende. El debate, que algunos han iniciado más a través de redes sociales y breves discusiones teóricas en internet, aún no ha llegado a los que son, en principio, sus principales beneficiarios. De “cuota obrera” se habla muy brevemente en el libro La Clase Obrera No Va Al Paraíso, de Arantxa Tirado y Ricardo Romero (Nega, Los Chicos del Maíz). Un breve capítulo sirve para lanzar al aire una idea que puede parecer estrambótica, pero que no es nueva: ¿Tiene sentido pedir discriminación positiva en los partidos o colectivos de izquierda? ¿Hay que proteger a la clase obrera y suplir con políticas su infrarrepresentación en la cúpula de partidos? ¿Es factible aplicar una cuota obrera del mismo modo que se pide paridad de género o raza (esto último en Estados Unidos)?

La cuota obrera como herramienta para combatir la discriminación de clase. La cuota obrera para permitir que las hijas de obreras alcancen determinadas esferas políticas a las que no están llegando por falta de capital económico, cultural o social. La cuota obrera como una revisión de la política actual, como una forma de poner en valor otras inteligencias y otras habilidades. Quizás no hace falta tener una carrera, dos másters y hablar cinco idiomas para ser diputado en un partido de izquierdas. Quizás es mejor que empatices con los problemas de tu clase, que al final son los de tus colegas del barrio, de tu trabajo o los de tus padres. Claro que si nunca has sido esa clase, quizás nunca los entiendas.

“¿Por qué las cúpulas de los partidos de izquierdas están formadas en su mayoría por gente que proviene de las clases media y alta o el alto funcionariado? ¿Por qué determinados perfiles tiene ese facilidad para trepar hasta las cimas? ¿Por qué tenemos que confiar en ellos? ¿Por qué nos resultaría vergonzoso un congreso sobre racismo dirigido y presentado por gente blanca, pero nos parece normal un partido de izquierdas cuya cúpula desconoce lo que significa estar asalariado y soportar a un patrón?”, se pregunta el Nega. Si bien, al principio, la cuestión de la “cuota obrera” nació más como una provocación, no niegan, ahora, la pertinencia del debate y su hipotética aplicabilidad.

En Podemos, por ejemplo, ha habido algo de espacio para la clase obrera y el odio de clase no ha tardado en hacerse notar. Cuando Cañamero, jornalero de profesión y conocido sindicalista en Andalucía, llegó al poder algunos lo criticaron y la presentadora de televisión Ana Rosa Quintana esgrimió que no podía ser un buen representante político una persona que pronunciaba “pogama” y no “programa”. A Alberto Rodríguez, el famoso “diputado de las rastas”, le recriminaron que no tenía titulación universitaria y procedía de la FP. El odio de clase se filtraba ahí también, y en nuestras propias bocas.

¿O qué queríamos decir, en realidad, cuando decíamos “parecen muy preparados” [en referencia a los dirigentes de Podemos]? Asociábamos, una vez más, aptitud política con formación intelectual. Pero esto es porque los obreros en política siguen siendo un rara avis. No es lo habitual, ni siquiera en los partidos de izquierda. ¿La “cuota obrera” supondría un cambio sustancial? ¿Entenderíamos que para gobernar no importa si en tu casa leían, o no, a Engels?

Hablar de la “cuota obrera” en este marco teórico tiene un punto morboso, autocomplaciente y hasta ilusorio. Gusta pensar en ella, pero falta algo de concreción. David G. Aristegui, miembro de la Unión Estatal de Sindicatos de Músicos, Intérpretes y Compositoras y autor de ¿Por qué Marx no habló de copyright?, se muestra tajante y especialmente crítico: “Podemos fueron los primeros en no declararse de izquierdas y hablar de "la gente" en vez de clase trabajadora. Una cuota de "clase trabajadora" en un partido así a mí me parece una broma”, explica. Él prefiere no tomarse demasiado en serio esta propuesta.

“Las votaciones en Podemos están beneficiando a quienes salen en medios de comunicación. Este sesgo más que evidente explica, en parte, el sesgo de clase en Podemos. A lo mejor una reestructuración en Podemos y formas de elección que posibiliten que salgan elegidas personas no mediáticas es más urgente que una cuota”, argumenta Aristegui.

