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Los mejores libros de 2017 que todavía no he leído

/OPINIÓN/ "¿Es necesario haber leído todos libros del año para poder hacer una lista de los mejores libros del año? No. Pero es que ni tan solo es necesario haber leído los mejores libros del año para poder decir que son los mejores libros del año."

Eudald Espluga

29 Diciembre 2017 06:00

Ahora que termina el año, me doy cuenta de que el libro que más veces he recomendado y regalado este 2017 es No, mamá, no, de Verity Bargate (Alba editorial); una novela dura, impensable para su tiempo, provocativa y dolorosa que, sin embargo, todavía no he leído.

Sin haberla siquiera ojeado, sé que podría tratarse de una de las mejores publicaciones del año: por la insistencia de su editor; por la trayectoria de la colección en la que ha aparecido; por la reacción entusiasta de amigos y prescriptores de confianza; por el juego de presencias y ausencias significativas en otras listas; y hasta por el aura inasible que cada temporada acompaña algunos libros y los convierte en un preciado objeto de deseo.

Lo explicaba Isabel Sucunza en su columna de esta semana. A pesar de que percibimos la lectura como algo íntimo, un juicio privado y arbitrario al que sometemos a los libros que manoseamos, en realidad la recepción de la literatura es un proceso colectivo. No por la complicidad gremial cifrada en las fajas, en los recomendados por, en los con prólogo de, sino por el entramado de interdependencias entre los actores. Libreros y editores, periodistas culturales y distribuidores, consumidores y autores: la lectura es un proceso inestable y gradual que se da en todos estos estadios, un esfuerzo común en el que para bien o para mal, los prejuicios juegan un papel productivo.

Solenoide no es una buena puerta de entrada a su literatura, como no es aconejable empezar a leer a David Foster Wallace por La broma infinita o a Emmanuel Carrère por El reino

¿Es necesario haber leído todos libros del año para poder hacer una lista de los mejores libros del año? No. Pero es que ni tan solo es necesario haber leído los mejores libros del año para poder decir que son los mejores libros del año.

Pensemos, por ejemplo, en la monumental Solenoide, de Mircea Cartarescu (editorial Periscopi), que ha convertido al escritor rumano en el hype de esta temporada otoño-invierno. Solenoide es una obra total, una obra magna: 880 páginas de Gran Literatura, de esa narrativa pesada que, decía Roberto Bolaño, "tiene que existir, pero si solo existe ella, la literatura se acaba".

¿La novela del año, quizá incluso de la década? Muy probablemente. Pero como me advirtió el periodista y escritor Francesc Serés, que presentó la novela junto a Cartarescu en Barcelona, Solenoide no es una buena puerta de entrada a su literatura, como no es aconsejable empezar a leer a David Foster Wallace por La broma infinita o a Emmanuel Carrère por El reino. Su publicación es un regalo, sí, pero un regalo que muchos todavía no estamos en condiciones de aceptar.

Algunas veces, sin embargo, es la sobreexposición de recomendaciones lo que termina bloqueado la lectura: la sobredosis de entusiasmo por La vegetariana, de Hang Kang (Rata ediciones) ha logrado exitinguir todas mis expectativas. Sé que es buenísima, como lo es La uruguaya, de Pedro Mairal (Libros del Asteroide), premiada y celebrada con una transversalidad inaudita -Juan Pablo Villalobos y María Dueñas, Leila Guerreiro y Alberto Olmos, Masoliver Ródenas y Edmundo Paz Soldán-, pero no voy a leerlas.

En otros casos, es la propia narración la que llega a ahuyentarme como lector. "Si te sientes solo, este libro es para ti" reza la dedicatoria que abre La ciudad solitaria, de Olivia Laing (Capitán Swing), un ensayo sobre el paradójico placer de vivir aislado en medio de otras personas. Y, sinceramente, no he podido pasar de esa desolador ofrecimiento, como no he podido superar la descripción del derrame ocular con el que Lina Meruane abre su novela Sangre en el ojo (Random House):

"Y fue entonces cuando un fuego artificial atravesó mi cabeza. Pero no era fuego lo que veía sino sangre derramándose dentro de mi ojo. La sangre más estremecedoramente bella que he visto nunca. La más inaudita. La más espantosa. Sangraba a borbotones pero solo yo podía advertirlo. Con absoluta claridad vi cómo la sangre se espesaba, vi que la presión aumentaba, vi que me mareaba, vi que se me revolvía el estómago, que me venían arcadas".

La lectura es un proceso inestable y gradual, un esfuerzo común en el que, para bien o para mal, los prejuicios juegan un papel productivo.

Otras lecturas las he ido posponiendo por la dureza de los temas que abordan. Creo que he empezado unas seis veces Laëtitia o el fin de los hombres, de Ivan Jablonka (Anagrama). Aunque sea un reportaje monstruosamente bien escrito, las 400 páginas sobre la violación y asesinato de Laëtitia Perrais es algo que todavía no he podido afrontar. Pero la extensión tampoco me sirve como excusa: la misma imposibilidad he sentido con Diario de un inceso (Malpaso), un escrito tan breve como brutal.

Para cerrar este recopilatorio, señalar que si a la lista de los mejores libros de 2017 que no he leído le añadiésemos la lista de libros que quizá no son los mejores de 2017 pero que quiero leer y todavía no he tenido tiempo de hacerlo, la enumeración se podría alargar hasta el infinito: La casa de los nombres, de Colm Tóibín (Lumen), que promete ser una reinterpretación de la Orestíada de Esquilo; Ocubre. La historia de la revolución rusa (Akal), un improbable ensayo histórico sobre 1917, escrito por China Miéville, uno de los mejores autores de ciencia-ficción del momento; o la bella edición de Aquesta es la meva carta al món (Proa), los poemas escogidos de Emily Dickinson.

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