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Yihadistas yonquis: las drogas que hay tras ISIS y el militarismo contemporáneo

«La píldora del horror es una droga que permite convertir a los muchachos radicalizados en guerreros impávidos capaces de cualquier atrocidad: “cuando van puestos de captagón, los yihadistas de ISIS son totalmente insensibles al dolor y, al igual que los guerreros zulúes y moros, continúan luchando por graves que sean sus heridas”»

Eudald Espluga

18 Octubre 2017 06:01

(Getty / ART PG)

La historia de la guerra es indistinguible de la historia de las drogas. Desde la Antigua Grecia hasta los ejércitos irregulares de ISIS, pasando por las campañas de Napoleón, la guerra de secesión norteamericana y la del Vietnam, la alteración química del organismo del combatiente forma parte de la lógica bélica.

Alcohol, opio, anfetaminas: no solo la guerra es una droga —entendida como una experiencia euforizante y adictiva— sino que la guerra necesita de la farmacología. Porque, como afirma Lukasz Kamienski en el libro que acaba de editar Crítica, Las drogas en la guerra, estas se requieren para fomentar y dar rienda suelta a a agresividad. La guerra no es una necesidad biológica, ni nuestros cuerpos están preparados para el combate, por lo que es necesario "'programar' la violencia contra un enemigo deshumanizado y 'desprogramar' la reflexión, las emociones y la culpa".


I.

ISIS, los demonios de la guerra y la leyenda de los Asesinos

Quizá el ejemplo más extremado del uso de estupefacientes sea la conversión de los terroristas yihadistas en demonios incansables capaces de las acciones más brutales. El terror echa raíces en el miedo y la desprotección de quienes pueden ser atacados, y la conversión del soldado en una bestia incontrolable y arbitraria es una pieza fundamental del juego.

Sin embargo, el salvajismo irracional que exhiben los combatientes del ISIS no se debe simplemente a su fanatismo religioso, al arrebato del fiel. La yihad es también una psicopatía inducida, pues las tropas de Estado Islámico son una camada de yonquis que van hasta arriba de pastillas. Así lo describían los civiles kurdos que consiguieron escapar de Kobane, quienes veían en la llamada "píldora del horror" una arma como cualquier otra.

"Píldora del horror" es el nombre que recibe el captagón, una droga sintética hecha de fenetilina, etiquetada como estimulante de tipo anfetamínico. En poco tiempo, se ha convertido en una de las mejores drogas de combate: "mitiga el miedo, suprime el dolor, alivia el hambre, reduce la necesidad de dormir e incrementa la fuerza". Es la bala alquímica que permite convertir a los muchachos radicalizados en guerreros impávidos capaces de cualquier atrocidad: "cuando van puestos de captagón, los yihadistas de ISIS son totalmente insensibles al dolor y, al igual que los guerreros zulúes y moros, continúan luchando por graves que sean sus heridas".

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Simbólicamente, esta transformación química del soldado en demonio conecta los ejércitos irregualares del ISIS con los Asesinos, una secta islámica radical que apareció en Europa en 1080 y que, según cuenta la leyenda, eran también un grupo de terroristas narcotizados. Ya se los pinte como un sindicato de homicidas profesionales o como una banda de drogadictos, su denominación se remonta al hachís: "asesinos" significaría, literalmente, "comedores de hachís", y se supone que el consumo del alucinógeno iba destinado a la estimulación espiritual de los miembros, entregados a su secta y entregados a su causa, para que llegaran a sacrificarse en nombre del islam radical.

El papel del captagón, con todo, se extiende más allá de la bestialización del guerrero y del intento de aumentar la asmietría de fuerzas. Como afirma Kamienski, "el captagón es el verdadero combustible de la guerra, no solo en el sentido de que permite financiar las operaciones militares, sino de que empuja a los combatientes a la batalla". En 2014, cuando ISIS entró en Alepo, sede de varios laboratorios farmacéuticos, consiguió multiplicar sus ingresos gracias a las facilidades para producir y traficar con la droga.

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Pero ya antes de la aparición de ISIS, las diferencias entre un cártel de droga y un grupo terrorista se habían ido difuminando, en la medida que "las narcoguerrillas y los narcoterroristas financian sus operaciones mediante la producción y el tráfico de sustancias ilegales." Kamienski pone como ejemplo los atentados de Madrid en marzo de 2004, en el que el dinero necesario para perpetrar la masacre se había conseguido a través de la venta de éxtasis.

No hay, entonces, ni demonios ni asesinos arquetípicos: desde la financiación hasta la ejecución, las drogas dan forma a la guerra contemporánea.

II.

