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La pachanga de los intelectuales

¿Qué valor tiene la guerra de manifiestos que se está produciendo en torno al referéndum? ¿Qué papel debe jugar el intelectual? ¿Cuál es la "verdad" con la que ha de compremeterse?

Eudald Espluga

21 Septiembre 2017 06:00

En Cataluña, la batalla por hacerse con la hegemonía del relato mediático se parece cada vez más a un partido de fútbol. Destaca especialmente la guerra de manifiestos que se está librando desde hace años, una pachanga intelectual que recuerda más a un enfrentamiento entre solteros y casados que a una competición profesional.


Alinear a los galácticos

La analogía futbolística es obligada. No solo por las aficiones enfrentadas, la actitud hooligan y el recuento de estrellas locales. Ya desde sus inicios, el referéndum estuvo marcado por esta imagen: cuando los presentadores leían en el teletipo "1-O", invariablemente lo anunciaban como el resultado del match, "uno a cero".

Aunque si en este partido alguien ha marcado ya un gol, seguro que es el equipo independentista: entre sus firmantes están sudando la camiseta Éric Cantona y Hristo Stoichkov. En todo caso, los emparejamientos son apasionantes.

Joan Serrat contra Yoko Ono.

José Luís Guerín contra Ken Loach.

Javier Cercas contra Costas Lapavitsas.

Javier Mariscal contra Angela Davis.

Albert Boadella contra Darío Fo.

Ha de reconocerse que el equipo que defiende la votación ha presentado una alineación mucho más impactante, quizá por contar con muchos célebres extracomunitarios, ya que el manifiesto 'Let's catalans vote' lleva desde 2014 recogiendo los apoyos no solo de los arriba citados, sino también de Desmond Tutu, Zygmunt Bauman, Irvine Welsh, Viggo Mortensen, Noam Chomsky, Richard Sennett, Harlold Bloom, António Lobo Antunes, Paul Preston, Saskia Sassen, Pérez Esquivel o Colm Tóibín, entre muchos otros.

Aunque defendiendo los colores del referéndum también hay nombres que sorprenden mucho más: Son Goku, Kim Jong-un o Tut-anj-Amón, el faraón. Todos ellos habían firmado el manifiesto 'La universidad y la investigación, por el Sí el 1 de octubre', que ya ha cerrado el acceso a las inscripciones hasta que resuelvan la posibilidad de ciberataques.

Pero si el partido está caliente es porque el pasado domingo 17 de setiembre el equipo contrario a la celebración del referéndum saltó al campo con fichajes nuevos.

La equipación era bastante fea: publicado a doble página y en formato anuncio en El País, se publicitaba un manifiesto de dudoso diseño que, sin embargo, planteaba un mensaje contundente. "1-O estafa antidemocrática" es el lema que resumía en cinco puntos las razones por las cuales llamaban a la no votar en caso que el referéndum terminara celebrándose: convocatoria poco transparente, debate parlamentario exprés, una ley que no establece mínimo de participación y que permite que con el 50% más un voto se declarara unilateralmente la independencia en 48 horas, así como el relegamiento y marginación de las fuerzas políticas de la oposición, que cuentan con más votos que la mayoría parlamentaria.

Entre las figuras de este manifiesto destacan Isabel Coixet, Javier Marías, Rosa Montero, Juan José Millás, Victòria Camps, Javier Mariscal, Juan Marsé, Rosa Maria Sardà e Ignacio Martínez de Pisón.

Pero no es el único. Otro manifiesto con más de 400 profesores, llamado 'Para el golpe. En defensa de la democracia constitucional', está encabezado por Fernando Savater; además, el artículo de Juan Cruz, 'Escritores y artistas catalanes rechazan el referéndum ilegal', también ha de interpretarse como un texto-manifiesto que juntaba, entre otros, a Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Núria Amat, Francisco Rico, Jorge Herralde y Patricia Soley-Bertrán

Las plantillas están completas y el gran partido se acerca.


