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“Esta época de ejercicio ha traído más obsesión y odio hacia uno mismo que lo contrario”

Publicamos un adelanto de 'Contra todo', un polémico y brillante ensayo de Mark Greif que la editorial Anagrama nos dejará leer a partir del próximo 24 de enero. La traducción es de Damià Alou y el fragmento pertenece al primero de los textos recogidos en sus 400 páginas de crítica cultural, humor y política

PlayGround Books

12 Enero 2018 13:45

'Contra el ejercicio' (un fragmento a modo de avance editorial), por Mark Greif

El espíritu del ejercicio de gimnasio aniquila el margen de seguridad que poseen los humanos cuando se relacionan con su propio cuerpo. A los hombres y a las mujeres se les ve más avergonzados de su propio cuerpo en el entorno actual de ex­posición biológica que en un pasado pregimnasio. Esta época de ejercicio ha traído más obsesión y odio hacia uno mismo que lo contrario.

Una de las preocupaciones feministas cobra importancia. Sin duda es posible conseguir que la gente se acostumbre a exhibir ante los demás los procesos biológicos de transformación. Y este ha sido a veces el objetivo de las feministas, con la intención de atacar a un patriarcado que vilipendiaba el cuerpo natural o convertía los procesos biológicos en una fuente de vergüenza e inferioridad. Pero las formas de exposición que han surgido re­cientemente no tienen nada que ver con la liberación feminista del cuerpo no tonificado.

El patriarcado convirtió la biología en un espectáculo nega­tivo, algo inmundo que había que esconder. El espíritu del ejer­cicio lo convierte en un espectáculo positivo, una fascinación competitiva que hay que revelar. Así es como se puede hacer un mal uso de la retórica de «amar el cuerpo». Con la propagación del tópico de que uno «no debería avergonzarse» del cuerpo, la gente es más incapaz de defenderse contra la perspectiva de que sus cuerpos, y sus procesos biológicos, puedan manifestarse en cualquier momento, en nuevos estados en los que la disciplina no es pública ni privada. Se convierte en una retroversión, un fracaso moral en esas personas que desean defenderse contra la exhibición, o retirar de la escena social su salud, sus cuerpos, su excitación y la autorregulación, como si una intimidad de este tipo fuera mera mojigatería o represión.

Una vez sometido a esta socialización de los procesos bioló­gicos, el cuerpo sufre una nueva humillación ya no arraigada en las distinciones entre lo revelado y lo oculto, lo natural y lo ver­gonzoso, la realidad sexual y la realidad física, sino en el crimen más profundo de simplemente existir como lo no regulado, lo informe, lo no sexy, lo que «no está en forma».

Nuestras prácticas nos están volviendo del revés. Nuestra carne oculta se convierte en nuestra fachada pública. La verdad médica privada de la salud del cuerpo se convierte en nuestra autoestima psíquica. La actividad pública ante desconocidos y conocidos pierde su centro de gravedad en la experiencia vivida del ciudadano, y se ve reemplazada por la actividad del ejercicio en público, al igual que el habla da paso al espectáculo bioló­gico.

El ejercicio te confiere superioridad en dos contiendas: la de la longevidad y la del sexo. Al enfrentarse a su condición mortal, el que va al gimnasio se considera un agente de la salud, por cuanto se convierte a sí mismo en un paciente más perfecto. Al enfrentarse a la lucha sexual, el que va al gimnasio se esfuerza por conseguir una ventaja positiva, que espolea un horizonte cada vez más lejano de ulterior competición.

Las consecuencias no son solo que la conciencia se vea in­vadida por un cuerpo numerado y regulado, o el hecho de que el incesante mantenimiento de la vida nos distraiga de vivir, sino la liquidación de la idea de lo público, y lo que se puede hacer colectivamente en público, junto con las últimas esferas intocables de intimidad, como la vida biológica, lo bueno y lo malo, que siempre serán visibles, en todas partes, y todo lo que tenemos.

«Estás condenado. Estás condenado. Estás condenado.» Esta es la salmodia que entonan las máquinas con su ritmo chirriante, dentro del estruendo del gimnasio. Hubo un tiem­po en que la autoridad de la salud y la exhibición de nuestros cuerpos y sus procesos biológicos parecía algo benigno, inclu­so liberador. Íbamos a superar la enfermedad, íbamos a exor­cizar a los mojigatos victorianos. Pero las flechas se han vuelto contra quienes las lanzaron, y algunas han agujereado nuestra intimidad.

La delgadez que tanto nos esforzamos en conseguir se vuelve espiritual. Este es el futuro que queríamos. Ese cosquilleo que siente debajo de la piel el que hace ejercicio mientras camina por la cinta no es más que su nuevo yo, su existencia reducida, que araña la piel del que es ahora, de dentro afuera.

*Mark Greif, traducción de Damià Alou. Anagrama, 2018. A la venta el 24 de enero

adelanto ensayo

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