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La paradoja del trabajador creativo: “No queremos vendehúmos… pero necesitamos el fuego”

Algunas reflexiones incómodas sobre lo que significa trabajar hoy en las industrias creativas y mediáticas

Antonio J. Rodríguez

27 Noviembre 2017 06:00

Ansiedad por el futuro. Ansiedad de no saber si la industria en la que trabajas seguirá en pie el mes que viene. Ansiedad ante la probable perspectiva de pasar la vida sondeando el umbral de la pobreza. Ansiedad por la posibilidad de fracaso. Ansiedad por la incapacidad de prevenir cualquier cosa que suceda más allá de los próximos cinco minutos. Ansiedad ante la imposibilidad de subir la escalera social porque no hay escalera: el edificio está en ruinas.

Ninguno de los miedos anteriores es ajeno a cualquier persona que conozca el mercado laboral en 2017, pero en ese mismo mercado existe un gremio, las industrias culturales, que tiene una particularidad: los trabajadores que forman parte de él lo hacen con una vocación inaudita, produciendo así la monstruosa imagen de un ejército de esforzados intelectuales que trabajan a cambio de nada en medio de la nada, un poco como tenderos que cada mañana abren sus ultramarinos en Raqqa, con la esperanza de que la economía remonte. Nada de eso va a ocurrir y por eso mismo es desolador.

Tal es el tema de El entusiasmo, el texto de la profesora Remedios Zafra que mereció el último premio Anagrama de Ensayo. A lo largo de 250 páginas, El entusiasmo disecciona la precariedad que anega a esa legión de trabajadores culturales y explica cómo las últimas transformaciones del capitalismo están sirviendo para explotar aún más al precariado. Se trata de uno de los temas que están definiendo la agenda contemporánea y su comprensión nace de una voluntad noble. El título, eso sí, plantea algunas cuestiones inacabadas.

«Sibila —escribe Zafra— no es la niña, no es la madre, no es la amante, no es la anciana. Sibila es entusiasta y trabajadora […] Sibila tiene aspiraciones creativas y pocos recursos». A través del personaje de Sibila, Zafra construye un relato sobre la precariedad contemporánea. Aquí la suya es una escritura que funciona bien como materia prima para una ficción realista, pero que como ensayo se aleja de su objetivo. Sibila es una constatación efectiva de la desilusión, pero nada más. Sorprende que la propia Zafra afirme que «toda descripción de la realidad no basta para conocer», cuando El entusiasmo es exactamente eso: una enorme y pormenorizada descripción de la precariedad —salpimentada a su vez con un montón de semiología de Internet que constantemente entra y sale de los contornos del libro.

Aparentemente, 'El entusiasmo' es un estudio de las industrias creativas en su conjunto. Lo cierto es que la práctica totalidad del texto se cierne sobre el ámbito académico. No hay alusiones concretas a la industria del cine, ni a la música, ni a los medios, ni a la publicidad, ni tampoco al sector editorial.

Sibila a ratos emociona, pero la luz que arroja sobre la mercantilización de las industrias culturales no es mucha. A nadie es ajeno el costumbrismo que envuelve el personaje de Sibila. Su presencia nos da calor, pero su solaz ayuda poco a conocer en más detalle la realidad actual. Escribe Zafra contra la literatura complaciente y los libros que «hacen sentirse bien». Sin embargo, el protagonista y receptor de este libro, las clases creativas precarizadas, encontrará pocas cosas que le hagan sentir mal. Sirva de ejemplo la conclusión del libro: «la creatividad que surge del entusiasmo sincero es un arma que debe ser radicalmente libre, urgentemente valorada». Básicamente, esto es como decir que estamos a favor de lo bueno y en contra de lo malo. Un mantra tantas veces repetido que ya no significa nada, como esas campañas de publicidad que reivindican infatigables el valor de la creatividad. Significantes vacíos.

Sorprende también la relación entre expectativas y realidad en cuanto al objeto de análisis se refiere. Aparentemente, el texto es un estudio de las industrias creativas en su conjunto. Lo cierto es que la práctica totalidad del texto se cierne sobre el ámbito académico. No hay alusiones concretas a la industria del cine, ni a la música, ni a los medios, ni a la publicidad, ni tampoco al sector editorial.

Otra cosa que se echa en falta del ensayo es una panorámica completa de la industria cultural. Dice Zafra acerca de los trabajadores culturales que su desigualdad recuerda a la de «los viejos modelos feudales, tan parecidos pero ahora más tecnificados». Tendría sentido la comparación si en lugar de industrias culturales hablásemos de extracción de petróleo, diamantes, fondos de inversión o nuevos imperios tecnológicos, muy responsables estos últimos, por cierto, de la precarización de las industrias culturales. En verdad, la entrada de Internet acompañada de la última crisis económica pasó como una bola de demolición por el conjunto de las industrias culturales y mediáticas. Sirvan como prueba algunos datos ilustrativos:

1. El servicio de streaming de Netflix, la gran firma llamada a reinventar el entretenimiento audiovisual en nuestro tiempo, todavía no ingresa más de lo que invierte. Las expectativas optimistas esperan que esto suceda el año que viene —claro que eso es lo que todas las firmas deficitarias dicen a sus inversores.

