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Teoría del color blanco-eyaculación

'Croma', de Derek Jarman, es una provocación: un testamento visual que nos habla del color y del lenguaje, de la prisión que es la identidad sexual y de la destrucción del cuerpo bajo el peso de la enfermedad

Eudald Espluga

22 Noviembre 2017 06:00

El blanco, dice Derek Jarman, es aquello que elimina la oscuridad. Lo imaginamos como el color primigenio, el tono que tendría el Big Bang si pudiéramos contemplarlo. Casto y puro, el blanco es el color más simple, sin el cual no es posible ver ningún otro color. Es acromático, y por ello paradójico: si haces girar una rueda cromática a velocidad suficiente, se volverá blanca; "pero si mezclas pigmentos, por mucho que lo intentes, no conseguirás otra cosa que un gris sucio."

El blanco es un color que grita, "es opaco, no deja ver a través. El blanco está obsesionado con el poder." Es el color con el que se cubren las cosas: es el color de las mentiras. Blanqueamos las cosas que queremos ocultar, las tapamos con un velo. Y es un velo blanco el que tapa el rubor de la novia cuando, el día de la boda, descubre que "el mejor amigo del novio, David, susurra al oído al amante esposo: "¡Acábame en la boca! ¡Acábame en la boca!". Blanquear es, también, tapar con el blanco nupcial la sorpresa del blanco-eyaculación.

Porque no se puede hacer una teoría del blanco sin hablar de semen y de pus, del blanco de los muertos y las mortajas, de la impostura conceptual que supone hablar del blanco puro de la nieve, del blanco puro de la Navidad. El blanco es el color de la enfermedad, de las píldoras que tomamos para mantenernos con vida, de las píldoras que tomamos para acabar con todo. Es el color de unos pantalones ceñidos a culos apretados, el color que hace gritar a Sarah desde su jardín "Oh, así es como los gays se reconocen entre sí en la noche!".

"El blanco exige autocontrol... no se puede volcar una bebida en un tejido virgen sin dejar marcas. Ahora solo las personas tontas o ricas usan blanco, para usar blanco no hay que mezclarse con la multitud, el blanco es un color solitario. Repele todo lo que esté sin lavar, tiene un toque de paranoia, ¿contra qué estamos gritando? Cuesta mucho blanquear algo."

Derek Jarman odia el blanco. Y lo odia porque, como nos explica en Croma, el blanco es el color de la locura, de la incomodidad, del ansia. Lo odia porque es el color de las flores blancas que nunca son blancas. Porque la química del blanco —del blanco de plomo, del blanco de titanio, del blanco de zinc— lo convierte en un color peligroso, tóxico.

Croma es un artefacto extraño. Es un recopilatorio de ensayos que nos hablan del color y de el propio Derek Jarman; es el testimonio de su progresiva ceguera, del deterioro de su cuerpo; es un libro de historia de la pintura y una investigación sobre teoría de la pintura; es un manifiesto queer, un compendio de aforismos y un diario de su enfermedad: el sida; es una reflexión sobre el lenguaje, sobre la metafísica de los colores, sobre la fenomenología de las diferentes tonalidades; es un tratado de antropología, un manual sobre pigmentos y, a la vez, un guión cinematográfico; es un libro inacabado e inacabable, abierto; es un libro sobre Isaac Newton, Leonardo Da Vinci y Marsilio Ficino; es un libro sobre el pobre y tímido color marrón, pisoteado siempre por el rojo, orgulloso y territorial; un libro sobre el peligroso amarillo y sobre el gris de los sueños y ambiciones hundidas.

Pero, sobre todo, Croma es un libro sobre lo inefable.

Por eso la impureza del blanco-eyaculación —la neutralidad translúcida de su tono, la inevitable textura de sus connotaciones sexuales— es quizá la mejor metáfora para entender la paradójica perspectiva de Jarman. Lejos de buscar una taxonomía estricta del color, y abandonarse en la tranquilidad de una clasificación, aspira a una cromática del acontecimiento: el color como experiencia, como estallido de placer, como historia de una provocación intelectual.

El color es lo que no puede ser dicho, un lenguaje inconmensurable a nuestro alfabeto. Por eso Jarman nos confronta con un libro-croma, emulando la técnica audiovisual consistente en extraer el color de la imagen para reemplazarlo luego por otra imagen. Es la acción sin escenario ni escenografía. Como explica Hugo Salas en la introducción del libro: "la consecuencia más evidente de esta estética no es, como podría parecer, la perdida de contexto, sino el libre juego de las referencias".

Pero el blanco-eyaculación es también el color de lo que no quiere ser dicho. La tonalidad del tabú, la estridencia de lo reprimido, una mancha en la irreprochable inocencia de las sábanas. Con sus películas, pero también con este libro, Derek Jarman dinamitó toda noción cerrada y normativa de sexualidad. Su objetivo era habitar lo innombrable, ver la identidad también como un croma. Para él la heterosexualidad era algo irregular y contingente, una sexualidad tan irremediablemente defensiva "como un ideal de pureza racial".

Rechazar lo estático, la inmovilidad paralizante de la imagen, del color fijo, de la pureza del blanco. Liberarse en la indistinción del croma."Para ser un astronauta del vacío", dice Jarman, "debes abandonar la cómoda casa que con su seguridad te encarcela. Recuerda: andar y tener no son eternos. Combate ese miedo que engendra el comienzo, el medio y el fin."

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