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Lit

Mario Vargas Llosa: el intelectual que el PP deseaba

La irrupción de Vargas Llosa en la manifestación a favor de la unidad de España como un figura ególatra y reaccionaria lo ha convertido en la fachada cultural que los populares llevaban tiempo deseando

Eudald Espluga

09 Octubre 2017 17:55

"La pasión puede ser también destructiva y feroz cuando la mueven el fanatismo y el racismo. La peor de todas, la que ha causado más estragos en la historia, es la pasión nacionalista."

Así arrancaba la intervención de Mario Vargas Llosa en la manifestación a favor de la unidad de España, un discurso que solamente hubiese sido tópico, simplista e interesado si no fuera por lo absolutamente ridículo de la situación: el intelectual decidió denigrar los nacionalismos ante miles de banderas sacudiéndose al grito de "queee viiiiiiva Españaaaa".

Sus palabras se dirigieron, contundentes, contra "la conjura independentista", pero la función que se estaba representando a su alrededor se volvía cada vez más grotesca. En las sonrisas de Rafael Hernando y Pablo Casado se notaba que el PP había encontrado a su intelectual, la figura cultural que blanqueara su autoritarismo constitucional y agitara el espantajo con fuerza.

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El Nobel de literatura era la guest star, la mascota con la que todos querían hacerse la foto y, aunque se le veía bastante cómodo en el papel, estaba claro que no sabía muy bien contra quien venía a defender la libertad y la democracia.



A medida que el discurso iba avanzando, la distancia entre la realidad y Vargas Llosa crecía a toda velocidad.

Desde el púlpito que le concedía Societat Civil Catalana, y junto a Xavier García Albiol, criticaba el racismo y clamaba por "esa sociedad multicultural y multilingüística que es España". Desde un acto que contaba con el apoyo y la representación del PP, clamaba por la legalidad [sic].

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Además, mientras Vargas Llosa cargaba toda la responsabilidad a los golpistas y a los irracionales nacionalismos, sin hacer una sola mención a la violencia policial del 1-O, por las calles de Barcelona había grupos de ultras y supremacistas agrediendo a personas, tirando piedras contra las ventanas, haciendo el saludo nazi o simplemente creando disturbios.




Por supuesto, no tenían nada que ver con la mayoría de los manifestantes pacíficos que bajaron por Via Laietana. Pero es inevitable recordar que junto a la Societat Civil Catalana había hasta 14 entidades ultraderechistas convocantes: el partido xenófobo Plataforma per Catalunya, Som identitaris, Democracia Nacional, la Falange, Fundación José Antonio o Hazte Oír entre otros.

Y no solo esto: frente a la "conjura" que amenaza con "destruir" la democracia española, Vargas Llosa se puso a recordar con nostalgia "la Cataluña capital cultural de España, como era cuando yo vine a vivir aquí", es decir: los últimos años de la dictadura franquista. Unos años dorados con "aires de democracia y civilización" —muy distintos de la Cataluña "medieval" y "tercermundista" que a su juicio está dejando el independentismo— en los que, como recuerda hoy Isabel Sucunza en una columna, incluso el mismo Vargas Llosa tenía problemas para publicar sus novelas, acusadas de ser pornográficas.

(Jeff J. Mitchell / Getty)

Una "Cataluña capital cultural de España", la que añora y reivindica Vargas Llosa, que tenía a gran parte de sus escritores en el exilio —tanto catalanes como del resto del Estado— y la lengua catalana silenciada y marginada, cuando no prohibida.

El discurso era en conjunto delirante, pero la obstinada repetición de la palabra "conjura" le daba una pátina cómica, en la medida que escuchándolo uno no puedía dejar de imaginarlo como ese Ignatius Reilly que dibujó John Kennedy Toole en A confederacy of dunces, un personaje ególatra y narcisista que, aparándose en su cultura clásica y monstruosa inteligencia, se comporta como un tirano excéntrico que consideraba que nuestra decadencia se remontaba al s. XVI.

Para Reilly, como para Vargas Llosa, son siempre los otros —los necios, los nacionalistas—, los que se conjuran contra nosotros. 

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Una "conjura" es una unión conspirativa, un ligarse contra alguien para hacerle daño o "perderle". Es lo que hacen los malos, los enemigos, los demás. Por eso el PP ha podido encontrar su intelectual de referencia en este Ignatius Reilly en el que se ha convertido Vargas Llosa: porque su discurso fatalista y reaccionario puede esgrimirse contra el populismo de Podemos y ahora también contra el independentismo.

Pero, a pesar de toda su comicidad, no podemos reírnos. No solo por lo doloroso de la banalización que implican sus palabras, sino porque en la distancia que separaba al escritor de lo que estaba pasando ante sus ojos se puede cifrar gran parte del problema catalán: la invisibilización del nacionalismo de Estado, un nacionalismo supuestamente banal con sus banderas neutrales y su unidad impolítica de España, sí, pero también la monopolización del poder de definir qué es violencia y qué no.

Vargas Llosa subió al escenario a defender la democracia, pero su discurso se pareció demasiado a lo que una vez dijera Reilly: "habría que imponer un régimen por la fuerza en este país para evitar que se destruya a sí mismo".






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