La cuestión de la “cuota obrera” no es algo nuevo que se hayan inventado Tirado y el Nega en su libro. Ya a principios de siglo XX, muchas organizaciones revolucionarias y algunos partidos comunistas, como el Partido Comunista Portugués (PCP), hablaban de la necesidad de que existiera una mayoría obrera en la dirección del partido. La famosa “Regla de oro” que aparece explicada en el libro Un partido con paredes de cristal de Álvaro Cunhal. El dirigente comunista explica la “regla de oro” como una suerte de “cuota obrera”, una herramienta para garantizar que la ideología y el rumbo del partido sigue una política de clase y no una burguesa. Una forma, en definitiva, de garantizar que el partido es fiel a sus principios.

¿Cómo se justifica esta discriminación positiva? Aquí lo explica Cunhal:

Fragmento del libro 'Un partido con paredes de cristal'

Para Vidal Aragonés, hijo de migrantes manchegos, abogado, político catalán y diputado por la CUP, le parece una idea asumible y no tan difícil de concretar. "Nosotros estamos hablando ya de cuotas de hombres y no de mujeres, esto es garantizar que exista algún hombre en el partido. Podríamos plantear algo similiar: que exista una "cuota de pequeña burguesía". Esto es, que si la mayor parte de la sociedad es trabajadora, habría que garantizar que exista una mayor representación de la misma en los órganos de dirección". Aragonés niega que la CUP esté conformada solo por pequeña-burguesía. Para él hay mitad-mitad: trabajadores y pequeño-burguesía muy empobrecida. "Otra cosa es quién la vota".

“La mejor manera de aproximarse a las intenciones que evocan una "cuota obrera" es preguntarse: ¿existe en las organizaciones políticas una preocupación y una dedicación especializada a abordar las problemáticas relacionadas con el mundo del trabajo? ¿Las personas que dirigen las organización tienen experiencia y conocimiento de lo que sucede y cómo es el día a día, la organización y la lucha de los centros de trabajo?”, se pregunta Isabel Benítez, militante de la Coordinadora Obrera Sindical (COS). Para ella, el debate de la cuestión de la cuota obrera es interesante por la reflexión que provoca, pero “no tiene demasiado interés en sí”. En primer lugar, porque ni siquiera la presencia de miembros de clase obrera garantiza una conciencia proletaria. Del mismo modo que tener mujeres en los partidos no garantiza políticas feministas. Pensemos en Thatcher, Cifuentes o Arrimadas.

Cierto es, también, que no garantiza, pero sí aumenta posibilidades.

Aragones coincide en esa sospecha: la cuota no garantiza que tengan conciencia o que existan políticas de clase. Por eso es importante diferenciar, dice, "entre hijos e hijas de extracción obrera, personas de clase obrera y, por último, personas que tengan realmente convicciones de clase trabajadora". "Por supuesto tener más gente de clase o extracción obrera implica otro punto de partida, una empatía o sensibilidad distinta, pero lo mucho más importante es que exista una defensa real de los intereses de la clase trabajadora y una determinación de que el sujeto 'clase trabajadora' va a ser el eje fundamental de transformación social".

El Nega, por su parte, incide: “La prueba inequívoca de que la cuota funciona es que aquellos partidos, con aquellos métodos más expeditivos, lograron un montón de avances y derechos que hoy disfrutamos (o nos arrebataron impunemente). Hemos pasado de partidos que prohibían la entrada a burgueses a partidos que, de alguna manera, prohiben la entrada a la clase obrera”. Para él no existe más misterio que aplicarla como se aplica las cuotas de género o de raza. "En realidad es bien sencillo: barrio donde vives, profesión de los padres e historial laboral. No hace falta mucho más".

De forma distinta piensa Sofia Castañón, nacida en Asturias, nieta de minero e hija de madre escritora. Castañón viene del mundo de la cultura y se considera clase obrera. Cree que no hay que confundir "tener un discurso intelectual con pertenecer o no a una clase". En Podemos, dice, hay muchas compañeras y compañeros como ella. Castañón es secretaria de Feminismos y LGBTQI en Podemos y cree que en este caso la "cuota obrera" no sería asimilable a la "cuota de género".

"No me parece equiparable, entre otras cosas, porque la necesidad de representación de las mujeres incluye también los espacios obreros. El machismo es transversal y muy consciente de la condición de clase. Creo que una cuota para el problema específico de la cuestión de clase nos haría un flaco favor", explica Castañón, quien defiende que ya cuesta batallar a diario con mucha gente que sigue sin entender las cuotas de género. "Por la propia experiencia del feminismo yo desaconsejaría la cuota obrera. Creo que tiene que haber otros mecanismos para obtener mayor representación de las hijas de obreras y para eso es importante mejorar las condiciones materiales de partida. Para mí las cuotas son el último mecanismo posible a un problema transversal, como en este caso el patriarcado. En la cuota obrera no la veo".

