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Anti-imperialismo en Cataluña: advertencias de uso

Sobre la injerencia exterior en Irak, Venezuela, Afganistán y… Cataluña. O por qué la creencia de que «el enemigo de mi enemigo es mi amigo» induce al error

Antonio J. Rodríguez

21 Septiembre 2017 18:23

«El enemigo de mi enemigo es mi amigo». A menudo, voluntades políticas nobles como es el anti-imperialismo acaban derivando en esta lógica equivocada, ya sea por una falta de perspectiva o por la simple radicalización del debate. En Irak y en Afganistán, por ejemplo, eran absolutamente punibles las intervenciones estadounidenses, lo que no excluye que el islamismo y Sadam Hussein fuesen opciones políticas despreciables. Otro ejemplo es la campaña presidencial de EEUU en 2016: a Hillary Clinton había un montón de cosas que se le podían afear, pero encontrar en Putin un aliado para frenar su presidencia no mejoraba las cosas. Venezuela es otro caso ilustrativo. Allí, declaraciones como las de Rex Tillerson en las que anunciaba medidas contra Nicolás Maduro evocaban los peores fantasmas del golpismo estadounidense; con todo, denunciar el intervencionismo no es incompatible con la crítica a los errores de Maduro: existe una buena hemeroteca de chavistas a propósito. De todo esto también sabe bien el anti-fascismo francés: bloquear el paso de Le Pen al Elíseo nunca significó que Emmanuel Macron fuese el nombre que las clases populares francesas necesitaban.


'El enemigo de mi enemigo es mi amigo'. A menudo, voluntades políticas nobles como es el anti-imperialismo acaban derivando en esta lógica equivocada, ya sea por una falta de perspectiva o por la simple radicalización del debate.




Actuaciones como las que los cuerpos de seguridad nacionales llevaron a cabo ayer, y entre las cuales se incluían la tentativa de registro de la sede de la CUP sin orden judicial, indignaron, y con razón, a todo el electorado progresista y evidentemente a todo el electorado nacionalista. Sin embargo, un cálculo político cuestionable es creer que la solución a la arrogancia del gobierno central pasa por adosarse a la causa nacionalista, causa que en Cataluña ha sido liderada por un gobierno cuya policía regional se ha visto involucrada en no pocos casos de represión: de los desahucios a Patricia Heras; de Can Vies a Ester Quintana. La radicalización del debate sobre el referéndum puede conducir a la creencia de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo, pero no. Pensar en el independentismo como una herramienta con que ganar derechos sociales es como pensar que para atarse los cordones antes hay que dar la vuelta al mundo a pie: se puede hacer, pero como circunvalación es innecesaria. Por eso, y hasta que no exista una agenda social real en el primer plano de la independencia, el debate en torno al 1-O será una causa política absurda y estéril: el nacionalismo. Mientras, eso sí, la represión merecerá seguir siendo combatida.


Pensar en el independentismo como una herramienta con que ganar derechos sociales es como pensar que para atarse los cordones antes hay que dar la vuelta al mundo a pie: se puede hacer, pero como circunvalación es innecesaria


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