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50 años de la matanza que dio comienzo al presente de México

Hace medio siglo, Tlatelolco se cubrió con la sangre de los estudiantes mexicanos. La represión permanece impune pero el debate sobre los derechos humanos en México sigue creciendo

Rosa Molinero Trias

02 Octubre 2018 10:54

El estallido de varias bengalas inundó con llamas púrpura el cielo de la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, a las 18 h. Provenían de los helicópteros militares que habían estado sobrevolando, cada vez más bajos, el lugar. Cuentan los testimonios que Elena Poniatowska recopiló en La Noche de Tlatelolco, que los asistentes al mitin de ese 2 de octubre alzaron la cabeza incrédulos hacia ese tremendo estallido de color.

Probablemente, en su mirar se reflejó ese rojo, que minutos más tarde se precipitaría del cielo a la tierra, como por efecto de la condensación: su propia sangre caería durante horas sobre el embaldosado de la plaza porque las metralletas, las pistolas, las escopetas, las bayonetas, las navajas, las porras se encargaron de condensar en unas horas toda la violencia de la que era capaz un gobierno represor.

El Ejército cargó con todo su peso contra los aproximadamente diez mil asistentes del mitin: niños, adolescentes, transeúntes, estudiantes, ancianos, trabajadores. Antes lo hizo el Batallón Olimpia, cuyos francotiradores abrieron fuego sobre los asistentes desde los edificios cercanos y desde la misma plaza.

Medio siglo después de la carnicería del Estado contra el pueblo mexicano, el horror sigue siendo doblemente inexplicable: porque la magnitud de lo que ocurrió en aquella Plaza de las Tres Culturas carece de sentido y porque el mismo gobierno priísta de Gustavo Díaz Ordaz, influyendo en distintos medios de comunicación, dio una versión sesgada de los hechos.

Hasta la fecha, todavía no hay consenso sobre lo que significó y muchas preguntas siguen sin respuesta para todos.

¿Murieron 28, 68 o 300?

¿Fueron legales los procedimientos para detener y encarcelar a más de 2.000 personas en aquella jornada?

¿Qué hay de las torturas?

¿Y las desapariciones?

¿Sobrevolaron aviones militares el Golfo de México y arrojaron al mar los cuerpos asesinados en Tlatelolco?

¿Cómo empezaron los disparos?

¿Eran terroristas o estudiantes?

Justina Lory Menéndez Martínez/Archivo Histórico UNAM

El 68 en México

En el programa de los estudiantes que convocaron a la multitud en la plaza estaban presentes seis puntos muy claros que consiguieron convencer a muchos obreros, comerciantes, a la clase media, a los intelectuales e incluso a algunos funcionarios: libertad para los presos políticos, despenalizar la disidencia política, destitución de los jefes de la policía, desaparición del cuerpo de granaderos (antidisturbios), aclarar quién era responsable, entre los cuerpos de seguridad del estado, de la represión. Pero, como señaló Paco Taibo II en 68, “el programa tenía una segunda lectura, entendida por todos, aprendida por todos: la democracia”.

Con sus manifestaciones, sus huelgas, las pancartas, la toma de los centros educativos, los panfletos, las pintadas, los cánticos, los gritos, los mítines en fábricas y en barrios humildes, hicieron visible el reguero de problemas que afectaban a un estado que se decía democrático y no lo era, ganándose la simpatía del pueblo, que en varias ocasiones mostró su apoyo precisamente en Tlatelolco.

Aquello no gustó al gobierno. Se le pedía entablar diálogo público, pero se negó. Los trapos sucios del país no debían airearse cuando la ciudad, que aquel año acogía los Juegos Olímpicos, iba a ser el centro de atención de todo el mundo.

Archivo Histórico UNAM

Para criminalizar al movimiento, se habló de terroristas, de maleantes, de conjura internacional, de confabulación comunista contra México. Había quien creía de veras que los estudiantes estaban movidos por algo más que sus ideales, que alguien en Rusia o en la oposición dirigía los hilos de aquel Movimiento que se había estado cociendo los años anteriores en Puebla, en Morelia, en Sonora y en Tabasco, en Ciudad Juárez y que había explotado en Ciudad de México a finales de julio, con la fuerza de los otros 68 de todo el mundo. Sus referentes, los mismos: la petición antinuclear, Vietnam, el Che y la Revolución Cubana, Marx, Trotsky para algunos y Lenin para otros. Sus ideas, el gobierno mexicano las rechazó de plano.

Esther Montero/Archivo Histórico UNAM

Sin embargo, la protesta no dejaba de sumar a más y más personas, llegando a manifestaciones de varios centenares de miles, a pesar de que la represión del gobierno, que infiltraba a porros en las manifestaciones y ordenaba repartir estopa a los granaderos; había habido heridos y muertos antes de Tlatelolco.

¿Por qué así?

En aquel mitin del 2 de octubre, en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco había congregadas unas 10.000 personas. El despliegue militar era exagerado: 5.000 soldados, 300 tanques y un número indefinido de agentes de la Dirección Federal de Seguridad y de la Policía Judicial del Distrito, vestidos de paisano, con un guante o pañuelo blanco como único distintivo. Un dispositivo suficientemente fuerte como para acorralar a quien creyeran necesario en aquella plaza.