Anfetaminas y somníferos: la eficiencia química del militarismo contemporáneo


Era el 21 de abril de 2002. Dos cazas F-16 del ejército estadounidense disparaban una bomba guiada por láser contra Tarnak Farms, un antiguo campo de entrenamiento talibán en las proximidades de la ciudad Afgana de Kandahar. En el ataque murieron cuatro soldados canadienses y otros ocho resultaron heridos. Los cazas habían disparado sin esperar permiso, supuestamente en defensa propia, antes de poder verificar que se trataba de una posición aliada.

La defensa de los soldados, una vez en el juicio, esgrimió que el trágico accidente se había producido, en parte, por culpa de los efectos negativos de las anfetaminas. Uno de los pilotos había ingerido cinco miligramos de dexedrina; el otro, diez. El abogado de los acusados alegó que la dextroanfetamina, "cuyo consumo las autoridades militares imponían a los pilotos", provocaba impaciencia, sobreexcitación, agresividad y "mermaba las capacidades para evaluar racionalmente una situación y adoptar las decisiones adecuadas".

Con este caso se hacía público que los ejércitos de los países democráticos también utilizaban las drogas para modelar químicamente a sus soldados. Hasta ese momento, el uso de la psicofarmacología cosmética había sido un tabú, pero ahora el uso de medicamentos psicoactivos por parte de personas que quieren sentirse "mejor que bien" saltaba a primera página de los periódicos.

Si las "píldoras del horror" cumplían una función embriagadora, dionisíaca, las "pastillas go" y las "pastillas no-go", que es como se conocen, respectivamente, los excitantes y depresores que toman los militares estadounidenses, buscan aumentar la productividad y el rendimiento de los combatientes.

El consumo (autorizado) de drogas se reduce, entonces, a una cuestión de management, de gestión de la fatiga, en un contexto de racionalización de los esfuerzos bélicos. Ya no hay rastro de la función religiosa o ritual de los fármacos, que antiguamente eran vistos como medios de comunicación con las deidades de la guerra: el único dios al que rinden culto es el de la Eficiencia.

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En este reino de instrumentalidad hipercompetitiva, se produce una racionalización de los procesos de obtención, manufactura y consumo de drogas, mediante el la cual se aspira a combatir los efectos de la privación de sueño y del cansancio acumulado. El personal militar debe trabajar por encima de la capacidad fisiológica del cuerpo humano, lo que Paul Virilio llamó la "violencia de la velocidad".

"Para lograr que las tácticas de desgaste de las tropas enemigas surtan efecto y, a la vez, gestionar la fatiga de las propias unidades, hay que evitar el efecto bumerán, es decir, que la excesiva velocidad de las operaciones no ejerza un impacto negativo sobre la capacidad de las fuerzas estadounidenses".

Sin embargo, que los cuerpos de los militares lleguen a un estado de embriaguez y descontrol parecido al de los combatientes del ISIS no es solo resultado de este disciplinamiento farmacológico, sino como consecuencia de otro conjunto de drogas que circulan a las espaldas de las autoridades. Una circunstancia que, de hecho, ha aumentando en los últimos años debido a la "flexibilización" de los requisitos  de alistamiento en las fuerzas armadas estadounidenses, que ahora permite tener antecedentes por drogas y delitos relacionados. 

Es la otra cara del consumo de sustancias psicoactivas: un llamamiento a la movilización total.


III.

Rendimiento y euforia: ejercitos mejorados farmacológicamente


En una significativa paráfrasis de la afirmación de Charles Tilly: "la guerra hace al estado y el estado hace la guerra", Lukasz Kamienski afirma que "las drogas dan forma a la guerra, mientras que la guerra da forma a la sociedad, a menudo mediante la difusión y la popularización de estupefacientes".

Las drogas en la guerra. Una historia global, remontándose a la era premoderna, explica cómo la guerra ha sido el principal medio para la popularización de los estupefacientes y su consumo. Pero quizá lo más interesante del ensayo de Kamienski, más allá de las anecdotas y las curiosidades históricas, es el seguimiento del uso de las drogas para moldear y espolear el impulso destructivo de la humanidad, al tiempo que se instauraban como piezas clave de un sistema productivo basado en el rendimiento.  

La psicofarmacología se ha convertido en una tecnología discplinaria del cuerpo, una política de las coerciones a las que se someten a los sujetos para convertirlos en robots inconsables o en demonios invencibles. Eficiencia y embriaguez, responsabilidad militar y hedonismo guerrero: las dos caras de la contradicción cultural del capitalismo que denunció Daniel Bell en los años 80 y que, todavía hoy, sigue siendo una matriz interpretativa, perfecta para comprender que ni los asesinos yonquis de ISIS ni los depredadores hiperestimulados son excepciones del sistema.


drogas ensayo terrorismo

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