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Lit

Ingrid Bejerman: “Gabo nos enseñó a leer el horóscopo antes de hacer una entrevista”

Judía en la diáspora, buque insignia de las letras latinas, periodista supersticiosa... así es como se describe o han descrito a Ingrid Bejerman, con la que hablamos de literatura, periodismo y feminismo durante la celebración del Metropolis Bleu Festival

Luna Miguel

27 Abril 2018 21:35

I. ¿Quién es esa joven que nos mira desde la fotografía?

La imagen se hace cada vez más clara.

Es ella. Sí. Por supuesto que es ella. Tiene una pequeña libreta negra y está apuntando algo a bolígrafo. Parece que le fuera la vida en marcar esas palabras. Parece que lo que tiene que anotar sea un secreto inmenso. La clave para conocer el mundo. O la clave para saber contarlo.

—Gabo nos decía que antes de ir a hacer una entrevista había que leer el horóscopo del día de esa persona. Eran el tipo de consejos que daba en el taller. Y yo lo apuntaba todo en mi libreta, como se ve en esa foto.

La imagen se hace cada vez más clara. Quizá porque ahora hemos escuchado su voz. Es esa mujer de allí. La judía en la diáspora. El hada madrina de la literatura. El buque insignia de las letras latinas. La que dirigió la cátedra de Julio Cortázar a los 24 años. La prima de la mejor poeta de Argentina. La madre de dos niñas con las que habla en inglés, portugués, francés y español. La que firma el manifiesto de trabajadoras del libro hartas de la violencia machista en Argentina. La que estudió con Gabo. Y con Carlos Fuentes. La que coordina uno de los festivales literarios más importantes de Canadá en Montreal.

Es ella. Sí. Está claro: es Ingrid Bejerman.

—¿Y le hiciste caso? ¿Seguías sus consejos?

—A Gabo le debo todo lo que sé sobre periodismo y muchos momentos por decirlo así, mágicos de mi vida. Además de los talleres, con él participé en un proyecto que se llamaba “El periódico ideal” y en el que colaborarían varios periodistas de América Latina, España y Portugal. Queríamos configurar un periódico ideal que iba a ser un único número. Finalmente no se hizo, pero hicimos varias reuniones y tuve la oportunidad de viajar con él, de verle cantar vallenatos. No te imaginas lo que era Gabo cantando. Era una cosa increíble. También era muy supersticioso, como yo, y eso me encantaba. Creía mucho en la astrología y yo seguía sus consejos. Efectivamente sé en qué mes nacieron muchos de mis escritores. Y no te sigo contando porque si no te vas a frikear con cómo he seguido al pie de la letra sus consejos. Fueron los que me dieron confianza para deconstruir un poco cómo la academia y la facultar periodística enseñan el periodismo, porque él odiaba todo eso. Para él el periodismo era otro género literario, y por eso lo trataba como tal.

—Precisamente el otro día un periodista me preguntaba quién creía yo que podría ser el nuevo García Márquez y no supe qué responder. Tú que le conociste bien, ¿qué dirías si te preguntaran lo mismo?

—No, no, no, por favor. Gabriel García Márquez hubo uno solo. El boom ya fue. Todo eso ya se hizo. Pertenece a una época muy específica de la cultura de América Latina. A todo lo que ocurrió en París. Allí estaba Carlos Fuentes siendo embajador y recibiendo a todos los que venían en exilio. Ese fue el imaginario que muchos recuerdan ahora. Pero inclusive Gabo cuando ponían cosas de “no sé cuánto de una muerte anunciada” o “no se qué de soledad”, y más cuando eran titulares de noticias, odiaba ese tipo de juegos y decía “¡qué! ¡Invéntese otro tipo de cosas!”. Era él quien no quería repetirse. Había que inventar otra cosa y dejar atrás lo que pasó.

II. Lo personal es político, y también es literario

Pero qué significa dejar algo atrás. Cómo se consigue llevar adelante una institución anclada en lo arcaico como tantas veces puede ser la de la literatura.