Justina Lory Menéndez Martínez/Archivo Histórico UNAM

Pero, ¿por qué lo creyeron necesario?

“La noche triste de Tlatelolco —a pesar de todas sus voces y testimonios— sigue siendo incomprensible. ¿Por qué? Tlatelolco es incoherente, contradictorio. Pero la muerte no lo es”, decía este abril Elena Poniatowska, con motivo del aniversario, en El País.

No fue esta la versión del gobierno. El 3 de octubre, el noticiario se abrió así: “Hoy fue un día soleado”. Lo decía su presentador, Jacobo Zabludovsky, periodista de Televisa.

Desde entonces, año tras año, las manifestaciones en esta fecha, que nunca han contado con actos conmemorativos oficiales por parte del gobierno, gritan: “¡el 2 de octubre no se olvida!”. Sobran motivos para volver contarlo y recordarlo: a diez días de las Olimpiadas de 1968, llovió en rojo sobre Ciudad de México.

Se dice que fue el fuego de los francotiradores del Batallón Olimpia, apostados en edificios cercanos y la misma plaza, lo que provocó a los militares, que habrían creído que los tiros provenían de los manifestantes. ¿Desconocían los militares que el batallón participaría? ¿Fue un accidente?

¿Puede ser accidental tamaña matanza?

Se disparó. Balas de gran calibre, balas expansivas, bombas de gas, bombas para abrir muros. De forma continúa, durante más de una hora. “Hasta que los soldados no soportan el calor de los aceros enrojecidos”, dijo Leonardo Femat en Siempre!. Contra los asistentes al mitin, contra los comercios, contra las viviendas del edificio Chihuahua, que cierra la plaza por su esquina noreste, y dentro del mismo, donde se allanaron e inspeccionaron casas en busca de estudiantes que incriminar, aunque fuera por la fuerza de las torturas.

Los cuerpos caían abatidos, a veces sobre las ruinas mexicas que rodeaban la plaza, donde otros se escondían para sobrevivir a la balacera. Dicen los testigos que había un montón de zapatos perdidos: las carreras, los empujones y las muertes en medio del caos de los disparos los habían dejado sin dueños, manchados las más veces por las sangres mezcladas de los allí presentes. “La sangre de mi hija se fue en los zapatos de todos los muchachos que corrían por la plaza”, diría Dolores Verdugo en La Noche de Tlatelolco. A pocos metros, el edificio Chihuahua ardía y obligaba a muchas familias a desalojar sus casas y arriesgarse a ser el blanco de una bala o a acabar en la cárcel sin haber siquiera participado en la concentración.

Los disparos se siguieron escuchando hasta medianoche, seguidos del rechinar metálico de los tanques desplazándose sobre la plaza roja de sangre, que acumulaba cadáveres y detenidos que debían permanecer igual de inmóviles. Las cámaras fotográficas eran requisadas; los periodistas, también detenidos; la información, censurada.

El escenario se repitió solamente tres años más tarde, el 10 de junio de 1971, en la misma Ciudad de México. Otro movimiento estudiantil, iniciado en Nuevo León, fue visto con malos ojos por el nuevo gobierno de Luis Echevarría, que lo condenó. Sin embargo, recibió el apoyo de la comunidad universitaria, que en la capital del país convocó una manifestación. Fue reprimida a balazos por un grupo paramilitar llamado Los Halcones, entrenados por la C.I.A y la Dirección Federal de Seguridad, ante la pasividad de la policía, que permitió la masacre. Se habló de 120 muertos y de algunos heridos que recibieron la estocada final en el hospital. Lo llamaron El Halconazo.

Las últimas, sin tantas bajas, pero igualmente inexplicables. En San Salvador Atenco, en 2006, se arrestaron a más de 100 pobladores, murieron 20 personas, violaron a 23 mujeres. Se quiso condenar a 112 años de prisión a los que defendieron la tierra de los planes de construcción de un aeropuerto en Texcoco, dirigido por Arturo Montiel, tío del entonces presidente Enrique Peña Nieto. Y en Nochixtlán, Oaxaca, en 2016, donde el gobierno se encargó de reprimir la enésima protesta de los maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación. Fueron 8 muertos y más de 100 heridos.

A pesar de que la magnitud de la represión se ha reducido, se acusa al gobierno de ejercer otro tipo de violencia contra la población: la de la pasividad ante el crimen. Sea como sea, para este 50 aniversario de la Matanza de Tlatelolco, el jefe de Gobierno de la Ciudad de México, José Ramón Amieva Gálvez, anunciaba que el Metro ya no luciría las placas que conmemoraban un supuesto buen hacer de las autoridades gubernamentales de 1968. Nombres como el de Gustavo Díaz Ordaz ya han sido retirados.

Por su parte, el pasado sábado, Andrés Manuel López Obrador, el presidente electo, que también ostentará el cargo de Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas, declaraba en la plaza de las Tres Culturas: “En esta plaza, hacemos el compromiso, de no utilizar, nunca, jamás el Ejército para reprimir al pueblo de México”.

La represión permanece impune pero el debate sobre la violencia del Estado, las torturas, las desapariciones, los derechos humanos en México y la lucha contra la represión nació hace justo medio siglo. Y sigue creciendo.

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