2. Spotify, la gran plataforma de streaming de música, también está lejos de convertirse en un modelo de negocio satisfactorio: mientras sus artistas lamentan los escasos ingresos que reciben, sus inversores siguen nerviosos porque gastan mucho más de lo que ingresan. Todos pierden. ·

3. Buzzfeed, el medio de comunicación paradigmático de la era Facebook, tampoco pasa por un buen momento: «Buzzfeed pierde sus objetivos de facturación, señalando turbulencias en la industria de los medios», titulaba hace unos días el Wall Street Journal.

4. El informe Oxfam sobre desigualdad (ocho personas poseen la misma riqueza que la mitad más pobre de la humanidad, según el último documento) está íntimamente ligado a la lista Forbes. Examinando esa lista, de los 100 primeros nombres que la componen solo hay tres ligados a industrias culturales y mediáticas. El primer nombre es Laurene Powell Jobs, heredera del cofundador de Apple Steve Jobs, y sus fuentes de ingresos son Apple, firma electrónica, y Disney. Los otros nombres son David Thompson y Rupert Murdoch, asociados a Reuters y al imperio Murdoch. Dado que la mayoría de las empresas mencionadas operaban antes en analógico que en digital, es bastante claro que la presencia de las industrias culturales y mediáticas en la era de internet en el olimpo del capitalismo salvaje es… insignificante. ¿Hay desigualdad en ellas? Por supuesto. De ahí a leerlas como el clímax del capitalismo hoy hay un océano.

De las 100 personas que encabezan la lista 'Forbes' solo tres se dedican, directa o indirectamente, a las industrias mediáticas y culturales. En los tres casos se trata de corporaciones que construyeron su imperio antes de la era digital

El entusiasmo y la desilusión, ¿y luego?

Uno de los problemas a los que se enfrenta a El entusiasmo es que nace de un andamiaje teórico (Barthes, Bourriaud, Deleuze, etc) que si no es obsoleto, al menos sí es insuficiente. Al entusiasmo de los trabajadores creativos precarizados le sigue la inevitable desilusión. ¿Pero cómo repararla? Sin profundizar en ellos, el título propone tres caminos como solución: «mutar desde dentro, infiltrar la alteridad y profundizar frente a la opresión simbólica de un mundo veloz y excedentario. O quizá (es una tentativa) transformar políticamente los marcos de fantasía (ficción) o, de nuevo, otro y más renovado intento de recuperar los vínculos de solidaridad entre iguales (revolución)».

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Hablábamos de obsolescencia antes porque la semiótica del capitalismo fue un tipo de ensayo especialmente popular antes de la crisis, que luego dejó de tener sentido por razones obvias, y porque esos «vínculos de solidaridad entre iguales» a los que se aluden no son ni mucho menos una propuesta en fase seminal, sino probablemente uno de los fenómenos más interesantes que están ocurriendo en las industrias culturales y el sector educativo.

Leer más: Manteros, kellys, riders… Así es la nueva generación del sindicalismo

Mareas verdes, sindicato de músicos, protestas de trabajadores de museos, protestas por la igualdad en el mundo del cine y nuevos sindicalismos que ahora están ensamblándose contra la nueva economía digital son algunos de los mecanismos que el precariado ha diseñado para defenderse de los abusos de las nuevas prácticas laborales. El entusiasmo no recoge mención a ninguna de estas ideas.

“No queremos vendehúmos… pero necesitamos el fuego”.

Un pequeño paréntesis.

Entre las voces críticas con la economía global existe un consenso bastante extendido de que el proyecto más estimulante en lo que va de siglo surgió en Latinoamérica. Los últimos tiempos, lamentablemente, no han sido especialmente positivos para la izquierda de inspiración bolivariana. En el caso rotundo de la crisis venezolana, el relato del propio Maduro y el de sus críticos coincide en una cosa: lo apostaron todo a una única carta —los recursos naturales—… y fallaron. La explotación de los recursos naturales, antónimo en cuanto a modelo económico se refiere del emprendizaje, ha sido la principal fuente económica de los mejores adversarios del capitalismo, pero también se ha revelado como una opción corta para vencer al capitalismo en un mundo capitalista. Resumen: el capitalismo vuelve a ganar. No hay alternativa.

O la hay por muy poco.

Necesitamos una mayor fuerza sindical, modelos de industria sostenible y una presión mayor a los gestores públicos.

El reconocimiento por parte de la izquierda latinoamericana de la necesidad de diversificar la economía es un buen símbolo del callejón sin salida en el que se encuentra parte del pensamiento crítico hoy: rechazamos el discurso emprendedor, pero lo necesitamos; nos oponemos a las lógicas mercantilistas, pero precisamos industrias culturales sostenibles que soporten nuestro trabajo; estamos en contra de aquello en lo que Silicon Valley se ha convertido, pero la enmienda de todos sus vicios (burbujas, desigualdad…) tal vez crease un ecosistema de trabajo digno; no queremos escribir gratis, ni publicar gratis, ni trabajar gratis, pero necesitamos ideas de estructuras —tanto si son cooperativas o sociedades anónimas— que permitan que nuestro proyecto de vida no sea una quimera, sino una opción real.

Podemos seguir coreando eslóganes vacíos, pero lo cierto es que vivimos un momento histórico inusualmente extraño, en el que los trabajadores creativos deben —debemos— huir de los unicornios, redoblar los esfuerzos contra las políticas públicas que mermen innecesaria y desproporcionadamente las humanidades y la educación (mientras el capitalismo clientelista sigue perpetuándose ); pensar modelos de industria sostenible y reforzar el tejido sindical. Más sindicatos, mejor sostenibilidad y mayor presión a los gestores públicos. Es una combinación extraña, pero absolutamente necesaria.

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