Ingrid Bejerman es la única en toda la sala que postea en Instagram o comenta en Facebook mientras los otros debaten sobre antiguos modelos de la promoción del libro. Es ella: la del iPhone cubierto con carcasa dorada. La de la purpurina en las manos. La que más brilla. Se escucha su voz en toda la sala cuando habla y su risa en todo el hotel cuando, feliz, sabe que acaba de conectar a ese editor canadiense con esa agente literaria francesa o con ese otro poeta de Noruega. La purpurina del iPhone no es purpurina, entonces, es polvo de hadas.

—Da la impresión de que cuando apoyas a un escritor lo haces hasta el final. Pienso en tu capacidad para convencer a tanta gente de que esa persona cuya obra admiraste por un flechazo debe ser admirada por todos. ¿Te han dicho alguna vez que eres la hada madrina de la literatura?

—Te voy a decir una cosa. Tomás Eloy Martínez ha dicho de mí que soy el buque insignia de las letras latinoamericanas. Aunque la hada madrina de las letras hispanas, aquí en Montreal, es Ginny Stikeman, la que concede el premio Metropolis Azul, que el primer año se concedió a Sergio Ramírez, a quien luego concederían el Premio Cervantes, y este a Leila Guerriero.

Que Bejerman mencione los nombres de Guerriero y Stikeman es llamativo. En la mayoría de sus conversaciones da la impresión de que el mundo en el que trabaja es profundamente masculino. Probablemente así sea. Sólo hay que hacer un repaso de los lugares en los que ha desarrollado su trabajo en la literatura: Colombia, México, Brasil, parte de Argentina.

Para ella, el machismo golpea la industria en todos estos escenarios, incluso en Canadá, aunque siempre de manera distinta. Por ejemplo, recuerda su juventud en Guadalajara, y recuerda aquellos momentos en los que ella era la única mujer en una reunión, o en los que algunos y algunas le miraban mal cuando contaba que en Quebec el aborto era libre. Recuerda también algunas malas experiencias trabajando en Colombia aunque, dice, casi siempre ocurrieran en cuerpos y vidas ajenas, no en la suya propia.

Aunque no haber sufrido el machismo literario en primera persona no significa no haberlo visto. Bejerman recuerda con horror el horroroso episodio que vivió en uno de sus primeros trabajos como periodista en Brasil, cuando uno de los editores del medio en el que colaboraba mató a su amante. Un crimen “en legítima defensa”. Porque en su país de origen matar por celos es algo que hasta hace muy poco se podía justificar.

—Tomás Eloy Martínez ganó el premio de Alfaguara Negra contando esa historia. Aquello me marcó para siempre. Por no hablar de los feminicidios en Argentina, un país profundamente tocado por la violencia hacia las mujeres.

Contra esta violencia, de hecho, ella ha querido luchar activamente. Es una de las firmantes de un manifiesto que reúne a más de 250 escritoras entre las que también se encuentran Cecilia Pavón, Claudia Piñero o Natalia Litvinova.

—Las organizadoras me incluyeron en este manifiesto y fue un honor porque me parece increíble que todavía estemos luchando por la puesta en valor de la mujer en el campo literario e intelectual, pero en este caso las escritoras argentinas también están luchando por cosas muy básicas, como es el aborto, o como es el simple respeto. En este sentido, creo que la situación es muy diferente a la de Quebec, donde tenemos muchos derechos ganados. Aquí la situación no es tan patética como en América Latina, quizá porque en los años 60 se consiguieron muchas cosas. Pero hay que seguir luchando.

Es ella. La que lucha. Por su puesto que es ella.

La veo al fondo de un restaurante francés en la calle que divide Montreal entre francófonos y angloparlantes. Bejerman tiene un pie en cada baldosa y es capaz de hablar mucho y muy rápido desde cada uno de esos lugares. Con la copa de vino tinto en una mano y el móvil de purpurina en la otra, y después de explicar a su audiencia que aquí en Canadá la bebida es cara pero deliciosa, procede a contarnos una serie de secretos que van desde la literatura hasta la vida, quizá porque en ella esas dos palabras toman la misma forma. Se vuelven sinónimos inevitables. Se convierten en secretos contados en voz alta y en demasiados idiomas que yo he tratado de resumir aquí, veloz, agitada, torpe, porque lo que en realidad quiero es coger mi libreta negra, sentarme a su lado, y apuntar cada cosa que dice con otra copa en la mano.