La legitimidad, el campo de juego

En esta guerra de firmas que rodea el 1-O, parece que hay algo en lo que todo el mundo está de acuerdo: hay que encontrar una solución política. Contra la judicialización del problema catalán, se esgrime "diálogo, diálogo, diálogo". Es el argumento bienqueda, defendido por ambos equipos, una respuesta sensata pero que no solo evita posicionarse sino que además centra el debate en el parlamentarismo.

Sin embargo, en realidad, todo el mundo es consciente de que el problema no es la intervención del TC, ni la votación de la ley del referéndum en el Parlament, ni la Guardia Civil registrando imprentas o deteniendo cargos electos. El partido se juega en otro estadio: el de las legitimidades. Poco importa que acciones se llevan a cabo si se domina el relato. 

Fichando galácticos que respalden la causa, se quieren definir las reglas del juego. Para los partidarios del referéndum, está claro que el partido debe jugarse en liga europea. Importa que "el mundo nos mire", para que vea la opresión de un Estado autoritario que impide que la gente se exprese su voluntad. Para los contrarios al referéndum, el partido es de regional: quieren señalar que se trata de un partido condicionado por unos matones que han acobardado al árbitro, destrozado el campo para dificultar el juego y alterado el acta del partido.

El balón, por supuesto, es la democracia.


Perplejidad contra la pachanga intelectual

El año pasado, Ignacio Sánchez-Cuenca publicaba La desfachatez intelectual, un libro en el que pasaba revista de los argumentos "esquemáticos, previsibles, simplistas", con "contenidos superficiales, poco meditados, poco informados, envueltos en un estilo prepotente y muy tajante" que lanzan desde sus columnas de opinión los "figurones del mundo intelectual".

Apuntaba directamente a ciertos autores: Vargas Llosa, Muñoz Molina o Pérez-Reverte, de quien llega a decir que el tono de sus artículos recuerda "al de un borracho de bar que continúa su perorata cuando todos los parroquianos ya han regresado a sus casas."

El buen intelectual, por el contrario, sería aquel que "en el debate político su obligación es elevarse sobre el terreno de las tertulias y la coyuntura, tanto en contenidos como en forma, aportar una visión a largo plazo que contribuya a entender el presente, refinar argumentos, sacar lecciones de lo que ha ocurrido en otros lugares y otras épocas".

Y es cierto: desde el caso Dreyfus, con la intervención de Émile Zola, se entiende que el escritor —el cineasta, el artista, el profesor universitario— es alguien que debe dar un paso al frente para defender la verdad. Es una intervención que aspira a modificar "la opinión pública", concepto que nace con la sociedad industrial y de la comunicación.

Sin embargo, como defendió el filósofo americano John Dewey en 1927, la intervención del intelectual en este contexto público debe verse como una batalla en favor del conocimiento: contra una cultura que corre el riesgo del irracionalismo, el objetivo es mantener el debate abierto. Por ello, no entendía la verdad como una posición atrincherada, sino que ofrecía de ella una de las definiciones más bonitas y políticas significativas que pueden leerse: "la verdad es tener cosas en común".

En este terreno, la verdad no es territorio de la ciencia política: los hechos por si solos no dicen nada. Por ello, el intelectual debería mostrarse más cercano al escéptico que al hooligan. Quizá su principal virtud debería ser la perplejidad, entendida al modo de María Zambrano:

"la perplejidad es un debilidad del ánimo que no proviene del conocimiento sino de la relación entre el conocimiento y el resto de la vida que queda impermeable a él. Perplejo indica más bien sobrado de conocimiento."

Aportar perplejidad es añadir puntos de vista, sumar concepciones, cuestionarse valores. En cambio, reducir la opinión pública a una pachanga entre intelectuales —cuya única aportación es lucir el nombre en la camiseta— traspasa incluso los límites de la desfachatez: no solo se trata de escenificar  una competición ridícula, sino que además las proclamas programáticas pierden todo su sentido ético y político.

Todos lo sabemos: en los partidos de solteros contra casados hay más ganas de ajustar cuentas con nuestro contrario que de jugar limpiamente al fútbol.






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