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La importancia de pintar un chocho

¿Pero para qué iba a querer alguien llevar su propio coño atado al cuello? ¿Y para qué iba a querer alguien dibujar las vaginas de las otras, moldearlas con las manos, convertirlas en su arte? ¿Para qué iba a querer alguien contemplar un coño que ni siquiera es suyo? ¿Para qué iba a querer alguien colorearlo, concentrarse en sus pliegues, darles forma?

Luna Miguel

30 Noviembre 2017 13:36

Guadalajara, Jalisco, 21.30. La poeta Frydha Victoria Ramos agarra el micrófono y recita un poema que le dedica al gran escritor chileno Héctor Hernández Montecinos, que esa noche se encuentra entre el público que ha ido a ver a Los perros románticos.

No recuerdo muy bien de qué iban esos versos que salían de su boca maquillada con un carmín oscuro. Lo que sí recuerdo, sin embargo, es el también oscuro tinte de los labios mayores de la vulva cerámica que la mexicana lleva colgada del cuello.

“Me la hizo una amiga después de que le mandara una foto de la mía”, aseguró Frydha la noche anterior.

“Deberíamos hacernos todas una”, bromeó otra amiga.

“Yo no me hago fotos ahí”, creo que dijo otra.

“¿Puedo verla?”, pregunté yo.

En mi mano, la vulva cerámica de la poeta se me hace suave. Por fuera es mucho más oscura que por dentro. No sabría decir si el tono de su carne es violeta o marrón. Tampoco sabría decir si la piel que hay entre el clítoris —muy redondo y sobresalido— y los labios hay verdaderamente un cambio de color drástico o si quizá entre el rosa y ese marrón violáceo existe un degradado que el acrílico no dejó apreciar.

Tendría que ver la foto para saberlo, pensé.

Y entonces, como con nervios, el coño de la joven de Tepic se me resbaló de entre los dedos y todas no reímos.

¿Pero para qué iba a querer alguien llevar su propio coño atado al cuello? ¿Y para qué iba a querer alguien dibujar las vaginas de las otras, moldearlas con las manos, convertirlas en su arte? ¿Para qué iba a querer alguien contemplar un coño que ni siquiera es suyo? ¿Para qué iba a querer alguien colorearlo, concentrarse en sus pliegues, darles forma?

Lola Vendetta

Se le viene a la mente en el chichi de Frydha Victoria Ramos cuando horas después de sostenerlo me encuentro en Internet una reseña de Fleur de femme: colorier en toute intimité, un libro que la sexóloga Hélène Goninet acaba de publicar en Francia y en cuyas páginas encontramos decenas de vulvas convertidas en mandalas.

El propósito de Goninet con esta publicación es invitar a las mujeres a redescubrirse a ellas mismas, dando forma, color y armonía a unas formas y placeres tantas veces censurados. Quizá la manipulación de estos mandalas tan vivos y bellos quiten el miedo a muchas mujeres que a día de hoy son incapaces no ya de tocarse, sino de contemplar sus propis genitales en el espejo.

LEER MÁS: “Vulva”, “conejo”, “chocho”, “almeja”: la llames como la llames, no sabes nada de ella

Era Betty Dodson, la llamada “gurú de la masturbación”, quien aseguraba haber tenido entre sus pacientes de todas las edades a mujeres que sienten verdadero pavor a la hora de conocer su órgano sexual. Mujeres que nunca se han masturbado. Que nunca han sentido placer en el sexo. Que nunca han sentido curiosidad por explorarse. Que cada día se reprimen. Que ni siquiera saben —por pudor o por miedo— para qué sirve cada pequeño trozo de piel o agujero que guardan en su cuerpo.

Hélène Goninet piensa que la representación gráfica de la vulva puede ser combativa, liberadora. Si aún vivimos en un mundo que acepta el cuerpo masculino mientras que censura al femenino —el movimiento #FreeTheNiple ayudó a visibilizar esta injusticia, esta locura a la que las redes sociales nos han llevado, al censurar en tantas ocasiones obras como “El origen del mundo”, de Courbet y otros ejemplos de arte clásico donde las mujeres aparecen desnudas— puede que sea el momento de detenerse a mirar lo que nadie quiere que veamos.

Goninet no ha sido la única que ha tenido la idea de ponernos a colorear chochos. La ilustradora Raquel Riba Rossy lleva tiempo poniendo en su web mandalas propios con los que invita a las lectora de Lola Vendetta a customizar los chichis que diseña.

Entonces, ¿para qué iba a querer alguien dibujar un coño? ¿Para qué iba a querer alguien llevar el suyo propio en un colgante? ¿Para qué?

La pregunta sólo se responderá cuando la forma de flores rosas como esta deje de incomodarnos:

sexo libros feminismo

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