Si le hablas de "cuota obrera" a una obrera ajena a la burbuja de Twitter y a los debates identitarios y políticos de estos días es posible que a muchas les parezca bien de entrada. Llamo a Rocío Pérez, dependienta en Bershka y delegada sindical en Pontevedra, y le cuento más o menos de qué va el tema. No tenía ni idea. Pero, desde el otro lado de la línea, me dice: "¿Y por qué no?".

"Me parecería super lógico. ¿Qué mejor representación que estar con gente que realmente sabe lo que es pertenecer a la clase obrera? Por eso siempre te ves mejor respaldada en los sindicatos que en los partidos políticos, siempre es algo mucho más superficial y no entran al meollo cuando tenemos un problema verdaderamente importante". Rocio cree que hay mucha gente preparada haciendo cosas importantes en tejidos asociativos de sus barrios o en el sindicato de su trabajo. "A veces pienso, ¿por qué este tío que no vale ni un duro está gobernando y otra gente buenísima no? A nosotras a veces nos falta dinero para dedicarnos de lleno a otros asuntos, contactos, enchufes. Son muchas cosas. Quizás eso ayudaría".

La “cuota obrera” más allá de los partidos

Pero volvamos al inicio. “Aunque hubiera una cuota de clase trabajadora en las cúpulas de Podemos no creo que realmente hubiera un cambio en nuestras vidas”, afirma Aristegui, quien cree oportuno bajar el debate de la cuota obrera al ámbito del trabajo, o al de la Universidad: ahí es donde realmente conviene observar qué dinámicas “de clase” se repiten y ver qué hacemos para romperlas.

¿Alguna vez te has planteado cuántas hijas de clase obrera hay en tu trabajo? Quizás esta pregunta sea más urgente que quién compone, o no, Podemos.

“Vamos a centrarnos en cada centro de trabajo o en cada sector, vamos a mirar para arriba, vamos a observar qué porcentaje de hombres y de mujeres hay y qué sueldo tienen y de qué clase social proviene. Y luego vamos a mirar a lado y lado, a nuestros compañeros y compañeras para hacernos las mismas preguntas. Y también para abajo, las subcontratas, vamos a ver quién las ocupa, sin son hombres y mujeres y de qué clase social son”, argumenta.

Y pone un ejemplo: las empresas de limpieza están dirigidas muchas veces por un hombre, mientras que la mayor parte de las trabajadoras domésticas son mujeres y de clase trabajadora. Para Aristegui el debate está ahí y no en otra parte.

El filósofo y sociólogo César Rendueles concibe la propuesta de una “cuota obrera” como una herramienta de provocación interesante "para hacernos reflexionar sobre la invisibilidad de la desigualdad económica en distintas instituciones”. Pero nada más. Rendueles desconfía mucho de su aplicación práctica. “Las cuotas de género, de las que soy partidario, son factibles porque es fácil distinguir entre hombres y mujeres, aún así planteando profundísimos problemas prácticos y contradicciones éticas y políticas”, explica.

“Una cuota de clase es inviable por la propia complejidad de la estratificación social contemporánea”, agrega. Sin embargo, sí está a favor de promover activamente políticas igualitarias finalistas (esto es, que no se limiten a garantizar la igualdad de oportunidades de partida, sino que la conciban como un objetivo social). “Pero creo que tienen que ser más complejas y matizadas que una cuota. Por ejemplo, en el caso de la educación, para mí el problema no son las barreras para acceder a la universidad, sino las disparatadas tasas de fracaso escolar que hay en España y que están fuertemente correlacionadas con la clase social”.

El último estudio de PISA revela que más del 50% de los estudiantes que provienen de casas de rentas bajas repiten curso antes de los 15 años. En entornos acomodados esta cifra no llega al 10%. Las becas que premian la “excelencia” en la Universidad, por ejemplo, también son discriminatorias. ¿Qué alumno puede sacar más de un 7? ¿El que solo estudia o el que, además, tiene que trabajar para poder costearse la carrera? Otro estudio sugiere que los pacientes con cáncer de rentas altas tienen hasta el doble de posibilidades de sobrevivir que aquellos de rentas bajas. La desigualdad te quita oportunidades y años de vida. Tal vez estas cuestiones sean más importantes, y urgentes, que la implementación de una cuota obrera en los partidos de izquierda. Aunque nadie ha dicho tampoco que todo esto sea incompatible.

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