III. Ocho cosas sobre Ingrid Bejerman que nadie más te contará

1. Fue concebida en Alemania, donde sus padres, argentinos ambos, se marcharon a trabajar durante unos años. Dice que le parece bonito pensar que la primera vez que cruzó el atlántico lo hizo dentro del vientre de su madre.

2. Tiene acento argentino pero nunca ha vivido en Argentina. Al menos no el tiempo suficiente como para poder decir que allí ha encontrado su casa. Prefiere tener decenas de casas: las de todas esas amigas —editoras, periodistas, novelistas, poetas— que sí encontraron en Buenos Aires su paradero. “Siempre he procurado modular mi acento para que no sea viste, reargentino”, aclara. “Pero cuando veo a algunas de mis amigas como Juana Libedinsky, que está ahora en el festival, o como Leila Guerriero, es inevitable que se me pegue totalmente. Pero sí, ahora al fin tengo la ciudadanía argentina porque mis padres hicieron los trámites, pero allí sólo viví los seis meses de transición hasta que obtuve la VISA que me permitió trabajar en México”.

3. En su Instagram tiene muchos retratos y encuentros estelares con personalidades de la cultura. En una foto se le puede ver en una foto con Justin Trudeau. Lo conoció en un encuentro entre culturas de México, Estados Unidos y Argentina. Según ella Trudeau es “guapo a rajar las piedras” [N. A. Esto es una expresión que nunca entendí. Probablemente ni siquiera exista, pero me gustó cómo sonaba al transcribirla, y la voy a dejar así, con el permiso de Bejerman, seguro que no le importa.]

4. Hablando de fotos, el fotógrafo Daniel Mordzinski la habrá retratado al menos en una docena de ocasiones, pero sólo hay una foto que ella no ha conseguido que le enseñe: la que le hizo dando de mamar a su hija pequeña. Esta escena fotografiada pero quizá inexistente, sin embargo, le hace recordar una crónica de Margarita García Robayo sobre la dictadura de la lactancia. Para ella, esas son las visiones arriesgadas y potentes que debemos escribir sobre la maternidad.

5. No obliga a sus hijas a que lean —no quiere ser una helicopter mother— prefiere que descubran la literatura por ellas mismas, aunque sí les recuerda que a los libros hay que tratarlos bien. Que en ellos pueden encontrar un buen amigo. También le preocupa su cariño hacia el idioma. Tienen suerte, recalca, de tener a un padre con un manejo tan pulcro del inglés. Ella de sea que sus niñas hereden esa paciencia. Esa sabiduría.

6. Le gustan los cosméticos. Y sobre todo el perfume. Cuando conoció a la novelista noruega Margarit Waslo y supo que había escrito una exitosa novela sobre una mujer llamada Ingrid que es trabajadora de la industria del perfume, supo que era el destino. Que algo tenía que haber de ella en ese peculiar personaje de ficción.

7. Además de leer libros con sus hijas o adorar el perfume, cuando tiene tiempo libre —algo que en realidad no suele ocurrir a menudo— hace yoga o habla por teléfono con sus amigas: las argentinas, las que están en México, o una de sus mejores confidentes, cuando está en Montreal, la poeta Joumanna Haddad.

8. Es sagitario. El pasado noviembre cumplió los 40 mientras se celebraba la FIL de Guadalajara. Qué curioso que durante la estresante celebración del Metropolis Bleu y a pocas horas de que tenga que entrevistar a su admirada Guerriero, lo que su horóscopo semanal le indique sea esto: “confía en tus instintos e intuiciones y únelos a tu sentido común y tu gran inteligencia porque así podrás conquistar el triunfo. Descubrirás en este día como puedes simplificar tus tareas de forma práctica y disponer de más tiempo libre para ti. Con un poco de organización todo se soluciona”.

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