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Lit

Se acabó el hombre

Una carta a todos hombres que se esconden en Frédéric Beigbeder

Luna Miguel

09 Enero 2018 17:40

Querido Frédéric,

muchas felicidades por tu nueva paternidad. Acabo de leer que Paris Match lo anunciaba hace tan solo unas semanas. Se te veía feliz en esa fotografía con la que eligieron ilustrar el artículo. Bueno, a ti siempre se te ve feliz. Al contrario de lo que ocurre con otros escritores, en las fotografías tu boca siempre dibuja una ligera inclinación curva y de puntas ascendentes. Como una media luna a veces socarrona, a veces seductora, a veces eufórica. Es verdad que en los retratos de promoción de tus últimos libros venías desprendiendo cierta seriedad. Como si tu asesor de imagen te hubiera reñido y obligado a perfilar tus pómulos. A dejarlos rectos, duros, poco amables, a menudo tapados por la masa de vello blanquecino que desde hace una década te estás dejando crecer en la cara.

Ay, perdóname. Perdona por hacer contigo eso que tanto odio que hagan en la prensa cultural con cualquier otra escritora. Eso de intentar encontrar en tus facciones una respuesta. Eso de usar tu físico como antesala de un argumento que tiene que ver sólo con tu obra. Pero es que en este caso no puedo evitarlo. No puedo evitar decir que a pesar de tu reciente sobriedad fotográfica, en tus ojos aún se intuye a ese hombre joven y cabrón que en otro tiempo nos querías vender. Creo que fue la imagen que encabezaba tu última entrevista en Le Figaro la que me hizo darme cuenta. Era el azul penetrante de ese iris castigado y viejo. Era el gesto simple lo que aún evocaba una alegría que tan pocas veces dejan ver los autores literarios cuando posan en plena promoción de un libro. Era esa sobriedad tan pura la que me enseñó que el hombre al que habías matado en tu última novela, Une vie sans fin, todavía daba saltos y gritaba y pataleaba y se hacía pajas y reía y volvía a dar saltos encerrado en la carcasa de ese otro hombre —político, responsable, hipocondríaco, paternal— en el que te has convertido.

Entrevista a Beigbeder en Le Figaro

Querido Frédéric,

perdona también que te tutee, sé que eso no es muy francés. Perdona también que te llame querido pero lo cierto es que aunque tú a mí no me conozcas yo a ti sí. Te conozco porque he leído cada uno de tus libros, porque he visto tu película, porque he leído tus artículos, y tus posts de Facebook, y me he comprado prácticamente todos los números de la revista Lui cuando la dirigiste, y me he recorrido de arriba abajo todas las páginas de Google Images con tu nombre, y todos los vídeos de YouTube en los que apareces repantigado en el sofá de tu biblioteca o en los que te pones gafas de sol para declamar en France Inter cada jueves a las nueve menos cinco de la mañana, la misma hora a la que Antonio y yo salimos de casa corriendo para llegar a la guardería donde cada día dejamos a nuestro bebé que es sólo unos meses menor que tu hija Oona. Te conozco bien, además, porque el pasado abril, antes de que Emmanuel Macron se convirtiera en tu presidente, fue mi marido quien consiguió hacerse una foto a tu lado. Un selfie de esos que tú no entiendes pero que según cuentas en Une vie sans fin adoras que te pidan por la calle. Uno de esos que suben el estatus de quien posa hombro con hombro junto a tu célebre rostro, y que aquel día de abril era precisamente Antonio, después de entrevistarte sobre política y paternidad y después de que me firmaras una edición nueva de Oona y Salinger.

Te conozco, ¿ves? Te conozco a pesar de que tú de mí solo conozcas mi nombre y lo hayas escrito en la primera página de tu penúltima novela con rotulador negro de punta gruesa. Te conozco porque cuando digo que tu literatura me gusta algunos apartan la mirada. Te conozco porque has salido desnudo en la portada de una revista literaria que me debe dinero y que ya no existe. Te conozco porque aunque en esa revista salías hablando de cocaína y excesos, tú todavía existes. Tú todavía estás vivo. Te conozco porque he leído decenas de veces cómo eyaculas. Porque te he visto follar “grandes coños musculosos” y porque me has confesado al oído que si salías con mujeres más jóvenes era sólo porque tenías miedo a la muerte. Te conozco porque alguna vez deseé ser esa mujer joven de la que decidías enamorarte. Te conozco porque nunca voy a serlo. Te conozco porque leí El amor dura tres años cuando sólo llevaba saliendo dos años y medio con mi marido y tenía miedo. Te conozco porque que me hablaras de la muerte me ayudó a que el amor durara un poco más. Te conozco porque sé que para ti un poco más podría también significar para siempre.

