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Ellos, la otra cara del trabajo sexual

Baños públicos, saunas y Grindr: historia acelerada de la prostitución homosexual… en pleno debate sobre prostitución y feminismo

Eudald Espluga

18 Diciembre 2017 17:09

"Soy de Barcelona y me destinaron a Galicia, a Vigo [...] mi madre solía enviarme paquetes con comida porque la comida del cuartel era una mierda porque los oficiales de cocina se quedaban ellos con el dinero [...] así que si no llegaba el paquete de mi madre y estaba sin dinero hacia alguna chapa que conseguía en el bar donde nos vestíamos de paisano y con eso me pagaba un bocata, la pensión para salir del cuartel y también podía ir al cine".

Con este y muchos otros testimonios Oscar Guasch y Eduardo Lizardo documentan lo que fue una de las principales formas de iniciación en el comercio sexual entre hombres en España: el servicio militar obligatorio, vigente hasta el año 2001.

En Chaperos. Precariado y prostitución homosexual (Edicions Bellaterra), título que aparece en pleno debate sobre feminismo y prostitución, sus autores explican que durante el franquismo —un régimen de homofobia social y legal—, la mili constituyó un espacio con condiciones privilegiadas para el desempeño del trabajo sexual: desplazamiento lejos de la región natal, espacios concurridos (urinarios públicos, estaciones de ferrocarril, centros comerciales) y anonimato. Al tratarse de un ámbito exclusivamente masculino, los grupos de hombres entrando y saliendo de fondas y hostales no resultaban escandalosos.

Además, la propia institución militar facilitaba la presencia de comercio sexual, ya que la mili era concebida como un ritual de paso en el que los soldados debían confirmar su masculinidad. Y esto, en el marco de una dictadura de moral católica que definía de manera rígida los roles y las actitudes de género, tenía su reverso en la consideración del comercio sexual tanto como una prueba de hombría —"si nunca le has dado pol culo a un maricón no sabes si te gusta o no"—, como de coraje y supervivencia —"una suerte de ritual de virilidad que demuestra su capacidad de adaptación a un contexto desfavorable: están lejos de casa, tienen escasos ingresos, y tienen que probar que pueden espabilarse"—.

LEER MÁS: 6 ideas para orientarse en la guerra de los feminismos sobre el trabajo sexual

En la mayoría de casos se trataba de una forma de vivir la homosexualidad en un contexto homófobo que, al mismo tiempo, estaba marcado por las prácticas de camaradería militar que proponían instituciones fascistas como la Falange y las JONS y, por lo tanto, de una práctica amateur y esporádica. Sin embargo, en la Legión Española la oferta de trabajo sexual sí llegó a organizarse: algunos legionarios con especial habilidad para la amenaza y la extorsión chuleaban a los demás soldados.

El modelo de iniciación militar-legionario es síntoma de una sociedad represora con las minorías sexuales en la que la prostitución se convierte en (y es indistinguible de) una forma de socialización a la homosexualidad: el dinero les servía como elemento para diluir la homofobia que los jóvenes sentían contra sí mismos por vulnerar la moral pública en la que habían crecido. Con todo, el castrense no era el único modelo de iniciación que existía. Como explican Guasch y Lizardo, la prostitución estaba ligada también a contextos de delincuencia y de movilidad de clase: "un maricón pobre es un maricón y un maricón rico es un rico".

De hecho, el mismo concepto de chapero —el más popular durante muchos años para referirse a la prostitución homosexual— hacía referencia a las chapas o fichas que utilizaban como moneda de pago los clientes, y servía para estigmatizar triplemente a los trabajadores sexuales: como homosexuales, como delincuentes y como desviación del mito romántico según el cual el sexo debía ser gratuito. Era un trabajo que se realizaba de puertas para fuera, en la calles de las grandes ciudades o en los urinarios públicos, para mantener el anonimato y protegerse de la policía.

