PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Like, Share & Do

Lit

Frida Kahlo sobre París: “ha valido la pena venir sólo para ver por qué Europa se está pudriendo”

'Manifiesto incierto', de Frédéric Pajak, es un proyecto monumental: un ensayo gráfico sobre la soledad y la tristeza a través de pensamiento de los escritores, filósofos y poetas que han recorrido las calles de la capital francesa

Eudald Espluga

20 Noviembre 2017 09:44

"Como en todas las grandes ciudades, en París los hombres están obligados a mirarse. No a escucharse: a mirarse, a observarse, a escrutarse". Es una de las primeras impresiones que la capital francesa deja en sus visitantes. También es lo que piensa el joven Walter Benjamin, todavía anónimo, un extranjero que convierte su incapacidad para orientarse en un curioso superpoder: el arte del extravío.

"En el transporte público, pero también en las calles y los cafés, todo son miradas que se cruzan, sostenidas o breves. Nos miramos hasta 'desviar la mirada'. Nos miramos o no nos miramos, no sólo por desconfianza, temor o aversión, sino quizá porque, a primera vista, todo nos enfrenta."

"He conocido aquí una sed de soledad que nunca en la vida había experimentado" escribe el filósofo, porque la soledad en París no es una condena, ese frío aislante que nos separa de los demás, sino una vocación. La soledad se persigue en los boulevards y en los cafés, en los quais y en los museos. Especialmente en los museos: "la expresión de quienes se pasean por las pinacotecas revela una mal disimulada decepción por el hecho de que en ellas sólo haya cuadros colgados".

Igualmente solo se paseaba unos años antes Franz Kafka, aterrado por el ruido del metro, por la sensación de velocidad, por la publicidad y la indiferencia de los usuarios. Un mundo en el que "el lenguaje ha quedado eliminado", convertido en un ecosistema de individualidades abandonadas e incomunicadas que también fascinó al pintor americano Edward Hopper.

LEER MÁS: Porno duro y natación, las dos mayores aficiones Kafka

"Cada vez que se asoma a la ventana, visualmente, Hopper se sumerge. O se demora en la ventana de enfrente, lo que nos trae de nuevo a la pequeña pantalla, al tragaluz, a esa fuente de luz palpitante de la que sólo ha querido mostrar el instante detenido. Ni siquiera un drama. Ni un crimen. Nada. El tedio, la lasitud, el desencanto. Quizá sea eso lo que adula el inconsciente del espectador: esa voluptuosidad para abandonarse a la tristeza, para dejarse llevar con total confianza por un sentimiento casi feliz. ¿La tristeza? En él es una liberación."

En París la tristeza era un arte de vivir.

Aunque no a todo el mundo le fascinó la pesadumbre del intelectual, la nostalgia supuestamente reflexiva de los hombres que se paseaban por París pensando en cosas-muy-importantes. A Frida Kahlo le indignó la impostura de la bohemia, de la soledad aspirada e inoperante: "no te imaginas lo perra que es esta gente. Es tan intelectual y corrompida que ya no la soporto. [...] Hablan sin cesar de la 'cultura', el 'arte', la 'revolución', etcétera. Se creen los dioses del mundo, sueñan con las tonterías más fantásticas y envenenan el aire con teorías y más teorías que nunca se vuelven realidad. [...] Ha valido la pena vivir sólo para ver por qué Europa se está pudriendo y cómo toda esta gente que no sirve para nada provoca el surgimiento de los Hitler y los Mussolini."

Una de las "cucarachas viejas" que Kahlo despreciaba era el surrealista André Breton, que por aquel entonces había conocido a una mujer a la que quiso convertir en su musa: Nadja. Pero su concepción literaria del amor revelaba la ignominia que indignó a la pintora mexicana, el solipsismo narcisista de quien cree que puede utilizar a los demás en nombre del arte. Así, tras dedicarle un libro a su "alma errante", Breton concluye fríamente que "todas las seducciones que ejerce Nadja sobre mí se mantienen en un plano intelectual, no se resuelven en amor", mientras que en las cartas de ella descubrimos un sordo lamento: "sigue lloviendo. Mi cuarto está oscuro. El corazón en un abismo. Se me muere la razón."

Todas estas historias se entrecruzan en las páginas de Manifiesto incierto 2, el ensayo visual en el que Frédéric Pajak explora la vida en los barrios de París a través de la mirada de sus transeúntes, pero también de la suya propia. En el libro, los tiempos verbales se funden, y la perspectiva de Pajak llegando en tren a París se difumina entre recuerdos y citas. La ciudad convertida en palimpsesto: superposición de capas, experiencias y vidas noveladas.

Desenredar este ovillo es lo que intenta Pajak en su monumental proyecto artístico, que ya cuenta con seis volúmenes publicados, una colección de obras que mezclan dibujo y texto en una relación extraña y novedosa. No podemos hablar de novela gráfica o ensayo ilustrado porque no hay efecto de ilustración, la imagen no explicita el texto ni el texto la imagen. No hay redundancia ni pleonasmo. Los dibujos parecen instantáneas tomadas siempre fuera de campo, momentos de una cotidianidad desechable que contrastan o acompañan o desmienten las elevadas reflexiones de Walter Benjamin, de Ludwig Hohl, de León-Paul Fargue, de André Breton.

Con ironía, erudición y melancolía, Pajak no se limita al papel de biógrafo, sino que presenta un retrato impresionista y fragmentario, eminentemente poético, de la capital francesa.

"Cada estación de París tiene su propio olor, su propio seno, sus magulladuras. Nada más desembarcar, los recién llegados son expulsados a sus respectivos barrios: con los pobres o con los adinerados, con los sonámbulos, soñadores sedientos del tumulto de las calles, enamorados cándidos que París se encargará de desesperar enseguida. Hay que donar toda la sangre para volverse parisino, y tragársela de nuevo para abandonar la ciudad y sus vestigios."

Pero terminado Manifiesto incerto 2, no hay duda: París es una excusa. La coartada perfecta para tejer un ensayo sobre la soledad y la tristeza, sobre la necesidad de asumir estas afecciones como brújula y no como condena. París, coartada largamente utilizada por artistas, poetas y filósofos. París como ciudad-espejo, como caja de resonancia, como ideal o como némesis, como lienzo en blanco en el que proyectar nuestra angustia, como hipertexto en el que leer todas las angustias pasadas.

"Nos da miedo vivir en el mundo, miedo pasar con el tiempo. En las aguas verdes y algo fétidas que corrompen los bajos de los muros se reflejan nuestros rostros, abatidos por no poder tocar el fondo. Nos hemos herido a nosotros mismos y esas heridas que tanto nos duelen son, en definitiva, superficiales."

comic poesía

Otras notícias

L
“Somos las nietas de las campesinas que no pudiste esterilizar”
L
La historia de Brasil narrada por un útero: sangre, opresión y resistencia
L
Tedi López Mills no existe
L
La escritora más joven de México
L
3 poemas para cuando quieras quemarlo todo
L
Los hombres ganaron el 82% de los premios públicos de poesía en España entre 1923 y 2016
L
“Vivo como una planta, yazco como un cadáver”: Liu Xia denuncia su asfixia
L
Homenaje a Ana Orantes en el 20 aniversario de su asesinato
L
Ridículo, machista, mal escrito: un poema intenta criticar la intimidad de Irene Montero
L
Muchas mujeres se verán reflejadas en este poema, y eso es terrible
L
Poderosa, alegre y feminista. ¿Así es la nueva poesía ecuatoriana?
L
Los hombres más ricos del mundo no leen a las mujeres
L
¿Es Margaret Atwood una “mala feminista”?