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Lit

5 historias curiosas e inquietantes sobre J. D. Salinger

El escritor se bebía su propia orina; su amor de juventud lo dejó por Charles Chaplin y el asesino de John Lennon estuvo motivado por 'El guardián entre el centeno'

Eudald Espluga

17 Marzo 2018 10:40

Como muchos de sus personajes más emblemáticos, J.D. Salinger era demasiado sensible para este mundo. O por lo menos proyectaba sobre sí mismo el cliché del artista atormentado: creía que la soledad era el origen de su creatividad.

Sin embargo, sería la experiencia horrible de la guerra —Salinger participó en el desembarco de Normandía—, junto con un giro religioso hacía la espiritualidad vedanta —una escuela filosófica desarrollada en el seno del hinduismo— y el tormento que supuso para él la publicación de El guardián entre el centeno —que tardó 10 años en escribir— lo que le llevaría en 1951 a abandonar Nueva York para instalarse en el campo, en Cornish (New Hampshire), alejado del mundo.

Estaba cumpliendo el sueño de Holden Caulfield, el protagonista de su gran bestseller: "me gustaría encontrar una cabaña en algún sitio y con el dinero que gane instalarme allí el resto de mi vida, lejos de cualquier conversación estúpida con la gente". Con su destierro voluntario se forjaría el mito: Salinger el escapista, el huraño, el recluso literario, el misterioso misántropo.

Aunque después de su retiro vieron la luz tres obras más —Franny y Zooey (1961), Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción (1963), además de un cuento publicado en The New Yorker—, en la única entrevista que concedió —por vía telefónica— confirmó que no quería publicar nada más: "es una terrible invasión de mi vida privada".

Ocho años después de la muerte del autor, Alianza Editorial ha decidido publicar las obras completas de J.D. Salinger en tapa dura, con la traducción de Carmen Criado y las ilustraciones de Manuel Estrada. El espíritu obsesivo del escritor norteamericano sobre la materialidad de la edición sigue presente a través de los herederos: todos los libros deben ser traducidos por la misma persona, para dotar de homogeneidad al texto, y en las cubiertas los títulos tiene que aparecer en letras grandes con el nombre del autor, en letras más pequeñas, justo debajo.

Aprovechando la reedición, recuperamos cinco curiosidades sobre J.D. Salinger y su obra:

1. El Guardián entre el centeno motivó el asesinato de John Lennon.

El 8 de diciembre de 1980 Mark Chapman asesinó a John Lennon. Cuando la policía lo capturó, llevaba consigo un ejemplar del libro. Pronto se descubriría que Chapman estaba obsesionado con Holden Caulfield —llegó a leer un pasaje de El Guardián entre el centeno en el juicio— y declaró en distintas ocasiones que leyendo el libro todo el mundo podría comprender por qué mató a John Lennon.

Sin embargo, Champan no fue el único asesino inspirado por Salinger. Cuando Robert John Bardo disparó repetidas veces a la actriz Rebecca Schaeffer llevaba consigo un ejemplar del libro. Y en el apartamento de John Hinckley, el hombre que intentó acabar con la vida de Ronald Reagan, también encontraron ejemplares del libro.

2. Se bebía su propia orina.

Así lo reveló Margaret Salinger, su hija, en El guardián de los sueños. Fue de las primeras en romper con la privacidad del autor, cuya excentricidad —se inventaba palabras, vivía según un perfeccionismo exagerado y se negaba a salir de casa— se tornaba truculento y violento en sus relaciones personales. Joyce Maynard, que empezó una relación amorosa con Salinger cuando ella tenía 18 y él 53, también ha denunciado la toxicidad del carácter de Salinger: la maltrataba psicológicamente y se aprovechaba de su posición de poder. Además de retratar al norteamericano como un hombre brutal que la había llegado a forzar sexualmente, en Mi verdad, Maynard se proponía romper con la imagen mítica del autor como un iluminado espiritual: en su vejez era sólo un cascarrabias obsesionado con la medicina homeopática y la comida sana.

3. Su amor de juventud lo abandonó por Charles Chaplin.

El primer amor de J.D. Salinger fue Oona O'Neill, la hija del premio Nobel de literatura Eugene O'Neill. Cuando se conocieron ella tenía 15 años y él 21. Su primer encuentro, absolutamente lamentable como cita romántica, ha sido retratado por el francés Frédéric Beigbeder en su novela de no-ficción Oona y Sainger. Estaban en un bar con más gente —entre ellos Truman Capote, que después del encuentro lo bautizaría como "El Que Desaparece Antes De Que Llegue La Cuenta"—, y los enamorados apenas se intercambiaron unas palabras. Salinger era incapaz de decir nada. No sin poca ironía, O'Neill se despidió con un "nice-not-to-meet-you", para dejar claro que la conversación había sido absolutamente esteril. A pesar de ello, Oona también se interesó por Salinger, y sin que se diera cuenta depositó un cenicero en el bolsillo de su chaqueta: era su forma de empezar el coqueteo.

El amor entre los dos , sin embargo, apena duró un verano. Oona O'Neill se casaría con Charles Chaplin, quien, por cierto, había sido protagonista de la conversación que tuvieron en ese primer encuentro.

4. El Guardián entre el centeno no puede adaptarse al cine

Aunque es tentador pensar que el odio a Hollywood que profesaba Salinger estaba en parte inspirado por este desamor, lo cierto es que en su origen había una pésima adaptación de My Foolish Heart, un cuento de Salinger que fue llevado a la gran pantalla en 1949. Después de esta experiencia horrorosa, el autor se negó a vender los derechos de la novela y se enfrentó a los grandes estudios, que se pelearon por poder adaptarlo. Después de su muerte tampoco ha sido posible adaptarla, aunque son muchos los que siguen intentándolo.

Por el momento, la única adaptación posible de la novela es musical, y ya la hicieron los Guns N'Roses:

5. Las dedicatorias de sus libros son tan extravagantes y excepcionales como él

Era evidente que un personaje tan obsesivo como él no podía conformarse con dedicatorias al uso. En Franny y Zooey escribe: "con un afán lo más parecido posible al que muestra Matthew Salinger, de un año de edad, cuando insta a un compañero de mesa a que acepte una lima fría, yo insto a mi editor, mentor y (Dios le ayude) amigo más íntimo, William Shawn, genius domus de The New Yorker, amante del riesgo, protector de los nada prolíficos, defensor de lo desesperadamente exuberante y el más injustificadamente modesto de todos los grandes editores-artistas, a que acepte este libro de apariencia bastante exigua."

Y en Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción: "si aún queda en el mundo algún aficionado a la lectura —o alguien que sólo lee y sigue adelante—, le pido, a él o a ella, con gratitud y afecto infinitos, que divida la dedicatoria de este libro en cuatro partes y la comparta con mi mujer y mis hijos."

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