"El trabajo estaba en la tercera y sexta planta de los lavabos del Corte Inglés de Plaza Cataluña o en los lavabos de Plaza Urquinaona. Era peligroso pero morboso al mismo tiempo. Si te pillaban los seguratas, era un mal trago porque podían llamar a los nacionales y te llevaban a comisaría. Te ponías en los mingitorios y hacías la carrera esperando que llegara algún cliente potencial y les enseñabas el rabo medio empalmado"

LEER MÁS: "Ser putero no significa ser Torrente; prostituirse también es cuidar personas"

Con la llegada de la democracia y las transformaciones del capitalismo (especialmente la crisis del petróleo de los 70 y la consecuente reorganización neoliberal de las sociedades occidentales), así como con las luchas por el reconocimiento de la homosexualidad como identidad gay, el trabajo sexual masculino se encerrará en saunas, cines y apartamentos. Guasch y Lizardo hablan de un modelo de prostitución indoor, que poco a poco se volverá más organizado y profesional, y que estará ligado a la proliferación del turismo sexual: la industria del sexo empezará a funcionar como tal.

¿Puede la historia de la prostitución homosexual ofrecer una perspectiva alternativa del trabajo sexual, construida bajo otro tipo de desigualdades —de clase, de raza— que permita desligarlo de la opresión de las mujeres?

Del chapero pasaremos al trabajador sexual: masajes corporales completos, servicios de acompañamiento, bailarines eróticos, actores porno, entrenadores personales, etc. Una transformación que no acabará con el estigma que arrastra el prostituto. Primero, porque la relación centro-preriferia (que durante el franquismo ya existía, aunque limitada a las fronteras de la península) se convertirá ahora en una fuente de racismo y xenofobia. Segundo, porque habrá un problematización social, médica y legal del trabajo sexual (bajo un modelo de higienismo y preocupación epidemiológica, ligada al VIH), que presentará al chapero según rasgos estereotipados: "jóvenes de entre 15 y 23 años, desempleados, exageradamente masculinos, con historial de privaciones socioeconómicas, fracaso escolar, e hijos de hogares rotos y víctimas de la violencia y el rechazo". Y tercero, porque desde sectores mayoritarios del feminismo y de los movimientos progresistas se seguirá negando que el trabajo sexual pueda ser una elección libre y un espacio de seguridad para las personas que participan en él.

La última transformación documentada en Chaperos. Precariedad y prostitución homosexual, es la que se produce con la proliferación de páginas web (Gaydar, Planetromeo), apps (Grindr, Scruff, Hornet) y otros dispositivos electrónicos que desinstitucionalizan el trabajo sexual. Al desligarlo de los enclaves físicos en los que se había producido hasta ahora (ya fuera en espacios públicos o en comercios privados), los rituales de interacción desaparecen en favor de un modelo de satisfacción inmediata del deseo. Además, para la generación millennial, la práctica de la prostitución no puede desligarse del uso de redes sociales destinadas al marketing personal y reproduce las características que se atribuyen al contexto social que nos envuelve: individualismo, falta de empatía, irresponsabilidad personal y colectiva, desconfianza en las instituciones, ausencia de futuro, etc.

Sin embargo, los estudios que se ocupan del trabajo sexual desde los años 80 y 90 desmienten los tópicos que alimentan las posturas abolicionistas: ni todos los trabajadores sexuales se definen como homosexuales, ni tienen menos estudios que el resto de varones de igual edad, ni es verdad que haya un rechazo del uso de preservativos. Guasch y Lizardo se encargan de señalar que a pesar de la vulnerabilidad, las dificultados y la violencia —subjetiva y estructural— a la que están sometidos los chaperos, no debemos verlos solo como víctimas, sin ni tan siquiera escucharlos: "el trabajo sexual de los varones tiene importantes componentes de agencia y de elección [...] Pero eso no implica que sea una actividad sencilla, sensata, fácil o interesante (en realidad, lo mismo sucede con la mayoría de ocupaciones laborales). Los principales obstáculos que deben enfrentar para vivir una vida digna son la homofobia, las adicciones, la xenofobia, así como el estigma ligado a su profesión: en el caso del trabajo sexual entre varones, las mafias y las redes de proxenetismo son un problema residual.

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La invisibilidad relativa de la prostitución homosexual en el debate público sobre el trabajo sexual —avivado estas últimas semanas por la campaña #holaputero— debería hacernos reflexionar sobre la ausencia de todo este otro régimen de experiencias a la hora de defender el abolicionismo o el regulacionismo. ¿Puede la historia de la prostitución homosexual ofrecer una perspectiva alternativa del trabajo sexual, construida bajo otro tipo de desigualdades —de clase, de raza— que permita desligarlo de la opresión de las mujeres? ¿Puede servir para señalar la estigmatización de los profesionales como uno de los principales factores de precariedad? ¿Puede ayudar a imaginarnos otras formas de relacionarnos con el deseo y la sexualidad?

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