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Lit

Ha muerto Clément Rosset, el pensador terrorista

Recordamos al autor de 'Lógica de lo peor', un filósofo que escribía contra aquellos que piensan que la felicidad se conquista mediante el conocimiento

Eudald Espluga

29 Marzo 2018 16:56

Es difícil hablar de la muerte de Clément Rosset sin convertirla en el capítulo final de su obra. El pensador francés falleció ayer en París, a los 78 años, confirmando con su muerte que para él lo real siempre fue suficiente.

Lo real —la afirmación del azar insignificante que constituye nuestra existencia— había sido uno de sus grandes temas, y estaríamos traicionándolo si acudiésemos hoy a su obra en busca de consuelo. Rosset pensaba que los beneficios de la desdicha dependían precisamente de nuestra capacidad para apartar lo absurdo y recubrir de sentido aquello que no lo tiene: su muerte es idiota y cruel, pero es todo lo que tenemos.

Quizá "terrorista" parezca una palabra muy grave, pero es la que él escogió para definir lo que creía que debía ser el espíritu de la filosofía: la lógica de lo peor. La veía como un ejercicio destructivo, voluntariamente catastrófico: "partimos del orden aparente y de la felicidad virtual para concluir, al pasar por el necesario corolario de la imposibilidad de cualquier felicidad, en el desorden, en el azar, en el silencio y, en última instancia, en la negación de todo pensamiento".

Rosset apostaba por la pluralidad contradictoria e indecible del mundo, por el colapso de todos los sistemas de pensamiento. Escribía contra aquella filosofía que simplifica la realidad y nos devuelve una interpretación cerrada y perfecta como casa de muñecas.

La filosofía nunca llega al éxtasis. No puede hacerlo. Es más bien la escenificación constante de un fracaso, la imposibilidad de encontrar una síntesis final. Rosset era contundente, provocador: creía que el único presupuesto metodológico del pensamiento era la búsqueda y enunciación de lo trágico.

Pero si el francés se mostraba tan descarado al hablar de "terrorismo", "tragedia" y "absurdo" es precisamente porque el suyo no era un fatalismo afectado. El pesimismo sólo nada en la autocompasión cuando uno piensa que el mundo le debe algo. En Rosset, en cambio, no había resignación ni queja, tampoco reproche. Por el contrario, pensaba que la alegría nacía justamente del conocimiento de lo trágico, de la certeza que cualquier gran sistema o concepto está destinado a estrellarse en medio del océano.

"El hombre puede creer en todo lo que quiera", escribió Rosset, "pero nunca podrá evitar el saber secretamente que eso en lo que cree es la nada".

El problema es que hoy esta esterilidad radical ha llegado a resultar inaceptable. ¿De qué nos sirve una verborrea oscura y elitista que, encima, se proclama inútil? ¿No ha sido este ensimismamiento autosatisfecho una lacra histórica para pensamiento revolucionario? Son muchos quienes exigen desde sus tribunas que la filosofía pueda traducirse siempre en un programa de acción práctica.

Por eso la obra de Clément Rosset sigue siendo tan importante. En un momento en el que el imperativo de productividad es válido incluso para aquellos pensadores que aspiran a subvertir el sistema (exponga-su-manifiesto-anarquista-en-cinco-sencillos-pasos), el francés nos recuerda que quizá lo más radical sea repetir el gesto de Bartleby y decir que "preferiríamos no hacerlo".

¿Su filosofía nos condena a la inacción? ¿Al silencio? No, por supuesto que no. "La trágico hablado es preferible a lo trágico silencioso", decía Rosset. Ni negaba el compromiso práctico, ni pensaba que fuera mejor guardar silencio. Simplemente nos enseñó que por mucho que la filosofía sea un martillo, no debemos hacer de su magnífica iconoclastia un nuevo mito.

Lo real no se deja atrapar: lo real nos atrapa.

obituario filosofía

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