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Lit

Homenaje a Ana Orantes en el 20 aniversario de su asesinato

7 poetas escriben contra la violencia machista

Luna Miguel

16 Diciembre 2017 21:48

“Hemos fallado a Ana”, decía la presentadora, con la voz quebrada, tras conocer la noticia de que el exmarido de Ana Orantes la había asesinado brutalmente pocos días después de haber pasado por su plató para denunciar el maltrato que sufrió durante cuatro décadas.

“Hemos fallado a Ana”, decía.

“Hemos fallado a Ana”.

“Hemos fallado a Ana”.

“Hemos fallado a Ana”.

20 años después, en un programa de Cadena Ser, Raquel Orantes lee una carta a su madre en la que se disculpa porque sabe que aún queda demasiado por hacer, incluso si su caso fue el primero en concienciar a la sociedad, a los medios de comunicación y a las instituciones de que la violencia machista debía combatirse.

En palabras de la propia Raquel Orantes —en una carta que leyó en directo y después de que la periodista Noemí López Trujillo dedicara un emotivo reportaje en Podium Cast a su madre— aún estamos a tiempo de cambiar las cosas.

“Me gustaría contarte que ni una mujer más ha tenido que abandonar su hogar, como lo hacías tú cuando tu agresor rompía en cólera, con todos nosotros avanzando delante de tu partida. Me gustaría contarte que las sentencias son justas, que los jueces no las siguen ‘interpretando’. Que al igual que tú, ninguna mujer tiene que convivir con su maltratador, que ninguna mujer, aunque haya roto la relación, tiene que vivir con el miedo de que en cualquier momento su agresor entre en casa. Que ningún hijo o hija tiene que permanecer alerta en sus sueños como lo hacíamos nosotros”.

20 años después, desde PlayGround, también hemos querido recuperar su historia, porque creemos que contándola una y otra vez la tendremos presente. Y lucharemos para que no se repita. Y adquiriremos las herramientas para aprender a mirar, a empatizar, a hablar, a denunciar, a ser valientes.

Como aquí nuestra herramienta favorita es la palabra, hace tres meses publicamos el reportaje ‘La violencia de género no es un tema literario’. En él nos preguntábamos, precisamente, por qué un tema tan sensible y tan como la violencia machista no se había reflejado apenas en nuestra literatura reciente.

“Ahora que están a punto de cumplirse 20 años de la muerte de Ana Orantes y de uno de los asesinatos machistas más crueles y tristes de la historia reciente de nuestro país, ¿no deberíamos al menos intentarlo?”, dijimos.

De modo que hoy, 17 de diciembre de 2017, y acompañados de las voces de los escritores María Ángeles Pérez López, Juan Carlos Mestre, Laura Casielles, Lola Nieto, Ana Pérez Cañamares, Oriette D’Angelo y Diego Álvarez Miguel, nos atrevemos a intentarlo. Nos atrevemos hablar de la violencia para destruirla con versos. Nos atrevemos a homenajear a Ana Orantes para recordarla con versos. Porque no queremos seguir fallándote.

No queremos fallarte.

No queremos fallarte.

No queremos fallarte, Ana.

‘Haikús del miedo’, por María Ángeles Pérez López

Muro que sangra.

Expiación. Desuello.

Boca empalada.

*

Flor de la angustia.

Pétalos que enloquecen

las comisuras.

*

Sometimiento.

La cabeza en el suelo.

Descendimiento.

*

La sien mordida.

Alacrán que levanta

látigo y brida.

*

Espuma amarga.

Lenguaje que se agosta

en su amenaza.

*

Frío que quema.

El óxido, hostigado.

La herida, abierta.

*

Avispa roja

que tiembla en el oído

y entra en la boca.

‘Ellas’, por Juan Carlos Mestre

Todas íbamos a ser reinas… (Gabriela Mistral)

Posiblemente se acaben de levantar y oigan a lo lejos un olor a pájaros dormidos. Posiblemente todo lo que era el mundo, hierba y galaxia, aún es sueño. Saben planchar, posiblemente dan de comer a hijos que no son suyos. Vuelven insignificantes a la vida, regresan al suburbio donde pensaron algún día no estar solas, ser As de Corazones entre las manos de crupier del sábado. Quitan el polvo a libros que jamás leerán, cambian las sábanas del catre donde se amaron otros. Nadie sabe qué dios de las pequeñas cosas aún les hace sonreír en las fotografías. Caminan hacia el metro, beatrices de Dante, julietas, lisas marias di noldo gherardini. Sobreviven sin culpa, ávidas, fervientes, despreciadas. Posiblemente odian, posiblemente sueñan.

