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No son monstruos. Son "buenos hijos" con ideas terriblemente normales

/OPINIÓN/ "Sólo si se reduce la violencia sexual a actos conscientemente sádicos y crueles, realizados con una perversidad inhumana, se puede entender que tres jueces dictaminen que lo de La Manada no fue una violación"

Eudald Espluga

27 Abril 2018 13:10

Durante el juicio, uno de los abogados de La Manada definió a los agresores como “imbéciles”, “patanes”, “infantiloides”, “simples” y “primarios en sus planteamientos”, pero "buenos hijos" al final. La estrategia era clara: pretendía evidenciar que los acusados no eran "los criminales más peligrosos del país", que no era una maldad salvaje y atávica la que los había empujado a atacar a la víctima, sino que más bien se trató de una travesura que por desgracia salió mal. A los chicos les faltaba picardía y quizá algunas luces, pero no eran unos monstruos.

En cierto modo, fue una táctica exitosa. La sentencia ha dictaminado abuso, y no violación, porque asegura que no hubo violencia ni intimidación. La contradicción es extrema, especialmente cuando el auto judicial reconoce como hechos probados que la víctima fue acorralada en un lugar "recóndito y angosto"; que fue "impresionada" y "sin capacidad de reacción" tras ser "rodeada por cinco varones, de edades muy superiores y fuerte complexión"; que en el vídeo mostraba estar "sometida a la voluntad de los procesados", que la utilizaron "como un mero objeto, para satisfacer sobre ella sus instintos sexuales" y que la víctima exhaló "gemidos agudos que reflejan dolor".

Como explica Anna Pacheco en su análisis de la sentencia, la retórica judicial demuestra hasta qué punto el imaginario de los buenos-hijos-pero-patanes, a los que la fiesta se le fue de las manos, impregna el lenguaje que utilizan. Tras describir la escena del ataque y consignar los rastros de semen en las escaleras, pasillo y paredes, la sentencia concluye que "estos datos revelan que los procesados acababan de disfrutar de una juerga sexual, después de la encerrona que habían tendido a la denunciante".

Esta impregnación, tan lingüística como ideológica, es posible gracias a los prejuicios y mitos sobre la violación, que responsabilizan y culpabilizan a la víctima (¿qué hacías sola? ¿por qué no te resististe más? ¿te excitaste? ¿por qué seguiste con tu vida?), pero también a la normalización de las violencias machistas, a su banalidad: sólo si se reduce la violencia sexual a actos conscientemente sádicos y crueles, realizados con una perversidad inhumana, se puede entender que tres jueces dictaminen que lo de La Manada no fue una violación.

"Sólo la normalización cotidiana de comportamientos humillantes para con las mujeres permite entender que alguien no vea violencia ni intimidación en el hecho que cinco hombres acorralen a una persona, la penetren anal, bucal y vaginalmente contra su voluntad."

La filósofa Hannah Arendt fue la primera que utilizó el concepto de "banalidad" en este sentido. Durante el juicio a Adolf Eichmann, el teniente coronel nazi encargado de transportar los deportados a los campos de concentración en Alemania y Europa, Arendt observó que no se trataba de un fanático antisemita, ni de un genio del mal que obtuviera placer asesinando a millones de personas. Eichmann era un simple administrativo, sin problemas de conciencia, que seguía una rutina cotidiana. "A pesar de los esfuerzos del fiscal", afirmaba la filósofa, "cualquiera podía darse cuenta de que aquel hombre no era un monstruo. [...] Únicamente la pura y simple irreflexión fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo".

Arendt no disculpaba a Eichmann, ni se mostraba comprensiva ante sus crímenes. La "banalidad del mal" no significa que considere triviales los hechos, o que por estar normalizados se debiera descargar de responsabilidad al acusado. Todo lo contrario: como ya había hecho en Los orígenes del totalitarismo, lo que pretendía era señalar que el nazismo no fue una excepción incomprensible, orquestada por demonios enajenados, sino la consecuencia lógica de una racionalidad cotidiana: los nazis eran personas normales.

En un caso como el de La Manada, la idea de banalidad del mal es doblemente significativa, en la medida en que no sólo permite entender la contradicción de una sentencia que no aprecia violencia en un acto de violencia sexual, sino que además revela el funcionamiento de la dominación masculina en el contexto de la justicia. Sólo la normalización cotidiana de comportamientos humillantes para con las mujeres permite entender que alguien no vea violencia ni intimidación en el hecho que cinco hombres acorralen a una persona, la penetren anal, bucal y vaginalmente contra su voluntad, eyaculen sin preservativo y se diviertan grabándolo todo.

Por ello era tan importante que condenaran a La Manada por violación: porque no son unos monstruos excepcionales, sino "buenos hijos" con ideas terriblemente normales.

machismo la manada ideas

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