El corazón de Beigbeder en un capítulo de su novela

Te conozco porque he visto una radiografía de tu corazón en la página 124 de tu libro. Te conozco porque te he visto con bigote, con la melena más corta y hasta de imberbe adolescente analizando el genero de la ciencia ficción en una vieja televisión pública de Francia. Te conozco porque ya no eres ese niño. Porque nunca volverás a ser ese niño. Te conozco porque tu vida contradice a tu obra: “Envejecer calma a todo el mundo”, dijiste en Oona y Salinger, “sobre todo a los pretenciosos, pues la proximidad de la muerte los vuelve modestos: han encontrado algo más fuerte que ellos”. Te conozco porque no hace falta que tu vida y tu obra sean lo mismo: “Ya no sonrío”, dijiste El amor dura tres años, “no tengo las fuerzas suficientes para hacerlo. Estoy muerto y enterrado. No tendré hijos. Los muertos no se reproducen”. Te conozco porque aunque lograras amar a esa mujer joven y a esas casi-tres hijas con las que convives, tú sigues teniendo miedo a la muerte. Mucho miedo a la muerte. Muchísimo miedo a la muerte, y por eso has escrito Une vie sans fin.

Querido Frédéric,

siento decirte que la vida sí termina. Se termina porque sólo eres un hombre. Como escribía Marilyn French en 1977, “¿qué es un hombre? Todo lo que veo, leo y oigo me dice que un hombre es aquel que fornica y mata. Pero todo lo que veo mirando a mi alrededor me dice que un hombre es aquel que gana dinero. Tal vez ambas cosas estén relacionadas porque en nuestro mundo ganar dinero a menudo exige que se evite cuidadosamente fornicar y matar, así que las cosas se compensan”. Así que tú eres sólo un hombre —que quiere follar— dentro de otro hombre —que quiere matar— y de otro —que quiere ganar dinero— y de otro —que quiere ser inmortal— y que durante años has tratado de exhibir y de ocultar a partes iguales.

Eres un hombre que ha vivido locamente como sólo podían vivir los hombres. Eres un hombre que se ha dado cuenta de que las cosas que le importan a los hombres son estúpidas. Eres un hombre que se ha dado cuenta de que no quería ser un hombre. Decías el pasado noviembre en France Inter que no crees que las mujeres sean peores que los hombres, pero que sí piensas “que los hombres siempre son peores que las mujeres”.

Frédéric: te vas a morir porque ya has matado al hombre. Te vas a morir porque ya no necesitas al hombre. Te vas a morir porque eres otro hombre. Te vas a morir porque a los hombres no les alargan la vida las células congeladas en botecitos de cristal de neveras suizas, ni las transfusiones de sangre, ni los batidos de vísceras de monos mágicos que venden los chamanes en cadenas de spam. Te vas a morir porque tienes que morirte, Frédéric. Porque vivir siendo bello como lo eras en esa foto que encontré hace un rato en Paris Match sería demasiado egoísta. Pero lo mejor de todo, si lo piensas bien, es que en realidad no te vas a morir porque los miles de hombres que has llevado dentro sobrevivirán en los libros breves, irregulares, zafios, sexys, maravillosamente divertidos, vulgares y hermosos que has escrito y que tanto me gustan.

Querido Beigbeder,

ya está. Eso era todo. No quería decirte nada en particular pero me ha gustado poder hablarte un rato. Así que sé feliz, cuida de los tuyos, escribe más novelas como Oona y Salinger (y como esta también... aunque quizá menos). El mundo te lo agradecerá. Yo te lo agradeceré. La Historia te lo agracederá incluso cuando ya sí que no estés vivo.

libros masculinidad

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