‘La furia tiene un nombre pequeño y muy parecido a un animal mamífero y carnívoro’, por Lola Nieto

Creíamos que la balanza está creciendo para atrás o le salieron bracitos de bestia

en la noche

pintado aquello con corchetes para nieve en la ventana [qué mentira] porque

por po po pooo pop super pop leímos bajo la ventana del por

tal que

la quería muchísimo y en Cúllar Vega hacía sol o llovería si lo

miráramos desde el otro hemisferio

era imposible mirar ni

mirar

ni oler ni

tocar que tenía la edad de mi madre ahora

las arrugas y el esmalte violeta mis primeras uñas

lacadas

en una raíz del pelo ahora ven y por

que yo no sabía hablar es por

nos sale de las extremas orejas y las espirales de las tripas me ponía la cara

así por

que yo era una analfabeta

[leía una revista y no me enteraba de nada po po po

po

poooo poppodríamos salvarnos aquello nos dibujó una piedra preciosa en el corchete de las comisuras nos hizo mirar y oler y tocar con por

ti

por todas

que quizá ahora seguiremos de rumbo a una torcedura de rango para cantarnos en vida vidita la tuya tuya de piar

2 poemas, por Ana Pérez Cañamares

1.

Pocos saben que tengo otra hermana.

El azar nos separó al nacer.

Yo mamaba la leche de mi madre

mientras ella se secaba al sol.

Cuando perforaron mis orejas

ella recibió la ablación del clítoris.

Follé con hombres y sufrí por todos;

a manos de uno solo se quebró ella.

Me separé, lloré, abandoné mis sueños.

Ella murió unas cuantas veces

bajo piedras, ácido, sida y malaria.

Su cuerpo se deshizo y se recompuso.

En una o dos ocasiones fue feliz de morir.

Mi hija creció; mi hermana murió en el parto.

Años después parió una niña y se la quitaron.

Yo veo mi cuerpo envejecer; ella no tiene espejo.

Me pongo cremas antiarrugas

pero toda ella es un surco.

Yo hago listas de lo que le duele:

pero ella es la que administra su dolor.

2.

Hay una fila de mujeres detrás de mí

y miro la nuca de la mujer que me sucede.

No estamos haciendo la cola del pan.

No vamos a coger un tren hacia alguna parte.

No estamos calladas, aunque no hablemos.

No olvidamos, aunque miremos al frente.

No somos un desfile ni una procesión.

No asentimos, no negamos, no lloramos.

No ahora, cuando tenemos una edad

para ser nuestras madres por fin.

Ahora estamos celebrando que hay

una mujer delante y detrás otra.

‘Lengua materna’, por Laura Casielles

Cuando una mujer dice la verdad,

está creando la posibilidad de más verdad a su alrededor

(Adrienne Rich)

Nos decimos aquí estoy,

encontramos las palabras que pueden nombrar

el cuerpo, la traición, el agradecimiento.

Hermana yo sí te creo, nos decimos,

dime.

Nos decimos no tengas miedo

aunque sabemos que es bastante adecuado tenerlo,

así que nos decimos yo también tengo miedo,

cómo no lo vamos a tener.

Decimos: me han violado,

decimos: a mí también,

decimos: a mí no,

qué suerte.


Somos muchas, nos decimos,

y luego: faltan muchas también,

de las que no han llegado y las que no llegaron.

Y aullamos nombres, llamando

a las muertas y a las vivas por venir.

Ni una menos, decimos, ni una más,

en un extraño lenguaje que entiende de lo oculto y de lo opuesto.

Una extraña lengua materna articulamos, sí,

una lengua

hecha de esperas y mentiras, de latidos,

una lengua ansiosa de verdad con el hambre de los pájaros.

En mitad del ruido, del silencio,

en un mundo que no entiende nada,

entre la violencia, en los oasis, en las prisiones

y al salir de las prisiones, en el amor, en el abismo,

hablamos,

hablamos siempre que encontramos ocasión.

Y te quiero, nos decimos, y

esto es completamente extraordinario

y luego

esto es completamente extraordinario

otra vez, porque realmente esto es realmente extraordinario:

que cada vez que abrimos la boca

una rama de una raiz avanza un poco,

anclando a tierra un país distinto que ya existe.

‘En voz alta’, por Diego Álvarez Miguel

recuerdas a aquel tipo que desnudo
esperaba en las esquinas que rodeaban
las calles que rodeaban los colegios

pasabais con diez años y aquel hombre
se abría la gabardina desvelaba
un pene lacio oscuro y alargado

vosotras siempre solas asustadas
mirabais para otro lado y escapabais
corriendo calle arriba sin volveros

todo el mundo sabía que pasaba
pero no pasaba nada estaba loco
loco el loco lo llamaban está loco

y bajabas a por pan así me cuentas
y él estaba merodeando sin su ropa
y se abría la gabardina y tú volvías
a casa sin decirlo calladita
pensando en otras cosas lo recuerdas
por primera vez en voz alta

en voz alta el loco lo llamaban ese loco
demostraba algunas cosas por ejemplo:

los hombres pueden permitirse la locura
las niñas solamente callarse y aguantar

‘A los hombres no les gustan las mujeres rotas’, por Oriette D’Angelo

Nadie sabe que maltrata
hasta que rompe un hueso
y aun así
los morados de la piel no saben de perdones
las heridas disecadas sólo cuentan una historia

Todo cuerpo supura infiernos
todo cuerpo admite queja
exilio

Nadie sabe que maltrata
hasta que asesina

Nadie sabe que tiene fuerza
hasta que aprieta una garganta
luego abandona
sale corriendo
echa culpas
justifica puños
y huele a sangre

Todo cuerpo odia el desgarro
toda ausencia es un primer auxilio

Nadie sabe que es poco hombre
hasta que toca a una mujer

para romperla.

poesía violencia machista

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